Un hidrodrón sobrevolaba mi cabeza mientras despertaba atrapado en una mesa semicircular, rodeado de bocinas que medían cada gesto. El GRUPO KELNER me habló desde códigos luminosos y voces distorsionadas: querían mis investigaciones sobre la Luna, y estaban dispuestos a obtenerlas por la fuerza. Entre drones, golpes y preguntas, comprendí que mi trabajo había desencadenado algo mucho más grande que yo.
Cuando despertar no garantiza escapar del experimento
Un hidrodrón sobrevolaba mi cabeza con una manguera suspendida delante de la boca, la prensé entre labios y succioné una mezcla de agua, electrolitos, glucosa y minerales, para hidratarme y recuperar lo perdido al sudar, sin sentirme sudado. Las imágenes eran tan vívidas que vibraba con los temblores de unos párpados cerrados, por la agilidad de mis ojos y por ser testigo único de soñar en el sueño. Me reconocí por la bata, inmovilizado en una silla de concreto y encajado en el hueco de una mesa semicircular que sostenía cinco bocinas blancas, dispuestas con medición precisa.
Una voz distorsionada se dirigió a mí cuando se iluminó el alfanumérico 3K3 en el altavoz central, dándome los buenos días. Yo me alteré en el grito preguntando dónde estaba, quiénes eran y por qué coño estaba ahí.
SPEAKER 1K5: Somos el GRUPO KELNER y se encuentra en el Centro Global de Ciencia.
SPEAKER 4K2: Usted está aquí por la importancia de sus investigaciones.
SPEAKER 5K2: ¿Por qué decidió dedicar su vida a los movimientos de la luna?
Mi silencio provocó el vuelo de otro dron que era toda una declaración de intenciones, extendió un brazo articulado y me propinó un par de hostias, una de ida y otra de vuelta.
YO: Observé que la luna había sufrido quemaduras solares por culpa de un eclipse solar, de segundo y tercer grado. Habían aparecido ampollas descomunales en los cráteres que reaccionarían de manera imprevisible con el impacto de los meteoritos y el suelo estaba recubierto de cenizas. Estaban afectados unos quince millones de kilómetros
cuadrados de la superficie lunar, aproximadamente.
SPEAKER 2K4: ¿En qué punto está ahora? ¿Cuál es su objetivo?
YO: La desaparición de la Luna tendría consecuencias catastróficas para la estabilidad de la Tierra y estoy a punto de descubrir la manera de cambiar la órbita lunar para impedirlo.
SPEAKER 3K3: Por eso queremos que usted dirija el PROYECTO CORE. Pero nos importa un carajo la salud lunar porque los habitantes de nuestro planeta tienen que seguir mirando con los prismáticos al revés, para que no magnifiquen la realidad y vayan escoltados a comprar gafas de eclipse. Nuestra intención es alterar sus pupilas a nuestro antojo y hacer las modificaciones orbitales que sean necesarias para decidir cuáles serán las zonas afectadas.
El zumbido de varios drones me desató, me llevó en volandas hasta el cuarto de baño y me lavé la cara delante de mi espejo.
La regla crítica no busca convencer, busca incomodar. Carlos Penas lo sabe y por eso escribe desde ese territorio donde la lucidez es un arma y la sospecha, una forma de higiene mental. En un mundo que se empeña en mirar con los prismáticos al revés, su propuesta es simple y radical: recuperar la capacidad de ver sin filtros, sin consignas, sin la anestesia de lo correcto. Este reportaje no pretende cerrar nada; pretende abrir grietas. Porque pensar —de verdad— siempre implica riesgo. Y porque, como demuestra Penas, la crítica no es un gesto intelectual: es una forma de resistencia.
