España arde cada verano no solo por negligencias y abandono rural, sino porque el fuego se ha convertido en un negocio millonario donde empresas privadas, políticos y contratos públicos encuentran más beneficios en apagar que en prevenir.
Cuando arder es más rentable que prevenir
En España el verano no empieza cuando el sol aprieta, sino cuando el primer incendio aparece en la tele como si fuera el tráiler de una película que ya hemos visto demasiadas veces. Cada año el país se convierte en una barbacoa gigante, y no precisamente porque la gente tenga antojo de sardinas. El 95% de los incendios tienen mano humana detrás, aunque a veces esa mano se disfraza de accidente, despiste o “uy, qué mala suerte, se me cayó un cigarro”. Ya. Y yo soy astronauta.
La despoblación rural, el abandono del monte y la absoluta falta de cariño por los bosques han creado un ecosistema perfecto para que el fuego se convierta en negocio. Porque sí, arder sale rentable. No para los árboles, claro, que no tienen departamento de contabilidad, pero para otros… vaya que sí.
En Castilla y León, por ejemplo, el fuego tiene más empresas que un polígono industrial. Allí, el 40% de los bomberos forestales trabajan para compañías privadas, otro 40% para la empresa pública Tragsa y el 20% restante depende directamente del gobierno regional. Una especie de menú degustación de gestión pública, privada y “a ver qué pasa”. Entre 2023 y 2025, la Junta soltó más de 108 millones de euros en contratos para cuadrillas terrestres, ELIF, cuadrillas nocturnas y demás inventos. Y por si fuera poco, añadió 45 millones más para medios aéreos. Porque si vas a apagar fuegos, hazlo con estilo, con helicópteros que cuestan más que un barrio entero.
Empresas que siempre ganan cuando el monte pierde
Acciona Medio Ambiente, Eulen, Demontes e Integra se han convertido en los grandes ganadores de esta tómbola ardiente. Empresas que, curiosamente, siempre están ahí cuando hay que firmar contratos jugosos. Qué casualidad, ¿no? Como si el fuego tuviera preferencias empresariales.
En Galicia, el panorama tampoco es para escribir poesía bucólica. Allí, Inaer-Babcock se ha hecho prácticamente dueña del cielo. Helicópteros, contratos millonarios, proyectos tecnológicos con drones que prometían revolucionar la lucha contra incendios… y que al final han servido para lo de siempre, gastar dinero público mientras la superficie quemada sigue siendo la misma de todos los veranos. Pero eso sí, muy moderna la cosa, muy futurista. El bosque arde igual, pero oye, ahora arde con drones.
Y si hablamos de negocios turbios, la Comunitat Valenciana se lleva el premio a la tragicomedia. El famoso “cártel del fuego” dejó claro que cuando hay dinero de por medio, el fuego no solo quema árboles, también quema la ética. Exdirigentes como Serafín Castellano y empresarios como Vicente Huerta admitieron haber amañado contratos públicos de aeronaves para la extinción de incendios. Más de 900.000 euros defraudados a la Generalitat. Un pequeño detalle, una propina, un pellizco. Total, ¿qué más da? El bosque ya estaba ardiendo.
Mientras tanto, los montes históricos siguen cayendo como soldados en una guerra que nadie quiere ganar. Alcornoques, encinas, pinares… todos convertidos en carbón. La Sierra de Gredos, Cadalso de los Vidrios, Galicia, Castilla y León, Andalucía, el mapa de España parece un catálogo de zonas quemadas. Y cada incendio trae consigo la misma cantinela: “Estamos destinando muchos recursos a la extinción”. Claro que sí. A la extinción se le echa dinero como si fuera una tragaperras. A la prevención, en cambio, se le da lo justo para que no proteste.
Madrid arde: el mega-incendio que devora la Sierra Oeste
Mientras las empresas hacen cola para firmar contratos como si fueran entradas para un festival, Madrid vive uno de los peores incendios de su historia reciente. La Sierra Oeste se ha convertido en un tablero de ajedrez en llamas con más de 55.000 personas evacuadas y confinadas, once municipios afectados y 28.000 hectáreas calcinadas solo en la región madrileña. El fuego avanza como si tuviera vida propia, fusionando focos y obligando a activar la emergencia de interés nacional.
En total, el mega-incendio que conecta Madrid, Ávila y Toledo ya ronda las 77.000 hectáreas arrasadas y 90.000 evacuados, una cifra que convierte este verano en el más mortífero registrado en el centro peninsular. Las autoridades hablan de “evolución positiva”, pero positiva es una palabra extraña cuando el paisaje parece sacado de un sueño febril y negro.
Ni siquiera dejan entrar a la gente ni a la prensa, salvo a la prensa del régimen, para que no se vea que no están haciendo nada y mucho menos apagando el fuego. El silencio se convierte así en parte del humo, en una cortina perfecta para que la incompetencia no se note y el negocio siga ardiendo sin testigos
Un ciclo que siempre vuelve: cuando el fuego es más constante que la política
El resultado es un ciclo perfecto, el monte se abandona, el fuego llega, las empresas reciben contratos millonarios, los políticos sonríen en las fotos, los bosques desaparecen y el verano siguiente repetimos la función. Un negocio redondo. Un sistema que funciona tan bien para algunos que casi da la impresión de que no interesa que deje de funcionar.
España arde, y mientras arde, alguien siempre está haciendo caja. Y cuando el humo se disipa, los únicos que pierden son los árboles, los animales y esas comunidades rurales que siguen esperando que algún día la prevención sea más importante que la factura del helicóptero.
Pero tranquilos, el próximo verano habrá más fuego, más contratos y más titulares. El negocio del fuego nunca cierra por vacaciones. ¿Para qué iba a hacerlo, si es lo único que siempre prende a la primera?
