Lo escribió Joan Didion: un día te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.
Aceptar que no hay respuestas universales ni un destino fijo provoca un vértigo moral y una profunda crisis que los existencialistas llaman angustia.
Vivimos angustiados por el futuro y proyectamos infinitas preguntas sobre qué será de nosotros mañana, qué enfermedades sufriremos, qué trabajo nos espera. Y lo hacemos sin tener en cuenta que las cosas pueden cambiar hoy mismo, en cualquier momento. De eso habla Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) en su última obra ‘Oxígeno’ (Alfaguara), una novela que narra una intoxicación por monóxido de carbono, un día de otoño de 2020, a causa de la negligencia de su casera.
El espacio íntimo de un alquiler se convirtió en una trampa silenciosa que rozó la muerte y partió la vida en un antes y un después. De ese vértigo nace ‘Oxígeno’, un libro de Marta Jiménez Serrano que no busca el morbo sino la claridad, que usa el trauma como lente para observar lo frágil, lo imprevisible y lo absurdo de existir.
La vida no es una línea recta, es un suelo que puede ceder en cualquier instante, y esa certeza, tras el shock inicial, obliga a repensar cómo habitamos el tiempo. Lejos de abrazar la moda del ‘carpe diem’ esa exigencia agotadora de vivir cada momento como si fuera el último, convertida en obligación de felicidad y en una épica de lo cotidiano, se defiende la proyección hacia el futuro como combustible del deseo.
«Oxígeno es la confirmación de que Marta Jiménez Serrano pertenece a la misma patria literaria que Zadie Smith, Nora Ephron o Joan Didion.
Ese mismo reconocimiento de la incertidumbre atraviesa el amor. La pareja se revela aquí como una metáfora de la convivencia. Dos miradas que comparten un mismo hecho pero lo habitan de forma opuesta. El amor no es un relato único, sino una narración compartida que exige voluntad, paciencia y la humildad de aceptar que el otro tiene su propia verdad sin que ello signifique traición.
Las relaciones no flotan en el vacío, están ancladas en condiciones materiales, geográficas y sociales que condicionan la misma existencia. La precariedad del alquiler, esa imposibilidad de colgar un cuadro o invitar a amigos a casa, no es solo un problema económico, es una herida en la intimidad. Un factor que erosiona la salud mental y recuerda que el hogar es un derecho, no un privilegio. Frente a esto, el miedo aparece como una ilusión de control, una distracción que consume la energía necesaria para asumir la responsabilidad. Porque responsabilidad, al fin y al cabo, es hacerse cargo de lo propio, de lo colectivo.
LA CULTURA SE PUEDE USAR PARA QUEDAR POR ENCIMA DEL OTRO Y COMO ASCENSOR SOCIAL, PERO A MÍ ME INTERESA COMO LUGAR DE ENCUENTRO. Marta Jiménez Serrano
Escribir, en este contexto, es un acto de exposición y de orden. Separar la escritura de la publicación, permite hablar con libertad, colocar el trauma, poner palabras a lo indecible sin caer en el espectáculo. La autoficción, lejos de ser un ejercicio de narcisismo, se entiende como introspección necesaria, un camino para suavizar el ego y conocerse, para diferenciarse de la época de la imagen y volver al yo.
Las redes sociales, con sus luces y sombras, no contaminan el proceso creativo la literatura exige su propio tiempo y silencio, pero sí cumplen una función vital. Son espacios de encuentro, de conversación, de ese vínculo que a veces se busca y a veces se pierde. Porque la incomunicación es una obsesión recurrente, y la vida solo merece la pena cuando se logra tender puentes reales, cuando se deja espacio para el dolor propio y ajeno sin la prisa de rellenar los silencios o fingir que todo está bien.
Y en medio de tanta intensidad, la prosa elige la claridad. No por falta de complejidad, sino por convicción. Hacer sencilla una idea es el trabajo más arduo, y hacerlo así es, además, una postura ideológica. Una literatura que no busca erigirse en altar para iniciados, sino que aspira a ser un lugar de encuentro. Una escritura que su abuela, con apenas un año de escuela, habría podido comprender. Porque la cultura no es un ascensor social ni un muro que separa.
Es la certeza de que todos sentimos lo mismo, de que la vulnerabilidad nos iguala, y de que, incluso cuando la vida se vuelve extraña y rara después de rozar la muerte, exige, sobre todo, aprender a sostenerse mutuamente en la incertidumbre, a vivir sin angustia por lo que vendrá, y a reconocer que, a veces, el oxígeno no es solo el que entra en los pulmones, sino el que nos permite seguir preguntándonos, juntos, qué hacemos con lo que nos queda.

Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) es licenciada en Filología Hispánica y máster en Estudios Literarios y Letras Modernas. Con su primer libro, el poemario La edad ligera (2021), obtuvo un accésit del Premio Adonáis 2020. Después publicó la novela Los nombres propios (2021), que resultó finalista del premio Premier Roman de Chambéry y fue seleccionada por El Cultural como uno de los mejores debuts del año. Su libro de relatos No todo el mundo (2023) obtuvo el Premio Nollegiu 2023 y fue finalista del Premio de las Librerías de Madrid y del Premio de Literatura Open Bank de Vanity Fair, además de ser elegido como uno de los libros del año por medios como Babelia, Cadena SER y RTVE.
También ha participado en los libros colectivos Querida Theresa (2022), El gran libro de los pájaros (2023) y Una navidad así (2024). En 2022 obtuvo la beca de la residencia de escritores de la Cité des Arts (París). Su obra narrativa ha sido traducida al italiano.
Ha trabajado como columnista en La Lectura (El Mundo) y como colaboradora del programa de televisión Ovejas eléctricas (TVE). Actualmente lleva Puro cuento, el programa literario de Carne Cruda. Vive en Madrid, donde imparte clases de escritura creativa.
Oxígeno (Alfaguara, 2026) es su último libro.
Vivimos en una época de mucho ego y poca introspección. Por Fernando Olmos
