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Langostinos sobre crema de naranja con hierbas, plato de cocina mediterránea contemporánea en Finca La Plaza.

Cómo Finca La Plaza convierte el lujo silencioso en experiencia gastronómica en Ibiza

Publicada el 17 de julio de 202617 de julio de 2026 por Bernd Eldelbar

Finca La Plaza defiende un lujo silencioso: verdad, calma y producto. No espectáculo. No artificio. Un lujo que se siente porque es humano.

El arte de cocinar sin ruido ni artificios

Infomag lleva más de veinte años documentando la evolución gastronómica y cultural de Ibiza. Nuestro trabajo editorial nos permite reconocer propuestas que aportan coherencia, producto y una visión auténtica del territorio.

Finca La Plaza entiende el lujo de otra manera. No lo busca en el ruido ni en el exceso, sino en la calma, en la autenticidad y en la fuerza simple de un buen producto. El lujo cambia. Ya no es espectáculo, sino experiencia. En la mesa, muchos viajeros empiezan a buscar algo distinto: tiempo, silencio, un lugar donde el entorno hable y la comida sea honesta. No quieren artificios. Quieren verdad.

Pescado a la brasa con salsa dorada servida en Finca La Plaza, cocina mediterránea contemporánea.
Pescado marcado a la brasa con salsa dorada, una de las elaboraciones más representativas de Finca La Plaza.

“Durante años el lujo fue estruendo”, dice Gennaro Vitto, COO de Island Hospitality. “Hoy es lo contrario. El lujo está en la tranquilidad, en un servicio atento y en un producto extraordinario que no necesita disfraz. Eso es lo que queremos en Finca La Plaza”.

Para quienes buscan dónde comer en Ibiza con producto local y una experiencia tranquila, Finca La Plaza se ha convertido en una referencia. En Santa Gertrudis este restaurante levanta ese nuevo lujo mediterráneo. La cocina contemporánea se apoya en el producto. La arquitectura ibicenca sostiene el espacio. La serenidad hace el resto. Aquí la prisa no entra. Aquí la isla se siente de otra manera.

Postre con capas crujientes y crema en Finca La Plaza, captado en el momento de servicio.
Postre de capas crujientes y crema, una elaboración que refleja la sensibilidad culinaria de Finca La Plaza.

La cocina que honra el tiempo, el producto y la hospitalidad verdadera

Este reportaje se basa en una visita editorial al espacio, entrevistas con el equipo de Island Hospitality y material oficial del restaurante. Toda la información ha sido contrastada y verificada para ofrecer una visión precisa de su propuesta gastronómica.

La cocina respeta el tiempo y la materia. La técnica está al servicio del ingrediente, nunca por encima. La bodega acompaña. El servicio entiende que la hospitalidad es hacer que el cliente se sienta en casa, sin esfuerzo, sin ruido.

Langostinos crudos sobre plato blanco en Finca La Plaza, producto fresco de cocina mediterránea.
Langostinos crudos listos para preparación, símbolo del respeto por el producto en Finca La Plaza.

“No buscamos impresionar. Buscamos emocionar desde la coherencia”, añade Vitto. “Cuando todo habla el mismo lenguaje, el cliente lo percibe. Lo siente”.

La experiencia permanece porque es natural. Gastronomía, diseño, paisaje y estilo de vida encuentran un equilibrio que no necesita ostentación. Solo verdad. Un lujo que se recuerda porque es humano.

Sobre Finca La Plaza, un restaurante con identidad propia en el corazón de Ibiza 

Finca La Plaza es un restaurante en el corazón de Ibiza, en Santa Gertrudis. Se ha convertido en uno de los lugares gastronómicos más singulares de la isla. Su cocina mediterránea contemporánea, basada en el producto, se une a una estética cuidada y a un entorno que invita a detenerse y mirar.

Más que un restaurante, es un espacio donde gastronomía, diseño y estilo de vida se mezclan de forma natural. Una experiencia sensorial y social que refleja el espíritu más auténtico y sofisticado de Ibiza. Un lugar donde el tiempo se vuelve lento y la mesa es el centro de todo.

Terraza exterior de Finca La Plaza con mesas de madera, lámparas de mimbre y vegetación mediterránea.
La terraza de Finca La Plaza, un espacio donde diseño, naturaleza y calma definen la experiencia.

Finca La Plaza forma parte de Island Hospitality, grupo especializado en crear conceptos de hospitalidad con identidad propia. Entre sus proyectos están Chinois Ibiza, Beachouse Ibiza, Mikasa Boutique Hotel y Massa Coffee.

En un lugar como Finca La Plaza, donde el lujo se expresa en silencio y el producto habla más que cualquier artificio, uno entiende que la gastronomía es también una forma de viajar. Por eso, si esta manera de mirar la mesa te inspira, merece la pena seguir explorando otros destinos que celebran la autenticidad y el buen hacer.

Desde Infomag analizamos cada temporada las propuestas que definen la nueva gastronomía de Ibiza. Finca La Plaza destaca por su coherencia, su respeto por el producto y una visión contemporánea del lujo que merece ser contada.

Si quieres saber más sobre gastronomía, puedes entrar en Foodies & Travellers, una guía imprescindible para quienes buscan experiencias que dejan huella: lugares donde la cocina, el paisaje y la emoción se encuentran sin prisa y con sentido.

  • ¿Cómo llegar y reservar? Plaza de la Iglesia, 5, Santa Gertrudis de Fruitera, Illes Balears (Ibiza)

Retrato simbólico de una figura coronada sosteniendo un unicornio blanco, obra de Hannah Flowers

El imaginario femenino divino en la obra de Hannah Flowers

Publicada el 17 de julio de 202617 de julio de 2026 por Mónica Cascanueces

Un viaje al imaginario femenino divino de Hannah Flowers, donde belleza, peligro y simbolismo laten con intensidad.

La esencia de Hannah Flowers es una tensión viva entre belleza, peligro y artesanía absoluta. Ese es el punto de partida que debe quedar claro desde la primera línea: su obra no solo se contempla, se siente en el pulso.

Hannah Flowers: belleza peligrosa, artesanía sublime

Hannah Flowers, nacida en 1989 en Tasmania, vive ahora entre las montañas brumosas de Escocia, y mientras camino con ella por los senderos húmedos siento que todo vibra con una especie de electricidad antigua. La observo moverse entre la niebla como si la niebla fuese tinta y ella la pluma que escribe sobre el mundo. Hay algo en su presencia que late con el ritmo de una balada vieja, una que los viajeros cantan cuando ya no recuerdan si están huyendo o regresando. Y yo, que siempre estoy buscando carreteras invisibles, siento que su espíritu escucha a la naturaleza como si fuera un tambor primitivo.

Figura recostada con ojos luminosos y presencia oscura al fondo en una pintura de Hannah Flowers
Una figura yace con ojos encendidos mientras una sombra de mirada roja emerge entre cortinas, en una composición inquietante y teatral de Hannah Flowers.

En su estudio, escondido entre colinas que parecen respirar, el silencio no es silencio: es expectación. Hannah trabaja en presente continuo, como si cada obra fuese una plegaria que se está pronunciando ahora mismo. Me habla de los prerrafaelitas, de los simbolistas, del arte medieval que aún palpita en vitrales rotos y manuscritos que huelen a polvo sagrado. También menciona el horror pulp, ese drama sensacionalista que corre por las venas del mundo como un escalofrío dulce. Todo eso se mezcla en ella, se funde, se convierte en combustible para su fuego. Su objetivo no es sorprender, sino alcanzar algo que llama “completo”, algo sublime, algo que se revela sin estridencias.

