Walter Schels revela en los animales la misma profundidad que en los humanos: un contacto visual que desarma, iguala y expone la unidad biológica que compartimos.
Cuando una mirada animal revela más de lo que estamos preparados para ver
Cuando observamos con detenimiento la anatomía, el comportamiento y la biología molecular, la semejanza entre nosotros y los animales, aves, insectos o gusanos no es solo probable, sino empíricamente innegable.Compartimos el mismo código genético básico, las mismas vías metabólicas y la misma urgencia primordial de supervivencia. Sin embargo, la pregunta trasciende la mera taxonomía biológica para adentrarse en un terreno ontológico más resbaladizo: ¿es esta similitud un accidente de la evolución natural o la huella de un diseño intencional? Y, crucialmente, si existe un diseño, ¿quién establece los parámetros de lo bello y lo funcional?



Desde la perspectiva estrictamente científica, la teoría de la evolución por selección natural, propuesta por Darwin y refinada por la genética moderna, ofrece una explicación robusta y parsimoniosa. No necesitamos invocar fuerzas externas para entender por qué nuestros brazos se asemejan a las alas de un murciélago o a las aletas de una ballena; todos derivan de una estructura ancestral común. La homología estructural demuestra que la naturaleza es conservadora: reutiliza soluciones exitosas.
El ojo humano, aunque complejo, comparte principios ópticos básicos con los de los cefalópodos, no porque un arquitecto divino copiara un plano, sino porque la física de la luz impone restricciones universales. Cualquier sistema que quiera captar imágenes debe lidiar con la refracción y la focalización de manera similar. Por tanto, la semejanza es el resultado inevitable de la adaptación a un entorno físico compartido bajo las leyes inmutables de la termodinámica y la mecánica cuántica.

El hecho de que Walter Schels simplemente trasladara a la fotografía animal una convención de representación desarrollada originalmente para la imagen humana constituye una provocación. Klaus Honnef, historiador de la fotografía
No obstante, surge la inquietud filosófica cuando contemplamos la complejidad emergente de la conciencia y la estética. Si todo es azar y necesidad, ¿por qué percibimos belleza en la simetría de una mariposa o en la proporción áurea de un caracol? Aquí es donde la pregunta sobre «quién define el canon» se vuelve central. La ciencia nos dice que la belleza no es una propiedad objetiva del universo, sino una heurística cognitiva evolucionada. Encontramos bello lo que indica salud, fertilidad o eficiencia energética. El canon no lo impone una entidad externa, sino que emerge de la interacción entre nuestra neurobiología y el entorno. Nuestros cerebros están cableados para encontrar patrones, y la satisfacción intelectual o emocional al reconocer esos patrones es lo que llamamos belleza.
Pero, ¿implica esto que no hay creador? La ausencia de un «arquitecto» consciente no significa ausencia de orden. Las leyes de la física actúan como el escultor invisible. La gravedad, el electromagnetismo y las fuerzas nucleares definen lo que es posible y lo que no. Un gusano no puede tener huesos porque su escala y entorno no lo requieren ni lo permiten energéticamente; un ave no puede ser del tamaño de un elefante debido a las limitaciones aerodinámicas y estructurales. Estas restricciones físicas «definen» la forma tanto como cualquier diseñador lo haría. La evolución no crea desde la nada; trabaja con lo disponible, tallando la diversidad biológica mediante la presión selectiva durante eones.




Cuando la mirada animal se convierte en un espejo incómodo.
Para Walter Schels, el contacto visual es la clave para acceder a la esencia del sujeto, tanto en humanos como en animales, y por lo tanto «la clave de un buen retrato». Pero dado que no se puede pedir a los animales que miren a la cámara, un retrato animal es «una cuestión de suerte». Fotografía personas, animales y plantas con la misma seriedad, abordando cada uno como un sujeto de retrato con su propia interioridad y dignidad. Sus retratos en blanco y negro de figuras culturales y políticas, entre ellas Andy Warhol, Joseph Beuys, Angela Merkel, Helmut Schmidt, Yehudi Menuhin y el Dalái Lama, lo consolidaron como un maestro del género.
Sus retratos de animales, que tratan a sus modelos con la misma profundidad psicológica que a los retratados humanos, atrajeron atención internacional y fueron adoptados por la diseñadora de moda Tory Burch, quien los incorporó a los conceptos de sus tiendas en Los Ángeles y París. Schels también entiende la fotografía como una práctica material: mediante sobrepintados, solarizaciones, dobles exposiciones y el uso de productos químicos fotográficos, amplía constantemente los límites de lo documental hacia los territorios de la pintura y la abstracción. «Una imagen nunca está terminada», ha afirmado. «Es en el cuarto oscuro donde llego a comprender el mundo».

Por lo tanto, preguntar si alguien debería haber creado todo esto asume que la existencia requiere un autor consciente, una premisa antropocéntrica. La realidad sugiere que el universo es auto-organizado. La complejidad surge de la simplicidad a través de iteraciones. La semejanza entre humanos y gusanos no es una degradación, sino un recordatorio de nuestra unidad fundamental con la vida. No hay un canon impuesto desde arriba, sino estándares emergentes desde abajo, filtrados por la supervivencia.
Cuando la fotografía deja de retratar y empieza a revelar.
En conclusión, la semejanza es existente y necesaria. Es probable que sea exclusivamente producto de procesos naturales gobernados por leyes físicas universales. No hay un juez estético externo definiendo lo bello; la belleza es la resonancia interna de un organismo que reconoce su propia viabilidad y conexión con el todo. No hace falta un creador para explicar la armonía, pues la armonía es la consecuencia natural de la estabilidad en un caos entrópico. Somos polvo de estrellas que ha aprendido a mirarse a sí mismo, viendo en el ojo de una mosca o en la piel de una serpiente el mismo espejo antiguo y compartido.
Mirar a los ojos de un animal en una fotografía de Schels es enfrentarse a la evidencia de que no somos excepción, sino continuidad. No hay jerarquía, solo variaciones de un mismo pulso vital. Su obra desmonta la ilusión de superioridad humana y nos devuelve a un lugar más honesto: el de criaturas que comparten origen, fragilidad y destino en un planeta que no nos pertenece.
Por Rose Sioux.
