La ganadora del Óscar de mejor película internacional retrata a una familia alemana cuya casa colinda con Auschwitz.
“La zona de interés” no es una película para todo el mundo. No solo por los temas con los que lidia y el contexto en el que se lleva a cabo la historia que cuenta, si no también por la FORMA en que el director y guionista británico Jonathan Glazer ha decidido narrarla.
Ganadora de 2 Óscar, Mejor Película Internacional y Sonido, y Gran Premio del Jurado en Cannes, el día a día de una familia alemana cuya casa colinda con Auschwitz se ha consagrado, sin duda alguna, como una de las películas más brillantemente aterradoras de la década. El comandante de Auschwitz Rudolf Höss y su esposa Hedwig se esfuerzan en construir una vida de ensueño para su familia en una casa con jardín cerca del campo. Con esta película, el director de culto Jonathan Glazer adapta la novela homónima de Martin Amis, componiendo así un gélido retrato de hasta dónde puede llegar la banalidad del mal.
“La zona de interés” se lleva a cabo durante la Segunda Guerra Mundial.
Tiene como protagonista a Rudolf Höss (Christian Fiedel), comandante nazi del campo de concentración de Auschwitz, y responsable en la vida real de la muerte de más de 3.5 millones de personas. Tal y como sucedió en la vida real, en la película, Höss vive junto a su esposa, Hedwig (Sandra Hüller, de “Anatomía de una caída”) y sus hijos en una casa de campo.
Una casa que, al principio, parece ser como cualquier otro hogar típico alemán de la época. El padre sale a trabajar todas las semanas, la madre se queda en casa cuidando de los hijos y encargándose de las tareas del hogar junto a sus empleadas, y los chicos juegan en el jardín y la pasan bien en la piscina.



Una de las películas más aterradoras de la década.
El detalle, sin embargo, es que la casa está ubicada junto al campo de concentración de Auschwitz. Una de las paredes del campo, de hecho, colinda directamente con el jardín donde está la piscina. Esto resulta en la sección más potente de la película, en donde somos testigos del día a día de esta familia, mientras en el fondo se puede ver el humo que sale de las cámaras de gas, o más importante, se escuchan disparos de pistola, gritos de gente sufriendo, pasos y mucho más.
Es un contraste desgarrador entre la vida supuestamente normal que esta familia pretende tener, y los horrores que suceden a pocos metros de su casa. La banalidad del mal, pues, la normalización del sufrimiento ajeno, y el decidir ignorar lo que a los otros les sucede siempre y cuando la vida propia sea agradable.
La tesis de “La zona de interés”, entonces, no es difícil de entender. Y de hecho, es presentada con mayor potencia durante su primera mitad, en donde uno se hace diversas preguntas. ¿Hedwig será capaz de ESCUCHAR todo lo que pasa en el campo? ¿Y qué pasa con los hijos? ¿Y qué pasa con las chicas que trabajan en la casa?
Todas estas interrogantes son eventualmente respondidas de una forma u otra, pero es cuando las tenemos en mente, y cuando se nos presenta la vida familiar de los Höss de la manera más casual y aparentemente tranquila posible, que “La zona de interés” está en su mejor momento. Superficialmente, estas personas parecen ser gente normal, pero por adentro, sabemos que son monstruos, no solo por lo que hacen, sino también por lo que deciden NO hacer.
La manera en que Glazer decidió dirigir la película ciertamente ayuda a trasmitir todo lo anteriormente mencionado. Utilizando múltiples cámaras en diversas zonas de la casa, nos presenta la vida cotidiana de esta familia casi como si fuese una suerte de “reality”, mostrando casi todo en planos abiertos, creando cierta distancia entre el espectador y los personajes.
Mucho del diálogo se escucha lejano o no se entiende para nada, y más bien uno se concentra en lo que se escucha desde afuera, o lo que se ve más allá de los muros de la casa. De esta manera, somos testigos de lo que los Höss hacen y no hacen casi como si fuésemos “voyeurs”, incapaces de cambiar nada de lo que está sucediendo, observando la relativa humanización de estos monstruos aparentemente incapaces de ser empáticos.
La historia nos describe la vida cotidiana, y llena de comodidades, de la familia del comandante de Auschwitz Rudolf Höss, y sus principales hombres, a escasos metros del campo de exterminio, tan sólo separados por un alto muro.

Lo cual no quiere decir que “La zona de interés” carezca de momentos más clásicamente potentes. Consideren, si no, una chocante yuxtaposición entre las imágenes de las flores rojas que Hedwig ha plantado en su hermoso jardín, y los gritos de la gente sufriendo en el campo de concentración. O un plano de Rudolf dentro de dicho campo, en el que solo se ve su rostro en contrapicado y el cielo, pero ESCUCHAMOS los gritos de la gente que ha mandado a matar.
No es necesario, entonces, enfatizar que el diseño sonoro de “La zona de interés” es simplemente magnífico, desarrollando mucho del contexto y de la historia que se presenta como sonidos que vienen de (no tan) lejos; denotando lo que no podemos ver (y jamás llegamos a ver), pero que sabemos está demasiado cerca de la casa de los Höss.

Una película sobrecogedora por lo que intuyes, no por lo que ves.
Al igual que en el film El hijo de Saúl, en La zona de interés no vemos imágenes sobrecogedoras del campo de exterminio, puesto que está narrada desde el punto de vista de los captores, pero si escuchamos los sonidos que proceden de él, los gritos de sufrimiento y las órdenes, casi alaridos, de los guardianes así como el ruido constante provocado por la utilización de las cámaras de gas o el polvo que lanzan las incineradoras de cadáveres, algo que no soportará en su visita la madre de la mujer de Höss, paradójicamente una nazi convencida.

Porque lo terrorífico de la película es cómo esas personas aceptaron como algo natural los padecimientos y torturas que soportaban a pocos metros de sus casas otros seres humanos a los que habían despojado de cualquier derecho. Tanto es así que esos oficiales nazis no sólo vivían con enseres y muebles de judíos exterminados sino incluso vemos como sus mujeres aprovechaban las ropas lujosas o abrigos de pieles de las prisioneras. Lo hacía con especial impunidad la esposa de Höss, Hedwig.
En esta sección nos enteramos un poco de la forma en que trabajaban los comandantes Nazis.
Es durante la segunda mitad de la película, eso sí, que “La zona de interés” se torna ligeramente más tradicional, obligando al espectador a seguir al personaje de Rudolf, mientras es ascendido en el trabajo y enviado fuera de casa. Somos testigos de la forma de trabajar y pensar de Rufolf, un psicópata sin remordimientos que realmente disfrutaba matar personas.
Resalta una secuencia en la que observa a todos sus compañeros y comandantes en un solo cuarto, y se pone a pensar en lo fácil que sería gasearlos a todos. Considerando los horrores que Höss cometió en la vida real, no resulta difícil creer en la verosimilitud de aquel momento.
Y que es este film, más que ningún otro, visualiza las teorías acuñadas por la filósofa alemana Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, que declaraba que gente aparentemente “normal”, como Höss, justificaba sus acciones por obedecer órdenes del estado, arrinconando cualquier sentimiento de compasión y piedad. De hecho se probó que este individuo fue responsable del aumento de la capacidad de exterminio en menos tiempo.
Un poco más de información sobre la película
‘La zona de interés’, la banalidad del mal y los horrores ignorados. Por Sebastián Zavala Kahn