Guardianas en la frontera entre belleza y oscuridad

Las figuras que pinta respiran un poder silencioso. Están aquí, en este instante, comprometidas con su propio destino, atrapadas en una línea fina entre la belleza y lo macabro. Pero nunca son víctimas. Son guardianas. Encarnan la tensión que existe entre la vida y la muerte, entre el deseo y la renuncia, entre la fruta madura y la flor marchita. Mientras las observo, pienso que la belleza no es un refugio, sino una frontera que se cruza con cuidado.

Figura con corona floral leyendo un libro ilustrado mientras un monstruo marino emerge del fondo, obra de Hannah Flowers
Una figura coronada entre rosas sostiene un libro ilustrado mientras un monstruo marino irrumpe en la escena, en una composición donde belleza y peligro conviven.

Su formación como tatuadora se manifiesta en cada trazo. Hannah respeta el detalle, la intimidad de hacer marcas sobre la piel o sobre el lienzo. Cada obra se elabora con cuidado extremo, utilizando los mejores pigmentos y técnicas tradicionales, como si estuviera recuperando un oficio antiguo que se niega a desaparecer. Cree en la artesanía auténtica, en la llama perdurable de la belleza, en ese tipo de dedicación que solo poseen quienes entienden que el arte no es un oficio, sino una forma de respirar.

Figura rodeada de flores sosteniendo un pequeño caimán blanco en un paisaje fantástico, obra de Hannah Flowers
Una figura entre flores vibrantes sostiene un caimán blanco en un paisaje sereno y onírico, en una escena donde lo delicado y lo extraño conviven.

Un mapa emocional de símbolos, deseo y metamorfosis

Los temas que atraviesan su obra se despliegan ante mí como un mapa emocional. Animales familiares aparecen como mensajeros, frutas que insinúan transformación, flores que hablan de deseo. Lo femenino divino y el arquetipo de la femme fatale se entrelazan en un juego de poder, vulnerabilidad y atractivo. La vida y la muerte se exploran en naturalezas muertas vanitas, en simbolismos decadentes que recuerdan que todo es efímero, incluso la belleza que acelera el pulso.

La iconografía que pulsa entre lo sagrado y lo sensual

Sus pinturas abrazan la teatralidad y la intensidad. Invitan al espectador a entrar en un mundo donde la atmósfera se espesa, donde los sentidos se despiertan, donde las emociones se vuelven más densas. Cada color es un latido, cada sombra un secreto. Y mientras la observo trabajar, entiendo que Hannah Flowers no solo pinta: viaja. Viaja entre épocas, entre mitos, entre símbolos, entre la luz y la oscuridad. Y yo, que siempre he buscado carreteras infinitas, comprendo que algunas rutas no se recorren con los pies, sino con los ojos, con el alma, con la llama que nunca se apaga.

Figura con corona floral sosteniendo un gato adornado con flores en un paisaje etéreo, obra de Hannah Flowers
Una figura coronada con flores sostiene un gato engalanado en un entorno luminoso y sereno, en una composición romántica y simbólica de Hannah Flowers.

La belleza como territorio de riesgo

Al final, la obra de Hannah Flowers nos recuerda que el arte sigue siendo ese territorio donde la belleza respira con riesgo y la emoción se vuelve materia. Sus guardianas, sus símbolos y su teatralidad expanden la mirada y nos devuelven al pulso primario de lo sublime.

Si este viaje te ha encendido la curiosidad, puedes descubrir más creadores que desafían los límites en nuestra sección Arte & Artistas, donde la intensidad, la visión y la artesanía continúan escribiendo nuevas formas de ver el mundo

Retrato de una figura con maquillaje de clown minimalista y vestuario oscuro posando contra una pared iluminada cálidamente.

Retratos que desnudan el alma: El impacto inquietante de Eolo Perfido

Publicada el 16 de julio de 202616 de julio de 2026 por Mónica Cascanueces

Eolo Perfido captura la vulnerabilidad humana con una intensidad que lo ha convertido en uno de los retratistas más solicitados del panorama internacional. Su mirada técnica y sin concesiones transforma cada rostro en una revelación. Originario de Francia y afincado en Roma, encontró la fotografía a los 28 años, y desde entonces se convirtió en su forma de entender y relacionarse con el mundo.

Retratos que revelan lo que la mirada intenta ocultar

Eolo Perfido camina por Roma como si avanzara por un corredor lleno de espejos rotos, cada fragmento devolviendo una versión distinta de su rostro, una máscara que nunca termina de encajar. Hay fotógrafos que buscan la belleza, otros que buscan la verdad; él busca la fractura, la grieta donde la identidad se deshace y revela su maquinaria interna. Retratos sin concesiones, dicen. Pero las concesiones no existen en su vocabulario. Perfido dispara como quien abre un agujero en la carne del mundo para ver qué late debajo.

Figura con maquillaje de clown, gesto sombrío y cigarrillo en una escena oscura.
Figura con maquillaje de clown y estética desgastada fuma un cigarrillo en un retrato crudo de Eolo Perfido.

Originario de Francia, arrastra esa mezcla de precisión cartesiana y decadencia bohemia, pero Roma le ha enseñado otra cosa: que la luz puede ser un arma, que el rostro humano es un territorio en guerra, que cada gesto contiene una historia que no quiere ser contada. Sus imágenes impactan porque no intentan agradar; intentan revelar. Y la revelación siempre tiene un precio.

Los magazines internacionales lo buscan como quien busca un químico capaz de sintetizar una sustancia peligrosa. Quieren su visión, su capacidad para capturar lo inquietante, lo que se esconde detrás de la sonrisa, detrás del maquillaje, detrás de la piel. Sus retratos artísticos circulan por galerías privadas donde los coleccionistas observan sus obras con una mezcla de fascinación y alarma, como si temieran que las fotografías pudieran moverse cuando nadie las mira.

 

Figura frente a un espejo con reflejo distorsionado y angustiado en una escena oscura.
La figura observa un espejo que devuelve un reflejo inquietante y desgarrado, en una composición de Eolo Perfido.

Cuando la cámara llega tarde pero lo cambia todo

Perfido no llegó temprano a la fotografía. Él mismo lo admite: la cámara apareció tarde, como un intruso que toca la puerta cuando ya has aceptado que nadie vendrá. Tenía 28 años cuando la sostuvo por primera vez, sin saber que ese objeto sería una extensión de su mano, de su ojo, de su respiración. “Hacer fotos se ha convertido en algo que va más allá de la simple realización de imágenes”, dice. Y Burroughs habría asentido, porque sabe que las herramientas que elegimos terminan eligiéndonos a nosotros, moldeando nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de sobrevivir.

La vida de Perfido se transformó en un laboratorio. Cada rostro que fotografía es un experimento, una disección, una operación clandestina. No busca la perfección técnica —aunque la domina con precisión quirúrgica— sino el momento en que el sujeto deja de actuar y se convierte en pura presencia, en un destello de humanidad sin filtros. Sus retratos son como informes de campo de una guerra silenciosa: la guerra entre lo que somos y lo que mostramos.

