Edward Bernays explicita que los motivos ocultos de las acciones humanas se pueden extrapolar desde el ámbito del individuo a la «psicología de masas».
Cómo evolucionamos como humanos, como seres gregarios a través de relacionarnos con los demás y nuestras necesidades surgidas por este sendero de la dependencia emocional o apego costumbrista/consumista.
Hay que decir que conocimiento sobre estas cuestiones no es de fácil acceso, tampoco se estudia lo que utilizaron los psicólogos como Freud y sus aliados para hacernos participases del consumismo tan necesario para desarrollar el libre comercio y su necesidad ergo efectividad.
En 1928, aparece la obra Propaganda, de Edward Bernays. Bernays era sobrino político de Sigmund Freud, conoció y leyó su obra e, influido por el psicoanálisis, cimentó sus teorías sobre cómo manipular a la opinión pública. En esta obra, considerada como la Biblia de la manipulación de masas, Bernays establece algunas premisas de las que la publicidad posterior se alimentará. Citamos un ejemplo de sus postulados:
Un hombre puede creer que compra un automóvil porque, tras sopesar las características técnicas de todas las marcas del mercado, ha llegado a la conclusión de que ese coche es el mejor. Con casi total seguridad se está embaucando a sí mismo. Lo compra, quizá, porque un amigo cuya perspicacia para las finanzas respeta se compró uno igual la semana pasada, o porque sus vecinos creían que no podía permitirse un coche de esa categoría… Son sobre todo los psicólogos de la escuela de Freud los que han señalado que la gran mayoría de los pensamientos y acciones del hombre son sustitutos compensatorios de deseos que éste se ha visto obligado a reprimir.
Los hombres rara vez se percatan de las razones reales que motivan sus acciones.
Me pregunto si llegaremos un día de conocernos bien para poder entender las intenciones ajenas y poder participar conscientemente en este juego llamado vida y sus sistemas operativas.
«La buena compañía» es el primer libro de María Gómez que se centra en cómo nos relacionamos y en entender mejor los vínculos que establecemos a lo largo de la vida. Para ello, aborda muchos conceptos, como dependencia emocional o apego, que se han dado a conocer en los últimos años gracias en parte a las redes sociales.
El comportamiento humano está rodeado de incógnitas. La psicología da respuesta a muchas. Algunas de ellas, se encuentran en La buena compañía, el primer libro escrito por la psicóloga y divulgadora María Gómez (@merigopsico). La autora se centra en las claves que ayudan a entender cómo nos relacionamos con los demás y por qué actuamos según qué situaciones. Sentimiento de pertenencia, disonancia cognitiva, dependencia emocional… son conceptos que aborda la experta, poniendo fin a falsas creencias que rodean a muchos de ellos.
Desde el momento en que nacemos, creamos un vínculo con la persona que nos cuida. Es lo que se conoce como apego y, según del tipo que sea, marcará las relaciones futuras. Sobre la teoría del apego, la psicóloga reconoce que plantea un debate muy interesante, pero no exento de polémica. “Condiciona en gran parte cómo aprendes a relacionarte cuando eres pequeño, pero ese aprendizaje tampoco te determina al 100%”, afirma. En este sentido, detalla que el apego puede llegar a ser una etiqueta que acaba limitando: “Es una explicación circular. ‘Yo soy así porque me comporto de esta manera y me comporto de esta manera porque soy así’”.
Este pensamiento impide avanzar o modificar un determinado patrón de conducta. “Hay que entender que hay ciertas formas de relacionarse que se adquieren de pequeño, pero que pueden mejorar o que no deben condicionar. Tenemos capacidad de acción. Si no, no existirían los terapeutas”, apunta.
Un concepto al que en numerosas ocasiones se hace referencia de manera errónea es el de dependencia emocional. En este punto, la psicóloga señala que vivimos en la era del autocuidado y del autoconocimiento de más, algo que puede perjudicar al estar a menudo demasiado pendientes de analizar qué sentimos y qué hacemos. “Queremos pasar las emociones rápido, sin transitarlas”, afirma María, quien señala que términos como ‘red flag’ o ‘dependencia tóxica’, que tanto se utilizan en las redes sociales, son muy categóricos cuando, en realidad, las emociones son mucho más complejas.
