Quien conoce la biología humana puede diseñar entornos que «orienten» nuestras decisiones.
Se pretende imponer a la fuerza y aplicando penas legales cada vez más asfixiantes una norma de pensamiento único, una suerte de dogma en asuntos más que cuestionables.
Hoy conocemos mucho mejor cómo funciona el cerebro humano que en tiempos de Enrique VIII. Sabemos cómo responde al miedo, a la recompensa inmediata, al reconocimiento social, a la dopamina, a la pertenencia al grupo o al rechazo. Y cuando ese conocimiento se combina con algoritmos, publicidad, análisis masivo de datos y psicología conductual, la capacidad de influir es muy superior a la de cualquier monarca del siglo XVI.
Eso conecta con una idea de fondo que atraviesa toda la historia, desde Tomás Moro hasta nuestros días: la libertad no desaparece únicamente cuando alguien la arrebata; también puede erosionarse cuando dejamos de ejercitar el juicio crítico y aceptamos sin examen aquello que resulta más cómodo, más inmediato o más gratificante.
La historia nunca repite exactamente los mismos escenarios, pero sí perfecciona sus herramientas. Enrique VIII necesitaba juramentos, verdugos y patíbulos para doblegar voluntades. Hoy sería un método torpe. La obediencia ya no suele imponerse por la fuerza; basta con fabricar comodidad, dependencia y distracción.
En esta situación se pretende que todos, sin excepciones, tengan forzosamente que compartir las opciones de quienes imponen por la fuerza esa visión única aceptable. No solo compartirlas. Hay que ir más allá. Tienen que alabarlas. O las alaban o se les machaca. Para el disidente, la estaca. Ese es el dilema. No es la guillotina, el hacha o la cuchilla, pero sí el linchamiento mediático y la expulsión del diálogo social, que empieza por colocarle una etiqueta agresiva para cancelarlo.

Cuando se impone el pensamiento único de modo totalitario, no hay lugar para la «disidencia». Es la cultura de la cancelación.
El poder aprendió hace tiempo que un individuo entretenido resulta más manejable que un individuo aterrorizado. La violencia deja cicatrices; la distracción apenas deja preguntas. Nunca se había conocido tanto sobre la naturaleza humana. La neurociencia explica qué activa nuestros circuitos de recompensa. La psicología conoce los sesgos que deforman nuestras decisiones.
El marketing descubre qué deseos permanecían ocultos incluso para quien los experimenta. Los algoritmos aprenden qué nos hace detener el dedo sobre una pantalla, qué nos enfada, qué nos seduce y qué consigue que regresemos una y otra vez. No se trata únicamente de vender un producto; se compite por capturar el recurso más escaso de nuestro tiempo: la atención.
Hay que ser valiente para tener una opinión propia.
La vía monocarril del pensamiento único quiere convertirnos a todos en cobardes. Que nadie hable. Todos deben alabar la vestimenta del rey, aunque al rey se le vea el trasero. Pretenden sutilmente convencer a la gente de que pensar por libre es malo. Muy malo. Es una especie de nueva religión atea. Cuenta con fanáticos zelotes, siempre sumisos al poder y al dinero, y con todavía más fanáticos inquisidores, siempre atentos para aplicarle ipso facto, y masivamente, el estacazo al que ose retarles. Twitter es la nueva hoguera de esta inquisición.
Quien comprende las debilidades humanas posee una ventaja inmensa.
Hay una gran manipulación global en todo el mundo, especialmente en los temas relativos a la salud sexual y reproductiva y a los negocios montados en torno a ella, sin dejarle mucho sitio al verdadero amor personal. Existen grandes corporaciones multinacionales que fomentan esa comercialización. Para lograr sus fines deben instalar en la mente de los consumidores una visión irreal de la sociedad y de la tan cacareada salud sexual y reproductiva.
Además, los mercaderes cuentan con aliados políticos que imponen en muchos países a golpe de boletín oficial las perspectivas que son más rentables comercialmente para enormes corporaciones de la industria del sexo, la pornografía, la contracepción, las hormonas y el aborto.
Es un hecho que hoy se alían los estatalismos, sean de un signo o de otro, con los intereses de grandes capitalismos (sectores de la Big Pharma, Big Alcohol, Big Marijuana, Planned Parenthood, GAFA, 30 Corporación Industrial de Pornografía Online, redes de tráfico sexual de personas o de turismo sexual, etc.). Y en muchas ocasiones lo hacen para destruir cualquier libertad de disentir de sus intereses crematísticos, ideológicos o políticos (que entran con cierta frecuencia en conflicto con los de la salud pública).
