El hallazgo de este lienzo —idéntico al cartón de Goya Las floreras— abre una grieta fascinante entre la historia del arte y la memoria privada. La pieza conservada en Suiza, llegada allí en manos de un voluntario de la Guerra Civil, encarna un valor histórico y rememorativo que trasciende su posible autoría: es un fragmento desplazado de patrimonio, un testigo silencioso de un conflicto que fracturó España y que, sin pretenderlo, terminó viajando a los Alpes.
Su comparación con el original del Prado, su periplo y su supervivencia convierten este cuadro doméstico en un objeto cultural cargado de preguntas: ¿copia antigua?, ¿pieza sustraída?, ¿testimonio de época? Lo cierto es que, más allá de su valor artístico, su historia merece ser contada porque ilumina cómo los objetos también migran, recuerdan y guardan memoria.
De España a Suiza: un viaje con memoria histórica.
Las floreras o La primavera es un cartón para tapiz pintado por Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828), que forma parte de una serie compuesta, además, por La nevada (invierno), La vendimia (otoño) y La era (verano), es decir, las cuatro estaciones. Junto a otras piezas de un total de trece obras de tema «jocoso y agradable» se destinarían a decorar, probablemente, el comedor de los entonces Príncipes de Asturias (Carlos IV y María Luisa de Parma) en el Palacio de El Pardo. Actualmente, se encuentra en la planta 2, sala 085 del Museo del Prado en Madrid.
La muerte de Carlos IV en 1788 fue la razón por la que los tapices nunca llegaron a decorar el espacio para el que habían sido concebidos. El Museo del Prado conserva once de los cartones, así como uno de los seis bocetos preparatorios de los que se tiene conocimiento titulado (El albañil borracho). Realizado entre 1786 en óleo sobre lienzo de192 cm x 277cm, el cartón original ingresó por reales órdenes en el Museo del Prado en 1870.
Inventario Cartones para Tapices. Núm. 5768.»5768 / 20 / Dos mujeres, una ofreciendo a otras de rodillas una rosa, y aquella teniendo en la mano una niña, detrás un hombre con un gazapito en la mano. Ancho 1,92 alto 2,77″.
En un paisaje con un cielo nublado, árboles y montañas, se desarrolla la escena en la que la florera, arrodillada y casi de espaldas, entrega una flor a una mujer que lleva cogida de la mano a su hija, la cual observa la escena. Al lado de la mujer, un hombre que sujeta por las patas un gazapo con la mano derecha mira de reojo a la florera mientras le indica, colocando el dedo índice delante de los labios, que guarde silencio.
Quiere la casualidad, la amistad o el destino, que mi gran amigo Julio tuviera que cuidar, por su trabajo, a una señora en el país de los helvecios (mi segunda patria). A lo largo de los días y horas que él le dedicaba, sus conversaciones fueron múltiples y variadas, principalmente sobre el estado en que se encontraba, un «qué ha hecho hoy» o comentarios sobre la última noticia que hubiera oído en el noticiario. Las conversaciones, en definitiva, que pueden interesar a un cuidador y a la persona que necesita de sus cuidados y que se mueven en el entorno de la salud, las necesidades, la familia o la cotidianeidad del hogar.
Y los recuerdos, por supuesto, las historias del pasado que todos, y, especialmente, las personas de una edad tienen tendencia a transmitir, reviviéndolas a través de la acción de contarlas al otro, la manera más ancestral de transmitir el saber y, por ende, el patrimonio oral. Así es como Julio llega a la fascinante historia de un cuadro colgado en la pared del pasillo al que, hasta entonces, no le había hecho más caso que a cualquier otro de los muchos objetos y cachivaches de la casa.
Es un cuadro que acompaña a la familia desde hace décadas, del que el cuidador no conoce nada ni siquiera que pueda haber otro con el mismo tema en otro lugar. Sin embargo, la historia del mismo narrada por la mujer le intriga, por una parte. Por otra parte, su ojo educado como amante del arte, le lleva a pensar que ese lienzo parece especial.
Investigación: del WhatsApp al Prado
Es entonces cuando se le ocurre que su amiga Judit, la humanista reincidente, la historiadora del arte, tal vez le pueda dar luz. Y, de este modo, a través de un WhatsApp y unas fotos, primero, de una extensa llamada, después, seguida de un largo encuentro en nuestra pastelería preferida del centro de Berna, Julio me deslumbra y se deslumbra con lo que me cuenta del cuadro y con lo que yo le cuento a él.
Entre un momento y otro, tecleo en Google mil fórmulas para encontrar toda información posible sobre un cuadro que me habla directamente de Goya desde la primera mirada, sin yo tener, seamos honestos, mayor conocimiento sobre esta tela en concreto que el de su nombre, su procedencia y su autor. No es la Lechera de Burdeos, uno de mis cuadros fetiches, tampoco estaba en mi top ten de las cerca de dos mil obras del maestro, ni siquiera de las cerca de 140 pinturas que alberga El Prado.
Mis pesquisas llegan al propio Museo del Prado. Preguntas inconcretas sobre un cartón concreto que amablemente responde la especialista. Cierto, poco le ayudo, ya que solicito informaciones sin contar las que tengo, porque yo misma no sé qué tengo que contar.
