Hay cuadros que no se miran: te abren la piel y se instalan dentro, como una aguja vieja que aún sabe dónde pinchar. Las pinturas de Maya Kulenovic funcionan así, como una especie de dispositivo emocional clandestino, un artefacto que se desliza bajo la conciencia y empieza a remover lo que uno creía enterrado. No…