Money talks, se dice en inglés. El dinero manda. «Poderoso caballero es don dinero», decía Quevedo.
El interés es que no haya ciudadanos libres y juiciosos, que puedan plantarle cara o ni siquiera toser a estas perspectivas. Quien maneja los hilos de la ciudad irreal solo quiere tener sus pequeños minions. Marionetas manipuladas. Rebaños. Borreguitos dóciles y sumisos. Clones.
Te aconsejarán, como hizo el duque de Norfolk con Moro: «Primero miras para otro lado, te tapas la nariz o vuelas por debajo del radar, les dices que sí, solo de boquilla y salvas el pescuezo. Pero así, al menos, no le pasarán la cuchilla a tu reputación. Seguirás vivo y lograrás decir algo, aunque sea en voz muy baja».
Lamentablemente, en esta situación, no se tendrá ya libertad alguna para defender ni la naturaleza, ni la biología, ni la salud pública, ni ninguna otra ciencia. No será posible. Lo prohíbe la ley autoritaria de pensamiento único, impuesto como la única vía socialmente aceptable. Siempre existirá algún «Cromwell», complaciente con el tirano, que llegue a extremos de inmoralidad verdaderamente execrables (manipular y mentir en un juicio induciendo a un testigo a perjurar) con tal de adular al dictador. Esta realidad histórica se refleja bien en la película de Zinnemann.
Muchos médicos también han recibido o recibirán presiones para que se acomoden dócilmente a los intereses de ciertos sectores de esos capitalismos o de esas visiones irreales de la biología o de la sociedad. Pero no queda más remedio que disentir y no prestarse a colaborar ni con el mal ni con la mentira, pues eso acaba trayendo a la larga unas consecuencias sangrientas y funestas para los pacientes. Al final tendremos que venir los epidemiólogos a contar fallecimientos.
Lo políticamente correcto hoy día parece ser enredado en temas sentimentales —o en temas sexy en particular—
Se pueda defender un criterio contrario a la verdad de la naturaleza de las personas humanas o que vaya en contra de realidades biológicas tan estables como la ley de la gravedad. O se falsee la verdad del amor personal y se violen los derechos de las personas.
Se idolatra el capricho. Puro viento emocional.
A partir del momento en que el tema es sexy, parece que ya todo vale. Tremendo error. El imperialismo más inhumano es el imperialismo sentimental, que consiste en darle la prioridad absoluta a los sentimientos (de por sí cambiantes), olvidándose de todas las verdades y realidades objetivas (de por sí estables) que también deberían considerarse.
La adolescencia, con su necesidad de aceptación; la soledad, con su búsqueda de pertenencia; el miedo, con su deseo de protección; la incertidumbre, con su necesidad de respuestas simples; el placer inmediato, con su promesa de felicidad instantánea. Allí donde existe una vulnerabilidad aparece siempre alguien dispuesto a convertirla en negocio, en poder o en influencia.

Las cadenas del siglo XXI rara vez son visibles.
Adoptan la forma de una pantalla que nunca descansa, de una notificación que reclama atención, de una opinión prefabricada, de una indignación cuidadosamente administrada o de un entretenimiento permanente que impide el silencio necesario para pensar. Un ser humano ocupado de manera constante apenas dispone de tiempo para preguntarse quién decide realmente aquello que consume, teme, desea o cree haber elegido libremente.
El ciudadano deja entonces de ser ciudadano para convertirse en usuario, consumidor, votante, cliente o dato estadístico. Su identidad acaba fragmentada en perfiles que predicen su comportamiento con una precisión que habría parecido magia hace apenas unas décadas.
Quizá el mayor triunfo del poder nunca haya consistido en prohibir el pensamiento, sino en lograr que pensar parezca innecesario. Un hombre incapaz de permanecer diez minutos en silencio consigo mismo difícilmente cuestionará el rumbo de una sociedad entera.
No hacen falta dictadores para fabricar obediencia. Basta con ciudadanos incapaces de distinguir entre aquello que desean y aquello que otros aprendieron a desear por ellos.
La enseñanza de Tomás Moro lleva de la mano a la necesidad de salir de la zona de confort del rebaño y nadar, en cambio, contra corriente como un elegante salmón.
Pretenden sutilmente convencer a la gente de que pensar por libre es malo. Muy malo. Es una especie de nueva religión atea. Cuenta con fanáticos zelotes, siempre sumisos al poder y al dinero, y con todavía más fanáticos inquisidores, siempre atentos para aplicarle ipso facto, y masivamente, el estacazo al que ose retarles. Twitter es la nueva hoguera de esta inquisición.