Meses después, en un cálido día de verano, llegamos a casa de la amable propietaria que nos abre las puertas de su casa para mi esperado encuentro con el cuadro.
El lienzo está montado sobre un sencillo bastidor rectangular de cuatro lados, sin ningún refuerzo central a pesar de su tamaño, y está enmarcado, si bien el marco solamente rodea el cuadro, es decir, no presenta ningún cierre por la parte posterior, con lo cual actúa como simple embellecedor y el reverso no está protegido. Se trata de una tela aparentemente de 143 cm de ancho por 182 cm de alto, dado que, al separar el cuadro de la pared, se observa que el lienzo fue doblado por la parte superior a la hora de enmarcarlo, por lo que hay que sumar 20cm, para un total de 202 cm de altura, con la posibilidad de que, incluso, hubiera sido recortado.
El cuadro no presenta firma visible ni ningún signo identificativo de autoría o bien no los he podido detectar. Hace unos años, en un momento que la actual dueña del cuadro no ha podido recordar con exactitud, esta se dirigió a la célebre galería DOBIASCHOFSKY AUKTIONEN AG, especialistas en pintura, arte gráfico y antigüedades para mostrarles el cuadro y pedir su opinión experta. En dicha galería, le afirmaron que el cuadro podría tener unos 200 años. En su momento, le entregaron un escrito, no atina a decirme si certificado, que guardó bien guardado en algún lugar inexpugnable de su casa y que, precisamente por eso, tampoco acierta a localizar.
Un análisis exhaustivo y tasación del mismo le exigía un importante desembolso económico, demasiado elevado para la familia que les hizo hesitar: «¿y si, al final, no es nada?» Así las dudas, colgó el cuadro y, desde entonces, está en su casa en un lugar no expuesto a la luz directa. La imagen es exactamente la misma que en el cuadro del Prado. Si es sorprendente encontrar tal representación, más lo es conocer la historia del cuadro, al menos, la de su periplo y llegada a Suiza.
Cuenta la señora que el tío de su marido se trasladó a España para luchar como voluntario en la Guerra Civil. A su vuelta a Suiza, se trajo consigo dos objetos: el lienzo de La primavera y una mesita. Objetos que guardó en su casa tal como los había traído.
El hombre falleció en los años 70. Tras su muerte, los herederos encontraron entre sus pertenencias una tela doblada varias veces en forma rectangular, un bulto poco mayor que un Din A4. Al desdoblarla y extenderla, vieron que se trataba de una pintura, que, probablemente, habría sido cortada o despojada de su marco para permitir transportarla con comodidad y sin que nadie se diera cuenta. Las marcas de los pliegues se evidencian en el lienzo.
La mesita, se encuentra igualmente en la casa. Es una mesa plegable compuesta de un tablero de metal dorado decorado con escrituras árabes que se apoya en seis patas y un armazón de madera con incrustaciones de marfil. Para plegarla, simplemente se levanta el tablero y se pliegan las patas. A nuestra estimada suiza, como a Julio y a mí, le intriga saber ¿de dónde provienen ambos objetos?, ¿qué es este patrimonio sisado/rescatado por el corajoso soldado?, ¿qué valor tiene?
¿Copia antigua, pieza sustraída o testigo histórico?
El historiador del arte Aloïs Riegel en su ensayo «El culto moderno a los monumentos. Caracteres y origen», publicado en 1903 y origen de la teoría de los bienes culturales, establece una serie de valores que nos permiten considerar un monumento como tal. Así el valor de lo antiguo, el valor histórico, el valor artístico y el del uso, el valor rememorativo.
Si se confirmara alguno de esos valores del cuadro, su dueña quisiera que más ojos que los suyos pudieran verlo. Cada día, todos los días. Así, me hago mensajera de su deseo dando a conocer el misterioso cuadro y la mesita a través de la publicación de estas líneas con la esperanza de encontrar respuestas. ¿Qué arriesgamos? Nada.
De Las floreras se conoce un boceto a menor escala (34cm x 24 cm) perteneciente a una colección particular (Madrid Colección de Montellano) realizado con el fin de presentárselo al rey para su aprobación, así como una fototipia sobre cartulina de Lacoste y Borde. ¿Qué valores podríamos aplicar al lienzo errante? Como mínimo, y si se demuestra, el valor de lo antiguo por su edad (¿más de 200 años?) ¿Podría ser otra copia, a tamaño definitivo, una vez aprobada su realización? El posible valor artístico lo determinarían, sin duda, mucho mejor los expertos en Goya que quien redacta este artículo, si bien nos atrevemos a adjudicarle, al menos, el valor artístico añadido que es el ser una copia antigua de Las floreras de Goya. Por último, y este lo tenemos asegurado, el valor histórico, por ser testigo de un momento y porque su traslado fue consecuencia de uno de los episodios más vergonzosos y terribles de nuestra historia reciente: la guerra civil. Veremos qué nos depara su historia.
Un patrimonio que busca respuestas
El cuadro errante de Las floreras abre una historia que aún no está escrita. Si confirma su antigüedad, su valor histórico ya es incuestionable: sobrevivió a una guerra, viajó con un voluntario y hoy espera nuevas miradas capaces de descifrar su origen. Su historia continúa, igual que continúa la nuestra cada vez que miramos una obra y dejamos que nos hable.
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