Figura envuelta en tela blanca con colores del tricolor en la cabeza, en un retrato conceptual.
Figura completamente envuelta en tela, con la cabeza marcada por un tricolor, en una composición conceptual de Eolo Perfido.

Donde la sombra respira y la cámara reclama su presa

Su estudio es como un espacio lleno de murmullos, donde las sombras se deslizan como criaturas que esperan ser capturadas. La cámara es un arma, sí, pero también un parásito que se alimenta de la energía del fotógrafo y del fotografiado. Perfido lo sabe. Por eso sus imágenes inquietan: porque contienen esa tensión, ese intercambio invisible, ese pacto oscuro entre dos conciencias que se observan mutuamente.

Roma, con su caos ordenado, con sus ruinas que respiran, le ofrece un escenario perfecto. Las calles parecen susurrar historias antiguas, y Perfido recoge esos susurros para convertirlos en retratos que no pertenecen a ninguna época. Francia le dio origen; Roma le da propósito.

Figura con maquillaje de clown leyendo un libro mientras manos ajenas aparecen detrás en una escena oscura.
Una figura con maquillaje de clown y estética vintage lee un libro mientras manos ocultas emergen detrás, en un retrato surreal de Eolo Perfido.

Un mapa de rostros atravesados por su mirada

Su obra prolífica no es un catálogo, sino un mapa. Un mapa de rostros que han sido atravesados por su mirada. Un mapa de almas que han sido expuestas sin anestesia. Un mapa de inquietudes que se convierten en arte porque él insiste en mirar donde otros apartan la vista.

Eolo Perfido no fotografía personas. Fotografía la condición humana en su estado más vulnerable. Y en ese gesto, en esa insistencia, en esa obsesión, Burroughs encontraría un aliado: alguien que sabe que la realidad es un tejido frágil, y que la cámara, si se usa sin concesiones, puede rasgarlo.

Figura con maquillaje teatral y gesto extremo frente a un fondo circular rojo y blanco.
Figura con maquillaje de clown en un gesto desgarrado ante un fondo circular rojo y blanco, en un retrato dramático de Eolo Perfido.

El retrato como territorio que nunca termina de revelarse

Al final, la obra de Eolo Perfido funciona como un recordatorio de que el rostro humano sigue siendo un territorio indómito, un mapa que nunca se termina de descifrar. Sus retratos nos obligan a mirar más allá de la superficie y a aceptar que la verdad, cuando aparece, siempre incomoda. Quienes quieran profundizar en su universo visual pueden descubrir más en nuestra sección Arte & Artistas, donde seguimos explorando a quienes empujan los límites de la creación contemporánea.

Cuaderno con trazos y garabatos en tinta amarilla, imagen conceptual para La Regla Crítica de Carlos Penas.

Dos más dos igual a cinco

Publicada el 15 de julio de 202615 de julio de 2026 por Carlos Penas

En La Regla Crítica de Carlos Penas, la política se revela como un virus que distorsiona la realidad —dos más dos igual a cinco— y solo la cultura y la educación actúan como la vacuna capaz de devolver lucidez y frenar el avance del “Aquí Vale Todo”.

La Regla Crítica de Carlos Penas: cuando la política es un virus y la cultura la única vacuna

Si la sangre fluye de forma súbita por donde no debe, se empalman las ansias de poder hasta embutirnos en la raja de las urnas. La estopa política solo entiende de censuras, tiraniza al adversario con acusaciones esclavas y nada tiene que ver con el piñazo que nos damos por la raja de una falda. Importa un carajo si atropellamos a un oso panda con nuestro Seat cuando se trata de saturar los bolsillos cosidos en la carne de nuestras nalgas, cuando se endurecen y recrudecen los sistemas nerviosos de la envidia, cuando se envenenan los niveles tóxicos de la avaricia y cuando se dilatan los tejidos esponjosos del engaño y la mentira, para deleite de los esfínteres ajenos.

La democracia debería ser el antídoto que neutralizase el veneno de cualquier forma de totalitarismo, el que eliminase la falta de libertad y el que acabase con eso de conseguir lo que sea a cualquier precio. Eso sí, siempre que nuestra coronilla no estuviese infectada por el AVT (Aquí Vale Todo), porque una cosa es que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos y otra, que el tramposo del pueblo nos ciegue los ojos con cinta americana para poder reinar como le salga de sus santos cojones.

La mejor manera de prevenir y ralentizar la transmisión de este virus es estar bien informado de la enfermedad y de cómo se propaga. Lo ideal sería protegerse a uno mismo y a los demás llevando dos mascarillas en las orejas, homologadas y bien ajustadas. Tendríamos que hacer gárgaras todos los días con algún gel hidroalcohólico, brandy o absenta. Pero todo habrá sido en vano si no nos vacunamos un poquito todos los días con la más que testada y probada vacuna LACYE: Cultura y Educación.

Desde un punto de vista matemático y en un mundo tan inteligente como para basar todo en cifras, estadísticas, ritmos y algoritmos, debería ser relativamente fácil entender que una mayoría absoluta de incultos facilitaría el hecho de que algún inculto nos gobierne. Dicho de otra manera, y sin alterar las ecuaciones, una mayoría absoluta de cultos permitiría que nos gobernase la cultura, sin duda y también por supuesto.

Obra abstracta de Kiko Pérez con formas orgánicas flotantes sobre fondo oscuro que evocan un paisaje acuático y vegetal.

Kiko Pérez y la abstracción que transforma el paisaje

Publicada el 10 de julio de 202610 de julio de 2026 por Mónica Cascanueces

Kiko Pérez transforma la geometría en un paisaje que respira arquitectura poética: planos, ritmos y silencios que convierten la pintura en un espacio habitable. Su obra desplaza la mirada hacia una abstracción que ordena el mundo y lo vuelve materia sensible, entre escultura, color y territorio.

La geometría como territorio emocional

La obra de Kiko Pérez transforma la geometría en paisajes abstractos donde dialogan arquitectura, ritmo, silencio y naturaleza desde una mirada profundamente poética. Hablar de la pintura de Kiko Pérez supone adentrarse en un territorio donde la abstracción deja de ser un ejercicio formal para convertirse en una forma de pensar el espacio. Su trabajo, situado en un lugar intermedio entre la pintura y la escultura, despliega un lenguaje visual que parece construir y desmontar el paisaje al mismo tiempo. Cada obra funciona como una cartografía imaginaria, un plano que no pretende describir un lugar concreto, sino sugerir la posibilidad de habitarlo desde la contemplación. En ese equilibrio entre precisión y libertad reside una de las mayores virtudes de su producción.

Pintura abstracta de Kiko Pérez con veladuras en tonos rosados, verdes y amarillos que transmiten una atmósfera luminosa y primaveral.
Kiko Pérez, formas y colores que recuerdan la primavera

La geometría que articula sus composiciones nunca resulta fría ni estrictamente racional. Los rectángulos, líneas y superficies aparecen organizados con una lógica interna que recuerda tanto a la arquitectura como a la sedimentación natural. Es como si cada elemento hubiera encontrado su posición después de un lento proceso de ajuste, donde el orden no elimina la incertidumbre, sino que convive con ella. En esa tensión permanente entre estructura y espontaneidad se reconoce un lenguaje profundamente personal.

