La estupidez acelera justo donde la maldad se detiene: por eso es el peligro más eficiente de nuestro tiempo.
Donde la maldad se detiene, la estupidez acelera
Al final, Bonhoeffer, ese tipo serio que pensaba demasiado incluso cuando lo iban a matar, tenía razón: la estupidez es más peligrosa que la maldad. Y mira que la maldad ya es bastante jodida. Pero la estupidez… ah, la estupidez es otra liga. La maldad al menos sabe que está haciendo algo malo; la estupidez ni eso. La estupidez es como ese vecino que te dice que el mundo se arregla “pensando positivo”, mientras vota lo que le diga la tele y se cree más libre que un pájaro muerto.
Bonhoeffer lo escribió escondido, jugándose el cuello, mientras los demás seguían obedeciendo órdenes como si la vida fuese un manual de instrucciones. Y lo mejor es que el tipo decía que el problema no era la falta de inteligencia. No, qué va. El problema es que la gente deja de pensar por sí misma. Se entregan a un poder, a una idea, a un grupo, a un líder, a un algoritmo… y ya está: adiós cerebro, hola desastre.
Es como cuando ves a alguien defendiendo una estupidez monumental con la seguridad de un profeta borracho. Le enseñas pruebas, datos, lógica… y nada. Te mira como si tú fueras el idiota. Y si insistes, se enfada. Porque claro, ¿quién eres tú para molestarle la paz mental que le da no pensar?
La renuncia a pensar: el verdadero combustible de la estupidez
Bonhoeffer decía que con los estúpidos no se puede razonar. Y tenía razón. No es un problema de educación, decía. Es un problema de liberación. Y ahí me reí, porque la gente no quiere liberarse. La gente quiere que le digan qué pensar, qué odiar, qué comprar y a quién culpar cuando todo sale mal. La libertad es demasiado trabajo.
Luego llegó Arendt y dijo que los grandes crímenes los cometen burócratas normales, gente que solo está “siguiendo órdenes”. Claro. La banalidad del mal. La burocracia del horror. El papeleo del desastre. Todo muy administrativo, muy ordenado, muy eficiente. Como si exterminar la conciencia fuese parte del horario laboral.
Y lo más gracioso, si es que algo de esto tiene gracia, es que todos creemos que habríamos sido héroes en la Alemania nazi. Que habríamos resistido. Que habríamos dicho “no”. Pero Bonhoeffer sabía que eso es mentira. Que la mayoría habríamos sido cómplices por omisión, por comodidad, por miedo o por pura estupidez. Y eso duele, porque es verdad.
La abducción colectiva ahora viene con notificaciones
La estupidez no es un insulto: es un fenómeno social, decía él. Una especie de posesión colectiva. Una abducción moral. Y hoy, con las redes sociales, los algoritmos y las burbujas, la estupidez tiene WiFi, notificaciones y un diseño minimalista. Ya no hace falta un dictador: basta un trending topic.
Pero lo mejor, lo mejor de todo, es que compartimos citas de Bonhoeffer como si fueran frases motivacionales, sin entender nada, creyendo que los estúpidos son siempre los otros. Porque claro, nosotros somos los listos, los críticos, los iluminados. Nosotros nunca caeríamos en eso.
Cuando pensar se convierte en opción y no en obligación, la estupidez deja de ser excepción y pasa a ser sistema.
Cuando pensar es opcional, el desastre es inevitable
Al final, todo esto de pensar por uno mismo parece una actividad de riesgo, casi un deporte extremo. La mayoría prefiere la comodidad de la estupidez conectada: no exige esfuerzo, viene con instrucciones y además incluye la agradable sensación de pertenecer a algo, aunque ese algo sea una masa que avanza sin saber hacia dónde.
Y mientras unos celebran su “libertad” siguiendo órdenes disfrazadas de tendencias, otros se convencen de que están a salvo porque han identificado al estúpido de turno. Qué ironía: la estupidez siempre encuentra voluntarios, y la maldad solo tiene que sentarse a mirar cómo el desastre se hace solo. Así que sí, quizá la verdadera amenaza no sea un tirano, ni un sistema, ni un enemigo externo. Quizá el peligro esté en esa multitud encantada de no pensar, que cada día demuestra que la estupidez, cuando se organiza, no necesita permiso para arrasar.
El problema no es que existan estúpidos, sino que la estupidez se haya convertido en estilo de vida.
