Este texto analiza el triunfo del imbécil en la evolución social contemporánea..La historia reciente demuestra que la inteligencia ya no es ventaja: mientras el sensato duda, el imbécil avanza, publica, se multiplica y conquista. La estupidez dejó de ser un fallo evolutivo para convertirse en un producto premium que domina el ecosistema social.
Por qué el imbécil prospera y tú sigues preguntándote cosas.
Siempre pensé que el mundo estaba lleno de imbéciles, pero luego descubrí que no: está diseñado para ellos, como esos bares donde el camarero ya sabe que vas a pedir cerveza barata y conversación aún más barata. Y entonces llega Pino Aprile con su frase brillante —que en realidad es un puñetazo disfrazado de epigrama— y dice que en el mundo moderno la estupidez no es un defecto, sino una ventaja adaptativa. Claro que sí. Darwin estaría encantado, o borracho, o ambas cosas.
Porque uno mira alrededor y entiende que la selección natural no es esa epopeya heroica que nos contaron en la escuela, sino un concurso de resistencia donde gana el que mejor se adapta a la mediocridad general. Y ahí el imbécil es un atleta olímpico. El tipo prospera. Se reproduce. Se multiplica. Se vuelve tendencia. Y tú, que creías tener dos dedos de frente, acabas preguntándote si no serás tú el error evolutivo, el eslabón torcido, el mono que no entendió el chiste.
Darwin, pobre diablo, se pasó media vida diseccionando palomas y escribiendo tratados para explicar por qué somos tan listos. Y resulta que lo que realmente nos distingue no es la inteligencia, sino la capacidad de usar la inteligencia para justificar estupideces. Eso sí que no lo vio venir. O quizá sí, pero prefirió callarse para no arruinar la fiesta victoriana.
Un planeta cansado de la inteligencia.
Porque la inteligencia humana, esa joya de la corona, ese motor del progreso, ese faro que ilumina la noche del universo… sirve sobre todo para inventar excusas. Para convencernos de que somos especiales, únicos, irrepetibles, cuando en realidad somos una especie de simio con ínfulas, obsesionado con su propio reflejo. Y encima mal reflejo: distorsionado, narcisista, con filtros.
Aprile lo dice sin temblarle la mano: la arrogancia de la especie. Y ahí está el quid. Nos creemos el centro del universo, aunque el universo ni siquiera se ha tomado la molestia de mirarnos. Somos como ese borracho que grita en un bar vacío, convencido de que todos lo escuchan. Y lo único que escucha es el eco de su propia estupidez.

La evolución, esa señora caprichosa, no tiene un plan maestro. No hay destino glorioso. No hay flecha del tiempo apuntando hacia un Homo sapiens cada vez más sapiens. Hay azar, mutaciones, accidentes felices y otros no tanto. Y sin embargo seguimos dibujando esas tablas ridículas donde pasamos de mono encorvado a hombre erguido, como si la historia fuese una escalera mecánica que solo sube. Qué risa. Qué ternura. Qué ganas de llorar.
Cuando la inteligencia deja de ser ventaja y gana el imbécil.
Porque si algo demuestra la historia reciente es que la inteligencia no garantiza nada. Ni la sensatez, ni la empatía, ni la capacidad de no echar kétchup al pescado. El imbécil moderno no es un rezago evolutivo: es un producto premium. Un éxito de mercado. Un campeón de la adaptación. Mientras tú dudas, él avanza. Mientras tú reflexionas, él publica. Mientras tú te preguntas por qué, él ya ha conseguido likes, votos, seguidores, discípulos y un podcast.
Y lo peor es que funciona. El imbécil prospera porque no pierde tiempo en pensar. No se cuestiona. No se detiene. No se mira al espejo con angustia existencial. Él va. Él hace. Él opina. Él grita. Él se reproduce. Él gana. Y tú, que leíste a Darwin, a Leopardi, a quien hiciera falta, te quedas ahí, con tu lucidez inútil, viendo cómo el mundo se llena de gente que confunde evolución con trending topic.
Quizá la verdadera adaptación del futuro no sea la inteligencia, sino la capacidad de no darse cuenta de nada. De vivir en un presente plano, sin profundidad, sin vértigo. Una especie humana que no piensa, pero funciona. Que no entiende, pero avanza. Que no reflexiona, pero se reproduce como si la vida fuese un chiste privado.
Y tal vez, solo tal vez, el próximo salto evolutivo no sea hacia arriba, sino hacia abajo. Hacia un ser humano más simple, más dócil, más feliz en su ignorancia. Un Homo contentus contentus. Un campeón de la estupidez eficiente.
Por Ernesto Lacalle.