Composición minimalista de Kiko Pérez con franjas horizontales blancas sobre fondo rojo que explora el ritmo y el equilibrio visual.
Kiko Pérez_Una obra minimalista rítmica lineal

Entre la pintura y la escultura: un lenguaje propio

Existe en sus pinturas una sensación constante de construcción. Las formas parecen ensamblarse mediante un procedimiento cercano al collage, aunque sin exhibir la fragmentación característica de esta técnica. Las piezas se aproximan, se superponen y se separan con una delicadeza que hace visible el proceso sin convertirlo en protagonista. El resultado es ligero, casi flotante, pero al mismo tiempo posee una sorprendente contundencia visual. Nada parece pesar demasiado y, sin embargo, todo permanece firmemente asentado.

Obra geométrica de Kiko Pérez con triángulos superpuestos en tonos ocres y marrones que evocan la luz y los colores del otoño.
Kiko Pérez_formas geométricas triangulares de color otoñal

Geometría, paisaje y memoria visual

La experiencia del espectador oscila entre la lectura de una superficie plana y la percepción de una profundidad latente. La pintura propone un espacio ambiguo donde las capas se expanden sin recurrir a la perspectiva tradicional. Cada plano insinúa otro posible, como si la imagen continuara más allá de los límites físicos del soporte. Esa capacidad para abrir el cuadro hacia un horizonte imaginario convierte el lienzo en un lugar de tránsito antes que en un objeto cerrado.

Puede entenderse su obra como una reorganización poética del entorno. Lejos de reproducir el paisaje, parece destilarlo hasta conservar únicamente aquello que constituye su esencia espacial. El resultado no es una representación reconocible, sino una evocación construida mediante relaciones, proporciones y equilibrios. Sus pinturas funcionan como paisajes mentales donde lo orgánico adopta una apariencia geométrica sin perder vitalidad. La naturaleza no desaparece; simplemente cambia de gramática.

Quizá por ello sus composiciones transmiten una serenidad poco frecuente en el arte contemporáneo. No buscan el impacto inmediato ni la espectacularidad, sino una contemplación lenta que invita a recorrer cada superficie con la mirada. En esa pausa emerge una belleza discreta, sostenida por la relación entre los elementos más que por el protagonismo de cada uno de ellos. Todo parece estar en movimiento y, al mismo tiempo, profundamente quieto.

 

Obra abstracta de Kiko Pérez sobre fondo verde con gestos, líneas y formas flotantes que sugieren un paisaje poético y orgánico.
Kiko Pérez_Variaciones en verde

Kiko Pérez y la vigencia de la abstracción contemporánea

La obra de Kiko Pérez demuestra que la abstracción todavía posee una enorme capacidad para emocionar cuando se aleja del virtuosismo gratuito y se convierte en una herramienta de conocimiento. Sus pinturas organizan el caos sin domesticarlo completamente, construyen espacios abiertos donde conviven lo arquitectónico y lo orgánico, lo profundo y lo plano, el orden y el desorden. En esa convivencia de contrarios reside una poética visual que invita a mirar despacio y descubrir que, detrás de cada estructura, permanece siempre la posibilidad infinita del paisaje.

La obra de Kiko Pérez nos recuerda que la abstracción sigue siendo un territorio vivo, capaz de transformar la mirada y reconstruir el paisaje desde la sensibilidad. En cada plano, en cada ritmo, en cada silencio, su pintura propone una forma distinta de habitar el mundo. Si quieres descubrir más creadores que expanden los límites del arte contemporáneo, puedes explorar nuestra sección Arte & Artistas, donde reunimos voces, gestos y miradas que definen la escena actual.

Chef Víctor Gutiérrez en Saltao de Mar, frente al Mediterráneo, durante la presentación del proyecto gastronómico de Azotea Grupo.

La cocina peruana mediterránea llega al Club de Mar de Palma: así es Saltao

Publicada el 9 de julio de 202610 de julio de 2026 por Bernd Eldelbar

El Club de Mar renace con dos miradas gastronómicas hacia el Mediterráneo, arriba el Azotea Club de Mar, un lounge sereno pensado para la calma; abajo, Saltao de Mar, la cocina peruana contemporánea de la familia Gutiérrez, única estrella Michelin peruana en España.

Azotea Grupo firma esta doble apertura que une producto local, técnica peruana y una energía viajera capaz de transformar la marina en uno de los nuevos destinos gastronómicos de Palma.

Saltao: el nuevo lenguaje gastronómico del Club de Mar

El mar está quieto frente al Club de Mar. No es silencio, es una forma de mirar. El edificio renovado se abre como un refugio luminoso con cristales que devuelven el sol y un aire de calma que se siente desde la entrada. Marta De La Rica ha diseñado el espacio con gusto firme, con líneas limpias, mobiliario de diseño y detalles que no buscan llamar la atención, pero la sostienen.

Lounge de Azotea Club de Mar en Palma, con sofás en tonos cálidos, mesas de madera y luz mediterránea.
El lounge de Azotea Club de Mar, un espacio cálido y contemporáneo donde diseño y Mediterráneo dialogan con naturalidad.

Arriba, en la segunda planta, el lounge respira despacio. Sofás amplios, mesas bajas y con una barra que parece esperar conversaciones largas. Es un lugar hecho para detenerse, para hablar sin prisa, para reuniones privadas donde la gente se escucha de verdad. Desde la terraza, los yates se ven como animales dormidos. La coctelería acompaña ese ritmo: precisa, elegante, pensada para quienes buscan un momento tranquilo junto al Mediterráneo.

Interior de Saltao en el Club de Mar de Palma, con barra circular iluminada y mesa preparada frente al Mediterráneo.
La barra circular y el ambiente cálido de Saltao, el nuevo restaurante peruano mediterráneo del Club de Mar de Palma.

El Mediterráneo se encuentra con Perú en un ambiente vibrante

Abajo, Saltao late distinto. Es un restaurante premium-casual que propone una lectura contemporánea de la cocina peruana desde su encuentro con el mar Mediterráneo. La energía es libre, viajera, luminosa. El diseño se nota en cada rincón. La barra, espectacular, sostiene el Pisco Sour como si fuera un estandarte.

José Manuel García, CEO de Azotea Grupo conoce bien los espacios singulares. Son los mismos que levantaron proyectos gaditanos como El Campero de Barbate, Sal Verde o El Cuartel del Mar. Saben trabajar cerca del mar. Saben escuchar lo que pide un puerto. Aquí, en Palma, suman dos conceptos que miran al Mediterráneo desde lugares distintos: uno sereno, otro vibrante.

El sello Gutiérrez: técnica, mestizaje y frescura

Al frente de los fogones de Saltao está la familia Gutiérrez, referente absoluto de la alta cocina peruana en España gracias a Tayta, el único restaurante peruano del país con una Estrella Michelin, que mantiene desde 2003, y dos Soles Repsol. Víctor Gutiérrez conoce el mestizaje como quien conoce el mar: con naturalidad, sin miedo. Paula Gutiérrez, nombrada Mejor Cocinera del Año 2026, aporta la energía joven que empuja las cosas hacia adelante. Juntos firman una cocina contemporánea, colorista y libre, inspirada en dos culturas que miran al mar y se complementan sin esfuerzo.

