Su trabajo parte de iconos domésticos y signos del consumo para activar otra lectura: tiempo, presión, trabajo, apertura, pausa.
Unbranded, de Fernando Cerezo. La economía conductual —esa disciplina que nos recuerda, con bastante elegancia, que no somos tan listos como creemos— explica por qué nuestras decisiones de compra rara vez son racionales. Entre la psicología cognitiva y la neurociencia, se ha ido desentrañando un secreto incómodo: pensamos menos de lo que sentimos y compramos más de lo que necesitamos.
En este marco se sitúa el trabajo de Fernando Cerezo, moviéndose con precisión quirúrgica entre la ironía y la exactitud. Sus pinturas toman objetos cotidianos —banales, reconocibles, casi aburridos— y los convierten en imágenes mentales: limpias, frontales y, por algún motivo, ligeramente incómodas. Como si nos miraran de vuelta.
Parte de iconos domésticos y signos del consumo para proponer otra lectura la que cuestiona y quizá se burla de ciertos perfiles de comportamiento. Tiempo, presión, trabajo, pausa, todo eso que supuestamente no compramos pero que viene incluido en el precio. O nos pasa factura.

‘Insights’ que reflejan conexiones de todo tipo entre productos y personas. La superficie es lisa, estética del pop tardío, el color sostiene la tensión y el motivo queda suspendido en ese territorio ambiguo donde no sabemos si estamos entendiendo la obra o siendo analizados por ella.
Quizá Cerezo no hace más que encender la luz donde preferimos no mirar: en esa sombra alargada del consumo donde los objetos dejan de ser útiles para convertirse en declaraciones. Invierte los términos, nos obliga a mirar el reverso, o peor aún, el reflejo. Ese en el que aparecemos nosotros.
Porque, al final, el objetivo no es el objeto. Es la marca. Compramos símbolos, no cosas. Y lo hacemos con la convicción de quien cree estar eligiendo libremente, cuando en realidad está confirmando su pertenencia a una tribu perfectamente segmentada. Una distinción de clase, pero con mejor packaging.
La cultura de consumo —tan democrática en apariencia— no deja de ser un espejo bastante fiel de la cultura de masas. Evoluciona, se adapta, muta pero mantiene intacta su lógica: no consumimos por necesidad, sino para construir una identidad. O al menos, una versión presentable de ella.

En este sentido, la publicidad no vende productos; traduce significados. Los anuncios funcionan como intermediarios culturales: toman símbolos del entorno social y los transfieren a objetos que, por sí mismos, no significan gran cosa. Pero claro, con la narrativa adecuada, hasta lo más irrelevante puede parecer imprescindible.
Y ahí estamos nosotros, participando encantados en el juego. Porque si algo define a la sociedad de consumo actual, no es lo que compramos… sino lo que creemos que dice de nosotros. Aunque, en el fondo, todos sospechemos que dice exactamente lo mismo.
Para más información: unbrandedcontent.es
Unbranded, de Fernando Cerezo

