Del racismo a los genocidios, la historia demuestra que el odio al diferente sigue siendo una de las mayores amenazas para la humanidad. Un recorrido por las heridas que la raza y la religión continúan dejando en el mundo.
La vieja costumbre de odiar
La historia de la humanidad podría resumirse como una interminable columna de sombras avanzando por caminos distintos hacia el mismo lugar. Cambian los siglos, cambian las fronteras, cambian los nombres de los dioses y los colores de las banderas, pero el resultado suele ser idéntico: alguien decide que otro ser humano vale menos.
Desde las Cruzadas medievales hasta los genocidios del siglo XX, pasando por las limpiezas étnicas, las persecuciones religiosas y las guerras contemporáneas, la especie humana ha demostrado una extraordinaria capacidad para convertir la diferencia en un motivo de exterminio. Es una vieja costumbre que ha sobrevivido a imperios, revoluciones, declaraciones de derechos y avances tecnológicos. Mientras aprendíamos a viajar al espacio, seguíamos encontrando razones para odiar a quien rezaba de otra manera o había nacido con otro color de piel.

Las máscaras respetables de la intolerancia
La violencia racial y religiosa rara vez se presenta como lo que realmente es. Casi siempre llega disfrazada de algo más noble. Patriotismo, defensa de la fe, seguridad nacional, tradición o identidad cultural. Las palabras cambian según la época, pero debajo suele esconderse la misma materia prima: miedo. Miedo a lo desconocido, a lo diferente, a aquello que cuestiona la falsa comodidad de quienes necesitan sentirse superiores a alguien para justificar su propia existencia.
En Europa, continente que se enorgullece de haber alumbrado la Ilustración y los grandes ideales modernos de igualdad y libertad, el problema continúa respirando bajo la superficie. No suele manifestarse con la brutalidad explícita de otros tiempos. Ha aprendido a ser más discreto. Vive en entrevistas de trabajo donde ciertos apellidos provocan recelos, en alquileres de vivienda que nunca llegan a concretarse, en controles policiales más frecuentes para unos ciudadanos que para otros, en miradas que convierten a determinadas personas en sospechosas por defecto.

El racismo que ya no necesita gritar
El racismo contemporáneo se ha vuelto más sofisticado, pero no menos dañino. La historia de Aminata Diallo, una joven francesa de origen guineano que denunció haber sido discriminada en su acceso a la policía, es una entre miles de experiencias similares que rara vez alcanzan notoriedad pública. Son heridas pequeñas vistas de lejos, pero profundas para quienes las soportan cada día.
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos continúa conviviendo con un legado que se resiste a desaparecer. La muerte de Ahmaud Arbery mientras corría por un vecindario de Georgia y el asesinato de George Floyd bajo la rodilla de un policía en Minneapolis no fueron únicamente tragedias individuales. Se convirtieron en símbolos porque millones de personas reconocieron en aquellas imágenes una realidad mucho más amplia. Las protestas que recorrieron el país pusieron de manifiesto que la igualdad plasmada en las leyes no siempre encuentra reflejo en las calles.
El racismo no aparece únicamente en los episodios de violencia extrema; también se encuentra en las diferencias educativas, en las oportunidades económicas, en el acceso desigual a determinados recursos y en una desconfianza histórica que sigue condicionando la vida de comunidades enteras.
Donde ser diferente sigue teniendo un precio
Mientras tanto, en otras regiones del planeta la persecución adopta formas todavía más devastadoras. En Myanmar, la minoría rohinyá ha sufrido desplazamientos masivos, violencia sistemática y una exclusión que muchos organismos internacionales han señalado durante años. En China, la población uigur vive bajo fuertes restricciones denunciadas por numerosas organizaciones de derechos humanos. En Afganistán, tras el regreso de los talibanes al poder, millones de niñas han visto cerrarse las puertas de las escuelas y reducido su horizonte vital por el simple hecho de haber nacido mujeres. En distintas zonas de América Latina, muchas comunidades indígenas continúan enfrentándose a la marginación, el despojo y la falta de protección efectiva de sus derechos.
Las coordenadas geográficas cambian, pero el mecanismo permanece intacto. Siempre hay una mayoría convencida de poseer la verdad y una minoría obligada a pagar las consecuencias. Siempre hay discursos que construyen enemigos imaginarios para explicar problemas reales. Siempre hay ciudadanos convertidos en chivos expiatorios porque resulta más fácil señalar al diferente que enfrentarse a las verdaderas causas de una crisis.

La fina capa que separa la civilización de la barbarie
La historia reciente ofrece ejemplos especialmente dolorosos de hasta dónde puede llegar esa lógica. En Ruanda, durante meses, el odio fue alimentado con una disciplina casi metódica. La propaganda transformó vecinos en amenazas y redujo seres humanos a categorías raciales. Cuando la violencia estalló, cientos de miles de personas fueron asesinadas en uno de los episodios más oscuros del siglo XX. Algo parecido ocurrió en Srebrenica. En una ciudad que había sido declarada zona segura por Naciones Unidas, más de ocho mil bosnios musulmanes fueron ejecutados por las fuerzas serbobosnias en julio de 1995. Europa volvió a descubrir entonces algo que debería haber aprendido mucho antes: la civilización es una capa mucho más fina de lo que solemos creer.
Quizá esa sea la lección más incómoda de todas. El odio no surge de repente. No aparece una mañana acompañado de tanques y fusiles. Comienza con palabras, con prejuicios repetidos en voz baja, con bromas aparentemente inocentes, con la construcción paciente de una frontera moral que separa a quienes consideramos semejantes de quienes dejamos de ver como iguales. Cuando esa frontera termina por consolidarse, la violencia encuentra el terreno abonado.
La civilización puesta a prueba
Por eso el racismo y el fanatismo religioso no pertenecen al pasado. Siguen entre nosotros, adaptándose a cada época, cambiando de lenguaje y de apariencia, pero conservando intacta su esencia. Siguen alimentándose de la ignorancia, del miedo y de la necesidad humana de encontrar culpables. Y mientras continúen existiendo personas perseguidas por su piel, su origen o sus creencias, seguirá siendo imposible hablar de una sociedad verdaderamente civilizada.
Al final, después de tantas guerras, tantas matanzas y tantos discursos pronunciados en nombre de alguna supuesta verdad absoluta, permanece una evidencia que resulta tan sencilla como devastadora: nadie elige dónde nace, qué color tendrá su piel ni cuál será la religión que escuchará por primera vez en su infancia. Lo único que elegimos es cómo tratamos a los demás. Y la historia, observada sin excusas ni adornos, demuestra que esa sigue siendo nuestra asignatura pendiente.

Después de las banderas, solo quedan las tumbas
Y quizá eso sea lo más triste de todo. Que después de miles de años, después de millones de muertos, después de tantas guerras libradas en nombre de dioses, patrias y banderas, sigamos necesitando recordar que el tipo que camina a nuestro lado vale exactamente lo mismo que nosotros. Seguimos construyendo muros porque nos da miedo mirar al otro a los ojos y descubrir que se parece demasiado. Tal vez el odio sea la droga más vieja de la humanidad y, como ocurre con todas las adicciones, siempre acaba dejando la misma resaca. Cadáveres, ruinas y un silencio incómodo que nadie quiere explicar.
Si quieren comprobar hasta dónde puede llegar esa enfermedad colectiva que llamamos civilización, dense una vuelta por La Granja Humana. Allí están las historias que preferimos no mirar, las heridas que siguen abiertas y los espejos en los que, tarde o temprano, todos acabamos reflejados.
