La Santa es ese lugar donde el tiempo baja el ritmo y la experiencia se vuelve sensorial, un refugio junto al mar donde la luz, la brisa y la cocina se entrelazan hasta convertir cada plato en un momento que se queda contigo.
La quietud luminosa de un lugar que siempre te reconoce.
A veces cuesta saber si la vida aquí avanza con lentitud o si, simplemente, se ha quedado suspendida, como una postal que el tiempo se negó a seguir girando. Hay una gravitación suave que te arrastra hacia el bar de siempre, ese que parece brotar de la arena misma, y donde el aire llega mezclado con aromas de lima, plancha caliente y especias que despiertan la memoria. No sientes que lo visitas, vuelves a habitarlo. Es la misma esencia, sí, pero vestida con otra luz; un diálogo antiguo entre el lugar y quien lo pisa, hecho de repeticiones, pequeños cambios y sabores que anuncian que algo está a punto de suceder.
Aquel rincón se sostenía sobre mesas comunes y taburetes altos coloridos frente a la barra, con vistas a la playa, donde los desconocidos se rozaban sin prisas y las conversaciones se tejían solas. Desde allí, el espacio se abría hacia la zona chill out, refugio natural del aperitivo, ese ritual que comienza cuando el sol acaricia el mar en tono menor y los primeros cócteles cítricos, herbales, frescos, anuncian que la tarde se inclina hacia el placer.


Donde la luz se mezcla con los aromas y empieza el ritual de comer.
En La Santa, el tiempo se mide en risas que se disuelven en la brisa marina y en la luz dorada que se posa sobre los vasos. Entre sorbos, las bandejas van y vienen: calamar troceadito y frito al estilo andaluz con mayonesa de lima, flores de alcachofa confitadas que crujen apenas al romperse, gambón al ajillo con un toque de Ras el Hanout, tartar de salmón con corazón de queso crema, aguacate y perlas de wasabi. Cada plato parece contener un fragmento del verano, como si la cocina supiera traducir la luz.
El fragmento avanzaba describiendo un espacio amplio, donde el toldo filtraba el sol formando la sombra fragmentada de un árbol, y donde unas mesas permanecían habitadas por fieles del verano. Un camarero se aproximó con paso leve. Alguien pidió la carta. No hubo duda: la Ensalada Vietnamita, con col, zanahoria, lima, cilantro, menta, cacahuetes y esa salsa vibrante que despierta el paladar. A su lado, otra mesa compartía unos Put@s Tacos de gallo de San Pedro y cola de gambón con mayonesa de Sriracha; más allá, un Pad Thai con langostino tigre chisporroteaba en la cocina, liberando aromas de cacahuete tostado y verduras de temporada.
En el centro, una paella avanzaba hacia una familia, era una paella negra de sepia en su tinta con gamba roja y alioli, un espejo oscuro donde brillaba el sol. En otra mesa, un tataki de atún en soja reposaba sobre algas, adornado con sésamo y edamame, como un pequeño paisaje marino. «Qué maravilla», pensó. Disfrutar un instante no es solo vivirlo, es dejar que se imprima. Que el espacio guarde el eco y el tiempo se estire, lento, en el umbral. Y que cada plato, cada sorbo, cada gesto, confirme lo que ya intuías al llegar que en La Santa, el verano también se come.

Al levantarme, tuve la sensación de que no era un lugar, sino un ritmo, el de un verano que se come, se bebe y se recuerda. Un ritmo capaz de hacer que todo lo demás, por un instante, afloje.
- ¿Cómo llegar y reservar? Mossen Llorenc Riber 1, Can Picafort, Illes Balears (Mallorca)
Por Bernd Eldelbar.