“En las redes todo es blanco y negro, pero en la vida real hay muchos grises. En el caso de la dependencia emocional, somos seres sociales y es normal sentirnos mal cuando, por ejemplo, discutimos con alguien a quien pensamos que conocemos y nos resulta atrayente. Claro que somos dependientes, no podemos problematizar esa dependencia”, argumenta.
La necesidad de formar parte de un grupo.
Sí, los seres humanos son seres sociales, no nos vinculamos únicamente por supervivencia. La necesidad de relacionarnos va mucho más allá. No sólo nos juntamos para conseguir alimentos y protección, sino también porque tenemos una necesidad intrínseca de afecto y de cariño.
Del aspecto social del ser humano surge la necesidad de formar parte de un grupo o un colectivo con intereces similares. El sentimiento de pertenencia es esencial, pero propone el siguiente dilema: ¿cómo lograr el equilibrio entre mantener la individualidad e integrarse a la vez con los demás? “Es algo muy complicado, sobre todo en la adolescencia, una etapa en la que se busca la identidad, así como el grupo de iguales”, responde la psicóloga, y agrega: “Todos queremos formar parte de un grupo. Es algo necesario y lo vemos en los animales. Somos muy complejos, pero también muy simples. Queremos ser diferentes, pero tampoco estar solos”.
Es en este contexto donde entran dinámicas de presión social, “muy de patio de colegio, pero que, en realidad, se repiten toda la vida”. A menudo, nos mostramos conformes con el grupo por presión o por ser aceptados. Sin embargo, en el libro, la psicóloga recuerda que las minorías activas han estado siempre detrás de grandes cambios sociales.
Disonancia cognitiva: por qué el ser humano es contradictorio.
En numerosas ocasiones, caemos en lo que se conoce como disonancia cognitiva, algo que supone enfrentar las creencias con los actos. “Somos contradictorios. Por ejemplo, una persona considera que no es gordófoba, pero no quiere engordar. Son contradicciones y pensamientos que se nos cuelan todo el rato”, expresa María.
La psicóloga aconseja que es importante dar voz a la contradicción para disminuir el malestar. “No hay que autoengañarse. Es aprender a decir: ‘Vale. Esto es contradictorio, no pasa nada’”, señala. De lo contrario, al querer reducir la disonancia, podemos caer en conductas desadaptativas, como la negación, la minimización del conflicto, la supresión voluntaria de información y el autoengaño.
En este punto, el lenguaje ocupa un papel clave: “Puede curar y dañar. Son palabras que hemos formado para comunicarnos, pero que tienen mucho peso y nos dicen cosas que se quedan en nuestro diálogo interno”. La experta señala que, más allá de su significado, las palabras están cargadas de matices que como sociedad hemos ido añadiendo. Por ello, “hay que tener mucho cuidado con lo que decimos. Es importante trabajar la compasión con los demás y también con uno mismo porque muchas veces nos hablamos peor a nosotros que a un amigo”.
Según la especialista, hay que tener cuidado a la hora de querer adaptarnos a lo que nos rodea, ya que puede mermar nuestra capacidad de crítica. Para reducir la disonancia de forma adaptativa, es importante permitirse dudar y cambiar de opinión. “Esto me parece imprescindible porque no se nos permite dudar o parar. Esto se relaciona con la era de la velocidad en la que vivimos. Las redes sociales influyen muchísimo en tener una opinión inmediata. No hay tiempo de procesar información. Tiene que haber más espacio a la duda y a la reflexión. Hay que saber decir ‘no sé responder a esto’”.
Sobre el libro «La buena compañía»
La necesidad de relacionarnos va mucho más allá de la supervivencia. María Gómez (@merigopsico)

