El cine de terror sigue utilizando lo sobrenatural para hablar de experiencias profundamente humanas como el trauma.
Mucho antes de que la psicología tratara de explicar el miedo, los cuentos populares ya recurrían a monstruos, brujas y criaturas fantásticas para dar forma a aquello que resultaba difícil comprender. El cine de terror ha heredado esa tradición y sigue utilizando lo sobrenatural para hablar de experiencias profundamente humanas, entre ellas el trauma.
En 1960, «Psicosis», de Alfred Hitchcock, rompió una de las reglas no escritas del cine. Contra toda expectativa, la protagonista moría cuando la historia apenas había alcanzado su ecuador. La célebre escena de la ducha no solo impactó por su violencia, sino porque desorientó al espectador. Durante buena parte del metraje, la narración parecía construida alrededor de Marion Crane y, de repente, desaparecía. A partir de ese momento ya no existían certezas: cualquiera podía convertirse en víctima y las reglas que organizaban el relato dejaban de ofrecer seguridad.
Esa sensación de pérdida conecta con una característica esencial del trauma.
Lo más doloroso no siempre es el acontecimiento en sí, sino el cambio profundo que provoca en nuestra manera de entender el mundo. Después de determinadas experiencias, aquello que antes representaba protección puede dejar de hacerlo. La persona que debía cuidar puede convertirse en una fuente de daño, y el lugar que simbolizaba refugio puede transformarse en un espacio amenazante. Descubrir que el peligro habita precisamente donde esperábamos sentirnos seguros altera nuestra percepción de la realidad.
Quizá por eso el terror rara vez sitúa sus historias en escenarios extraños. Sus amenazas suelen aparecer en espacios cotidianos: una casa familiar, un dormitorio infantil, una iglesia o una cocina. Son lugares donde bajar la guardia debería resultar natural. Sin embargo, un silencio demasiado largo, una puerta entreabierta o un comportamiento apenas inquietante bastan para transmitir que algo ha dejado de funcionar como antes.
El orden cotidiano se ha resquebrajado.
En «Soy lo que me persigue. El terror como ficción del trauma«, el psicólogo Carlos Pitillas y el escritor Ismael Martínez Biurrun defienden que el género ofrece una vía privilegiada para representar aquello que cuesta expresar directamente. Hay experiencias tan dolorosas o confusas que solo consiguen encontrar sentido cuando adoptan una forma simbólica. Del mismo modo que un niño puede hablar de una bruja antes que del miedo que le provoca un adulto, las películas de terror convierten ciertos sufrimientos en fantasmas, monstruos o presencias sobrenaturales.
El fantasma constituye una de las imágenes más precisas para entender el funcionamiento del trauma. Existen recuerdos que no llegan a integrarse plenamente en nuestra historia personal y permanecen suspendidos, como si siguieran perteneciendo al presente. No desaparecen; permanecen latentes y reaparecen con fuerza cuando determinadas circunstancias los activan. Guillermo del Toro definió al fantasma como «un instante de dolor suspendido en el tiempo«, una descripción que explica por qué las casas encantadas siguen resultando tan sugerentes: representan secretos familiares, pérdidas y conflictos que continúan condicionando la vida de quienes los habitan.
El problema es que aquello que queda apartado no desaparece.
La metáfora de la casa también ayuda a comprender cómo funciona la memoria traumática. En la superficie transcurre la vida cotidiana, aquello que mostramos al mundo y conseguimos mantener bajo control. Sin embargo, en el sótano permanecen guardadas experiencias demasiado intensas para haber sido procesadas en su momento. Separarlas fue, en muchos casos, una forma de sobrevivir. El problema es que aquello que queda apartado no desaparece. Puede regresar convertido en hipervigilancia, ansiedad, irritabilidad o una constante sensación de amenaza sin que el recuerdo aparezca de forma clara.
En numerosas películas de terror, el monstruo apenas se deja ver. Lo verdaderamente inquietante es la atmósfera que impregna cada escena. Con el trauma ocurre algo parecido: el miedo termina infiltrándose en la manera de interpretar el entorno y condiciona la relación con los demás. En ocasiones, incluso atraviesa generaciones. No es casual que muchas películas recientes combinen elementos sobrenaturales con historias sobre duelo, herencias emocionales o vínculos familiares fracturados. Obras como «Hereditary» o «Relic» muestran cómo determinadas heridas pueden extender su influencia mucho más allá de quien las sufrió inicialmente.
Tal vez esa sea una de las razones por las que el terror vive un momento especialmente fértil en una sociedad obsesionada con el bienestar psicológico. Con frecuencia escuchamos mensajes sobre sanar, cerrar etapas o dejar atrás el pasado, como si el sufrimiento pudiera resolverse de forma definitiva. Sin embargo, el género insiste en recordarnos algo menos cómodo, no todas las heridas desaparecen por completo.
Ciertos acontecimientos siguen proyectando su sombra incluso cuando creemos haberlos superado.
Algunas pérdidas vuelven muchos años después. Resulta significativo que muchas películas actuales ya no concluyan con la destrucción del monstruo. En «Babadook», la criatura permanece en el sótano hasta el final. Sigue existiendo, pero deja de gobernar la vida de la protagonista. Esa imagen resume bien el proceso de integración del trauma: no consiste en borrar lo ocurrido, sino en conseguir que deje de ocupar todo el espacio del presente.
Quizá ahí resida una de las mayores aportaciones del cine de terror. Frente a una cultura que a menudo promete soluciones definitivas para el dolor, estas historias recuerdan que convivir con ciertas heridas forma parte de la experiencia humana. Madurar no implica expulsar para siempre a nuestros fantasmas, sino aprender a reconocerlos sin permitir que dirijan nuestra vida.
El arte, cuando encuentra los símbolos adecuados, logra acercarse a dimensiones del sufrimiento que otros lenguajes apenas consiguen explicar.