Lomo saltado de Saltao con papa morada, tomate y cebolla sobre salsa peruana, en una presentación contemporánea peruano?mediterránea.
Solomillo «saltao» de vaca reinterpretado en una versión contemporánea firmado por la familia Gutiérrez.

Sabores peruanos y producto local en una carta luminosa

La carta reúne ceviches, crudos y bocados calientes que viajan entre Perú y el Mediterráneo. La lubina a la brasa se sirve con un dúo de Temperas, esas salsas peruanas callejeras que aportan carácter y profundidad. Hay tiraditos de corvina con aguacate y jalapeños y de ventresca de atún rojo con ají amarillo y maíz. La croqueta de ají de gallina, coronada con mayonesa de cúrcuma, es pura memoria peruana. Los anticuchos, de corazón o de ternera, llegan con sabor a brasa y el solomillo “Saltao” de vaca, jugoso y preciso, se ha convertido ya en uno de los emblemas de la casa.

“No queremos hacer una propuesta puramente tradicional. Respetamos el recetario peruano, pero también el valor del producto local. De ahí la libertad para reinterpretar, jugar y crear algo fresco y luminoso”, dice Víctor.

Todo preparado con productos que nacen cerca, con tomates de corazón de buey, patatas de la tierra y lubinas que conocen estas aguas. Los postres también hablan claro, como el de Maracuyá, mango y coco o la tarta cremosa y lúcuma, esa fruta peruana que sabe a viaje.

Tiraditos de Saltao en el Club de Mar: atún rojo y corvina en salsas peruanas contemporáneas.
Tiraditos de atún rojo y de corvina, dos versiones frescas y precisas de la cocina peruana contemporánea de Saltao.

El mar sigue quieto mientras la cocina trabaja. Quizá sabe que, desde ahora, aquí se cocinan nuevas historias. Y que la gente viene, como siempre ha venido al mar, buscando algo que todavía no sabe nombrar. El Club de Mar se abre ahora como un lugar donde el Mediterráneo y Perú dialogan sin prisa. Entre ambos, una cocina que mira lejos sin olvidar lo que nace cerca.

Una carta de 35 platos que recoge el mestizaje peruano mediterráneo con precisión y mirada contemporánea. El día a día lo dirige el chef ejecutivo Jérôme Rohmer, con una amplia trayectoria internacional y diez años de experiencia en algunos de los restaurantes más lujosos de Mallorca. Saltao abre todos los días a partir de las 12 horas y, junto a la propuesta gastronómica, suma una carta de piscos y coctelería que amplía el viaje y completa la experiencia.

Chef ejecutivo Jérôme Rohmer de Saltao de Mar sosteniendo un plato de cocina peruano?mediterránea en el Club de Mar de Palma
El chef ejecutivo Jérôme Rohmer durante el servicio en Saltao de Mar, la nueva apuesta peruana mediterránea del Club de Mar.

Donde empieza el viaje gastronómico de Palma

Saltao de Mar y Azotea Club de Mar no solo amplían la oferta gastronómica de Palma, cambian la forma de habitar el puerto, lo llenan de luz, de técnica y de una verdad que se cocina cada día frente al mar.

Para quienes quieran seguir explorando la cocina que da forma a la isla, Saltao es solo el comienzo. En Foodies & Travellers reunimos rutas, mesas y lugares que cuentan la historia gastronómica de Mallorca desde dentro. Cocinas que miran al mar, proyectos que dialogan con la ciudad y espacios que transforman la manera de comer. Una guía viva para seguir descubriendo con calma y con hambre, todo lo que el Mediterráneo tiene por ofrecer.

¿Cómo llegar y reservar? Muelle Pelaires, Local 24, Palma, Illes Balears (Mallorca)

Ilustración surrealista de Pawel Kuczynski con un lector cuya mente es un estanque donde un niño pesca ideas

El Ikigai, el juguete espiritual para adultos que necesitan instrucciones hasta para respirar

Publicada el 6 de julio de 20266 de julio de 2026 por Infomag Baleares

El ikigai funciona como un juguete espiritual para adultos desesperados por encontrar sentido en un mundo que no lo ofrece, tan vacío y performativo como la política que intenta vender bienestar desde un atril. Todo lo demás —diagramas, promesas zen y discursos motivacionales— es humo elegante para no mirar de frente el caos real.

Ikigai: el truco zen que convierte la desesperación en merchandising espiritual

El ikigai, ese concepto japonés que suena a receta mágica, a fórmula ancestral, a truco zen para no sentir que la vida es una broma pesada, se ha convertido en el nuevo juguete de la gente que necesita que todo tenga un significado. Como si el universo fuera un manual de Ikea y ellos solo necesitaran encontrar la pieza que falta para que su existencia deje de cojear. El ikigai promete que, si alineas cuatro círculos: lo que amas, lo que haces bien, lo que el mundo necesita y lo que te pagan, tu vida se iluminará como un anuncio de neón. Qué maravilla. Qué estupidez.

La mayoría de la gente no ama lo que hace y no hace bien lo que ama, el mundo no necesita lo que creen que saben hacer, y nadie les paga lo suficiente ni para el alquiler. Pero ahí están, dibujando diagramas como si fueran científicos del alma, convencidos de que la iluminación espiritual cabe en un cuaderno de coaching. El ikigai es la versión zen del horóscopo, una mentira elegante para que los adultos no se derrumben.

Cualquier persona con sentido critico y equilibrado se reiría de esto. Se reiría con esa carcajada seca, como si escupiera polvo. Diría que el ikigai es otra droga suave para mantener a la gente tranquila, para que no se dé cuenta de que la vida es un experimento fallido, un teatro mal iluminado donde todos improvisan y nadie sabe qué demonios está pasando. Diría que el ikigai es la metadona emocional de los que no soportan la abstinencia de sentido.

Ilustración de Pawel Kuczynski que muestra a un orador alimentado por dinero mientras una multitud lo escucha
Ilustración de Pawel Kuczynski donde un orador es alimentado con dinero mientras la multitud escucha sin ver el mecanismo oculto.

La fe ciega en el ikigai y otras supersticiones modernas para no ver el vacío del poder

Porque el ikigai te promete que hay un propósito esperándote, como un perro fiel que mueve la cola y te reconoce aunque estés hecho polvo. Pero la vida no es un perro, más bien es un animal salvaje, nervioso, impredecible, que muerde cuando intentas acariciarlo, araña cuando lo miras demasiado y desaparece justo cuando crees haberlo domesticado.

El ikigai es la fantasía infantil de que puedes ponerle correa a ese monstruo y llevarlo al parque como si todo estuviera bajo control. Y la gente lo cree. Lo cree porque necesita creer algo, cualquier cosa, incluso una palabra japonesa que suena profunda y misteriosa, aunque esté tan vacía como la clase política actual, esa fauna que publica consejos motivacionales en redes sociales mientras el país se les cae a pedazos detrás de la foto.

Es fascinante ver cómo los mismos que no encuentran su propio propósito ni con GPS, ni con brújula, ni con un comité de expertos— se dedican a dar lecciones sobre “sentido vital”, “resiliencia” y “bienestar emocional”. Como si la ciudadanía estuviera esperando que un político, que actúa como un community manager hiperactivo, les explique cómo vivir mejor. Es casi tierno, en un sentido patético: adultos con traje intentando jugar a gurús espirituales, repitiendo frases de autoayuda como si fueran revelaciones místicas, mientras la realidad les pasa por encima como una apisonadora.

El humo zen y otras coreografías vacías para disimular el caos contemporáneo

El ikigai, al final, es primo hermano de esos discursos vacíos que se lanzan desde los atriles y las redes sociales con palabras bonitas, diagramas coloridos, promesas de equilibrio y sentido. Todo muy zen, muy suave, muy “vamos a respirar juntos”. Pero detrás no hay nada. Ni propósito, ni claridad, ni iluminación. Solo humo. Humo elegante, eso sí, con tipografía cuidada y hashtags estratégicos.

El ikigai te promete un propósito. La política también. Y en ambos casos, cuando levantas la alfombra, lo único que encuentras es el mismo vacío disfrazado de sabiduría. Por eso la gente sigue buscando, desesperada, cualquier cosa que suene a verdad. Incluso un concepto japonés convertido en juguete espiritual. Incluso un vídeo motivacional de alguien que no sabe ni motivarse a sí mismo.

Ilustración de Pawel Kuczynski con una oveja negra recibida como celebridad frente a un rebaño de ovejas blancas
Una oveja negra avanza por una alfombra roja hacia un rebaño dócil, en una crítica visual de Pawel Kuczynski sobre privilegio y conformismo.

Cuando el propósito no llega, al menos queda la lucidez de no tragarse el cuento

Los gurús del ikigai te dicen que si encuentras tu propósito, todo encajará. Que te levantarás con energía, motivación, claridad. Yo me levanto con la sensación de que el mundo es un error de cálculo, lleno de falsos líderes que te prometen arreglar tu mundo. Y aun así sigo adelante, sin diagramas, sin círculos, sin promesas zen. Si eso significa que no tengo ikigai, perfecto. No quiero otro concepto espiritual intentando venderme que la vida es más amable de lo que es.

Sigue buscando tu ikigai. Ráscalo como si fuera una infección. Persíguelo como si fuera una sombra. Y cuando descubras que no sirve para nada, ven y cuéntamelo. Te invitaré a algo fuerte. Ese sí será un propósito real. Si después de todo eso sigues creyendo en el ikigai, adelante. Pero no digas que no te avisé.

Al final, el ikigai no es una brújula, sino un juguete espiritual para adultos que necesitan instrucciones hasta para respirar. Una promesa empaquetada en colores suaves para que nadie note que detrás solo hay vacío, ansiedad y una industria que vive de vender sentido en cómodas dosis. Quizá la única forma honesta de relacionarse con el mundo sea aceptar que no hay un propósito esperando ser descubierto, y que la vida con su caos, su ruido y su falta de manual, sigue siendo más real que cualquier diagrama zen.


Por Ernesto Lacalle.

Puerros confitados con burratina, cebolla caramelizada y frutos secos en S’Àngel Palma

Restaurante S’Àngel de Palma: donde el bon vivant encuentra su mesa perfecta

Publicada el 5 de julio de 2026 por Infomag Baleares

S’Àngel reivindica la fuerza de la restauración tradicional en un momento dominado por nuevos formatos. Cocina recién elaborada, atención cercana y una experiencia que invita a disfrutar sin prisas. Con su nueva web y una carta que combina frescura, producto y más de 200 vinos, el restaurante se consolida como un refugio gastronómico en el corazón de Palma.

Tradición, calma y producto en el corazón de Palma

En esta vorágine de nuevos formatos y propuestas gastronómicas, la restauración tradicional sigue contando con una ventaja difícil de igualar. Un restaurante puede ofrecer algo que otros modelos no alcanzan por completo: cocina recién elaborada, libertad de elección, trato humano y una experiencia que va mucho más allá del plato.

Con la voluntad de estar aún más cerca de sus clientes, S’Àngel ha estrenado restaurantesangel.es, una página web que permite descubrir su propuesta gastronómica y realizar consultas para grupos de manera ágil y directa. El restaurante ofrece menús personalizados que se adaptan a las preferencias de cada comensal, reforzando esa atención cercana que define su manera de entender la cocina.

Frente al ritmo acelerado de la vida cotidiana, aquí la propuesta es sencilla, disfrutar sin prisas. Ubicado en una zona céntrica y tranquila de Palma, a pocos pasos de Es Baluard, el museo de arte contemporáneo de la ciudad, invita a vivir una experiencia relajada desde el primer momento. Su luminoso comedor transmite una atmósfera acogedora, mientras que su agradable terraza se convierte en un rincón perfecto para las noches de verano.

Rollitos vietnamitas con mango, aguacate y salmón marinado en S’Àngel Palma
Botella de Artífice Vidueñas Blanco y copa de vino en S’Àngel Palma

Propuestas frescas y maridajes con carácter

Cuando el calor aprieta las propuestas más frescas cobran protagonismo. Entre ellas destaca las alcachofas crujientes con espuma de patata, romesco, yema y jamón, los puerros confitados sobre burratina y cebolla caramelizada, la burrata de queso de búfala con tomates frescos seleccionados, una elaboración sencilla que pone en valor la calidad del producto y para quienes buscan algo más exótico, sobresalen los rollitos vietnamitas servidos con mango, aguacate y salmón marinado.

S’Àngel es también un destino imprescindible para los amantes del vino. Su propietario, Luis Suárez, ha reunido una cuidada selección de más de 200 referencias procedentes de distintas regiones de España y de las islas, una carta que multiplica las posibilidades de maridaje y eleva la experiencia gastronómica.

Nuestra recomendación es acompañar estas propuestas con una botella de Artífice Vidueños Blanco, un singular coupage de variedades autóctonas de Tenerife. Un vino canario lleno de personalidad elaborado sobre suelos volcánicos e influenciado por la cercanía del Atlántico que ofrece frescura, mineralidad y una expresiva complejidad aromática que sorprende desde el primer sorbo.

Interior del restaurante S’Àngel en Palma, con mesa preparada y diseño cálido de madera y luz suave.
El interior de S’Àngel, un espacio luminoso y sereno donde la tradición se encuentra con el diseño actual.

La memoria del sabor y la calidez de una cocina que acompaña

S’Àngel es un refugio gastronómico en pleno corazón de Palma, un lugar donde la tradición culinaria se expresa con calma, precisión y respeto por el producto. Hay lugares que despiertan recuerdos. Tiene esa calidez que no se finge, el trato que nace de mirar a los ojos y unos platos hechos con manos que conocen el oficio.

La memoria sápida es un territorio extraño, un sabor que vuelve, un gesto que se repite, un menú que gira sobre sí mismo como un círculo perfecto. En este restaurante la cocina no solo alimenta, funda recuerdos y despierta emociones. Se convierte en un lenguaje que todos entienden, incluso sin palabras.

S’Àngel es uno de esos lugares que recuerdan por qué seguimos buscando mesas que nos hablen. Si quieren seguir explorando espacios donde la gastronomía se convierte en experiencia, memoria y territorio, pueden descubrir más rutas y propuestas en nuestra sección Foodies & Travellers, un mapa vivo para quienes disfrutan de comer con curiosidad y buen criterio.


  • ¿Cómo llegar y reservar? Plaça de la Porta de Santa Catalina, 7A, Palma, Illes Balears (Mallorca)

Por Bernd Eldelbar.

Obra cinematográfica de una mujer en blanco y negro

El arte de Gregor Hildebrandt: cuando la música, el cine y la memoria se convierten en lenguaje

Publicada el 5 de julio de 20265 de julio de 2026 por Infomag Baleares

Gregor Hildebrandt extrae miradas distintas desde la cultura underground en una obra construida con objetos relacionados que dejan huellas sonoras.

El artista alemán transforma discos de vinilo, casetes y cintas de vídeo en pinturas, esculturas e instalaciones inspiradas en la música, el cine y la memoria.

Su poética obra, imbuida tanto de sonido como de silencio, crea una gama de composiciones sutilmente reflexivas. Existe un claro matiz warholiano en el brillo lustroso y el glamour pop de la obra de Hildebrandt, pero su vínculo con la música es la fuerza motriz.

La apariencia vintage de sus obras no busca una nostalgia superficial por las tecnologías del pasado, sino reflexionar sobre una forma de experimentar la cultura basada en soportes físicos. Frente a la inmediatez de los archivos digitales, los casetes, las cintas de vídeo o los discos de vinilo poseen una materialidad que acumula huellas de uso: arañazos, deformaciones, polvo y marcas del tiempo. Esas imperfecciones actúan como testigos de vidas anteriores y convierten cada obra en un objeto cargado de historia.

Obra compuesta por numerosas cintas de casete negras dispuestas en una retícula que revela parcialmente el retrato en blanco y negro de una mujer.
Obra en blanco y negro que representa una gran mariposa de alas abiertas rodeada de motivos vegetales dibujados sobre una superficie con líneas verticales.

Retratos de musas que acumulan la huellas, arañazos, deformaciones, polvo y marcas del tiempo.

Los retratos cinematográficos de Gregor Hildebrandt remiten al universo del cine clásico y a la estética de la fotografía analógica. Con frecuencia representan actores, actrices o personajes cuya presencia pertenece a la historia del cine. Sin embargo, estas imágenes nunca aparecen nítidas ni completamente definidas.

Al construirlas con cintas magnéticas de casete o de vídeo, la superficie adquiere una textura estriada, con pequeñas pérdidas de información, brillos irregulares y zonas de desgaste que recuerdan a los fotogramas deteriorados de una película antigua o a una cinta VHS reproducida innumerables veces.

Este efecto no responde únicamente a una decisión estética. El desgaste se convierte en una metáfora del funcionamiento de la memoria: los recuerdos nunca permanecen intactos, sino que se transforman, se fragmentan y se erosionan con el paso del tiempo. Del mismo modo que una cinta magnética pierde calidad con cada reproducción, también la memoria modifica las imágenes que conserva, mezclando precisión y olvido.

Sus retratos parecen emerger de un recuerdo más que de una imagen presente. La figura se revela lentamente según cambia la posición del espectador o la incidencia de la luz, como si apareciera y desapareciera entre capas de memoria.

Esa cualidad espectral sitúa sus obras en un espacio intermedio entre la presencia y la ausencia, entre la imagen y el sonido, entre el recuerdo personal y la memoria compartida, reforzando la idea de que toda imagen del pasado es, inevitablemente, una reconstrucción incompleta.

Composición geométrica en blanco y negro con un patrón de cuadrados alternados tipo ajedrez que recorren toda la superficie.
Composición abstracta en blanco y negro formada por líneas verticales y fragmentos irregulares, con un rectángulo de tela beige adherido al lado izquierdo.

Durante los últimos 25 años, Hildebrandt ha creado principalmente una variedad de collages únicos entrelazados con la música. «Quería hacer pinturas que fueran como piezas musicales», explica en una entrevista con el comisario Jérôme Sans. La música está presente en toda su obra, ya sea de forma evidente como en el material físico o invisible como por ejemplo una melodía o película especialmente elegida, grabada en un disco o cinta que luego se utiliza como material físico para la obra.

Gregor Hildebrandt trabaja mediante collages y ensamblajes para crear obras complejas de un romanticismo latente.

Aguardando en silencio tras la lustrosa superficie de su estética analógica, que roza el monocromatismo en blanco y negro, la música y el cine acechan su práctica artística. Ya sean pictóricas o escultóricas, todas sus obras incorporan materiales pregrabados, a los que alude en los títulos.

Estas fuentes de la cultura pop, por lo general una única canción, pretenden despertar recuerdos tanto colectivos como personales. Al igual que los soportes de almacenamiento analógico, su distintiva técnica del despegue es una metáfora del propio proceso mnésico: consiste en frotar el recubrimiento magnético contra cinta adhesiva de doble cara aplicada sobre el lienzo para trazar intrincados y elusivos patrones polvorientos.

Instalación compuesta por numerosas discos de vinilos deformados en forma de platos negros y blancos una sobre otra levantando una pared
Gregor Hildebrandt_Gescheckte Säulenwand, discos transformados en columnas de cuencos

En sintonía con la noción arquitectónica de Gesamtkunstwerk, las monumentales barreras sónicas de Hildebrandt, hechas de discos apilados en forma de cuenco, y sus sensuales cortinas murales, confeccionadas con cintas desenrolladas, trazan recorridos para los visitantes de sus exposiciones.

Gregor Hildebrandt (Bad Homburg, Alemania, 1974) ha convertido la música, el cine y los soportes analógicos en el eje central de una de las propuestas más singulares del arte contemporáneo.

Desde finales de la década de 1990, Gregor Hildebrandt ha utilizado soportes sonoros como materia prima de su obra. Más que un interés por la música como disciplina, lo que impulsa su trabajo es la capacidad de estos objetos para almacenar experiencias y despertar recuerdos.

Como coleccionista y gran aficionado a la música, comprendió que una canción puede quedar inseparablemente ligada a un momento de la vida, una persona o un lugar. Al extraer la cinta de un casete y convertirla en pintura, o al reutilizar discos de vinilo en esculturas e instalaciones, transforma un medio destinado a ser escuchado en un objeto para ser contemplado.

Esta operación desplaza el sonido al terreno de la memoria, donde permanece latente e invisible, invitando al espectador a completar la obra con sus propias asociaciones. Así, sus piezas exploran la relación entre imagen, música, tiempo y recuerdo, mostrando cómo los objetos cotidianos pueden conservar una intensa carga emocional incluso cuando han perdido su función original.

Composición abstracta en blanco y negro formada por fragmentos irregulares, como rectángulo irregulares blancos a fondo negro y curuzasas por lineas anchas compuestas por cuadrados en blanco y negro
Composición abstracta en blanco y negro formada por fragmentos irregulares, como rectángulo irregulares blancos a fondo negro

Una partitura silenciosa geométrica

Las composiciones abstractas en blanco y negro de Gregor Hildebrandt constituyen una de las vertientes más depuradas de su lenguaje plástico. Construidas mediante la alternancia de bandas de cinta magnética sobre fondos claros u oscuros, generan un ritmo visual que recuerda tanto a un tablero de ajedrez como a una partitura musical o a la secuencia de fotogramas de una película.

Esta estructura modular introduce una tensión constante entre orden y fragmentación: la repetición de los patrones sugiere un sistema racional, mientras que las variaciones, interrupciones y pequeñas irregularidades revelan la huella manual del proceso y el desgaste del material.

La apariencia geométrica oculta una compleja reflexión sobre la memoria. Cada fragmento de cinta contiene información sonora, voces o música que permanecen inaccesibles para el espectador. El contenido ha quedado reducido a una superficie abstracta, de modo que el significado ya no reside en lo que puede escucharse, sino en la conciencia de que existe en una formula de una partitura enredada en la imagen.

La abstracción funciona así como un espacio de condensación, donde innumerables relatos personales quedan comprimidos en una trama visual silenciosa. Las obras de Hildebrandt presentan leves desplazamientos, brillos cambiantes y zonas de distinta densidad que rompen cualquier sensación de uniformidad.

La luz incide sobre la superficie magnética de manera desigual, haciendo que la composición cambie según el punto de vista del espectador. La obra nunca se percibe de una única forma, sino que permanece en constante transformación.

Obra abstracta en blanco y negro con finas líneas verticales y trazos que evocan una figura de ave en vuelo sobre un fondo texturizado.
Gregor Hildebrandt_Vogel

Su obra, de apariencia minimalista, dialoga con la cultura pop, el cine y las escenas underground desde una poética donde el silencio resulta tan importante como la música.

Si estas obras abstractas musicales te ha conmovido, puedes descubrir más creadores que desafían la mirada en nuestra sección Arte & Artistas, donde cada obra despierta la curiosidad y desvela un mundo complejo de interpretaciones únicas.

Escultura de cerámica en tonos verde y marrón con pátina moteada que representa una figura humanoide sentada con las piernas estiradas y las manos entrelazadas. Tiene grandes ojos negros y una forma orgánica, expuesta sobre un pedestal blanco.

Cuando la imperfección nos mira: las esculturas de Andrea Scholze y su verdad cruda

Publicada el 4 de julio de 20265 de julio de 2026 por Infomag Baleares

Las esculturas de Andrea Scholze detienen la mirada porque revelan algo que evitamos: la humanidad cruda que vive en la imperfección. En sus gólems de barro —torpes, vulnerables, honestos— encontramos un espejo roto que devuelve nuestras propias grietas en un mundo obsesionado con la apariencia.

La humanidad que emerge cuando la imperfección deja de esconderse.

Había algo en aquellas figuras de barro que no buscaban agradar. Algo que no pedía permiso. Uno podía verlas allí, quietas, con la misma terquedad con la que un animal herido decide seguir respirando. Andrea Scholze las modelaba así: sin adornos, sin la mentira de la perfección. Y al mirarlas, uno sentía un golpe seco en el pecho, como cuando la verdad llega sin aviso.

La gente vive rodeada de imágenes pulidas. Rostros que brillan como metal recién lavado. Cuerpos sin grietas, sin historia. En ese mundo, la perfección se ha vuelto un muro. Alto, frío, inútil. La imperfección, en cambio, abre una puerta. Te obliga a mirarte sin engaños. Te recuerda que eres humano, y que ser humano nunca fue un asunto limpio.

Andrea Scholze, Canary, escultura de cerámica esmaltada.
Andrea Scholze, Canary, escultura de cerámica esmaltada.
Sholze muestra la belleza que reside en esa imperfección radical, en la aceptación de lo grotesco como parte integral de la vida.
Las esculturas de Andera Sholze parecen trolls olvidados por los cuentos de hadas, gólems de barro que buscan un alma, o yetis solitarios que vagan por montañas de soledad urbana.
Andrea Sholze_esculturas contemporáneas

La resistencia de la esencia frente a la ficción de la apariencia.

Scholze trabaja contra esa ficción. Sus criaturas no tienen la suavidad del mármol ni la arrogancia de las estatuas clásicas. Son cuerpos torpes, deformes, hechos de arcilla cruda. Parecen gólems que buscan un alma, trolls olvidados por los cuentos, o bestias solitarias que caminan por montañas de silencio. No son hermosos. Pero respiran. Y eso basta.

En estos tiempos, la gente se aferra a la apariencia como si fuera una tabla de salvación. El selfie se ha convertido en una llave. Una credencial. Una forma de decir: “Estoy aquí, mírenme”. Pero esa imagen es frágil. Se rompe al menor golpe. Se consume como la juventud, que siempre se va demasiado rápido. La cultura entera navega en aguas de plástico y silicona, donde todo flota, pero nada tiene peso.

Por eso las esculturas de Andrea Scholze detienen la mirada. Uno se queda quieto frente a ellas, como quien escucha un ruido en la noche. No son objetos decorativos. Son criaturas atrapadas en un limbo. En sus superficies irregulares, llenas de huellas dactilares y grietas, se lee la historia de una búsqueda. La búsqueda de pertenencia en un mundo que separa más de lo que une.

Las creaciones de Sholze no son meros objetos decorativos; son entidades vivas atrapadas en un limbo existencial.

Dónde nace la verdad áspera que modela las criaturas de Scholze.

La artista nació en Oslo, bajo un cielo gris que parece no terminar nunca. Quizá por eso sus manos trabajan la arcilla como quien excava en la tierra para encontrar algo perdido. No busca la perfección. Busca la verdad. Y la verdad, casi siempre, es áspera. Sus figuras parecen sobrevivientes de un tiempo remoto, seres que han visto demasiado y aun así permanecen de pie.

La cerámica, ese material terrestre, se convierte en piel. Una piel vulnerable, expuesta, frágil. Los títulos de sus obras no describen la forma. Describen el estado del alma. Son llaves silenciosas que abren habitaciones interiores donde la luz entra poco y el aire pesa. En esa frontera entre lo animal y lo humano, Scholze encuentra su voz.

Las instituciones han empezado a mirar su trabajo. Museos en Trondheim y Oslo guardan sus piezas como quien guarda un secreto. Pero lo que importa no es el prestigio. Lo que importa es lo que ocurre cuando alguien se planta frente a una de esas criaturas. Porque entonces, sin aviso, aparece un espejo. Un espejo roto. Y en él, uno ve sus propias inseguridades, su propia torpeza, su propia humanidad.

Reconciliarse con la imperfección para recuperar la humanidad que persiste.

Scholze no busca dividir. No busca agradar. Invita a aceptar la oscuridad, a reconocer que todos llevamos dentro un extraño que pide ser escuchado. Incluso en los paisajes más desolados, hay una chispa de humanidad esperando ser comprendida.

El mundo es provisional. Imperfecto. Y quizá la única educación verdadera consista en reconciliarse con esa imperfección. En mirar a estos gólems de barro y entender que, aunque estén hechos de tierra, dicen más sobre nosotros que cualquier rostro perfecto en una pantalla.

En un mundo que se aferra a la superficie, las criaturas de Scholze nos recuerdan que la verdad nunca está en la piel, sino en aquello que respira debajo. Sus gólems de barro, torpes y vulnerables, nos devuelven una humanidad que la cultura de la apariencia intenta borrar. Quizá por eso conmueven: porque no prometen belleza, solo existencia.

Si este viaje por la imperfección te ha tocado, puedes descubrir más creadores que desafían la mirada en nuestra sección Arte & Artistas, donde cada obra abre una grieta distinta en la ficción del mundo.


Por Mónica Cascanueces.

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Retrato surrealista de una joven junto a una criatura híbrida con ojos grandes, portada de Infomag 240 sobre arte, pensamiento crítico y cultura alternativa.

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