Relacionarnos con un pulpo es lo más parecido a encontrarnos con una inteligencia alienígena sin salir de la Tierra. Su cuerpo flexible, su mente descentralizada y su forma de percibir el mundo rompen cualquier idea humana de lo que significa pensar. Frente a ellos, descubrimos que la inteligencia no tiene por qué parecerse a nosotros para ser profunda, compleja y radicalmente distinta.
Por qué los pulpos encarnan una inteligencia alienígena.
Relacionarnos con un pulpo es enfrentarnos a una inteligencia alienígena que no encaja en ninguna de nuestras categorías humanas. A veces pienso que el universo tiene un sentido del humor retorcido. No el humor elegante de los tipos que beben vino caro y hablan de arte contemporáneo, sino el humor de un borracho que se ríe mientras se cae por las escaleras. Y ahí estamos nosotros, creyéndonos el centro de todo, como si la vida hubiese firmado un contrato exclusivo con nuestra especie. Pero basta mirar a un pulpo para entender que no sabemos una mierda. Que si mañana aterrizara una nave espacial en mitad de la playa, lo más parecido a un extraterrestre ya estaba allí, escondido entre las rocas, mirándonos con esos ojos que parecen dos pozos llenos de secretos.
Relacionarse con un pulpo es como encontrarse con una inteligencia alienígena, dicen los científicos. Y por una vez, creo que tienen razón. Porque ese bicho no piensa como tú, ni como yo, ni como el vecino que grita por las noches. Piensa con tres corazones, nueve cerebros y un cuerpo que se retuerce como si estuviera hecho de humo y pesadillas. Un cuerpo que no tiene huesos, ni vergüenza, ni límites. Un cuerpo que cambia de color en un parpadeo, que se esconde, que se expande, que desaparece. Un cuerpo que parece decirte: “Tú eres el animal raro aquí, amigo”.
En este punto, la idea de los pulpos como una inteligencia alienígena deja de ser metáfora y se vuelve evidente. Es una arquitectura mental que no encaja en ningún molde humano

Cuando imaginamos alienígenas y solo vemos nuestro propio reflejo.
La ciencia ficción lleva décadas intentando imaginar cómo sería encontrarse con seres de otros mundos. Y siempre acaban dibujando criaturas que se parecen demasiado a nosotros: más altos, más feos, más verdes, pero al final bípedos, con ojos frontales y manos que podrían sostener un cigarrillo. Es patético. No podemos escapar de nuestro propio reflejo ni cuando inventamos monstruos. Incluso cuando soñamos con alienígenas, seguimos soñando con nosotros mismos.
Pero el pulpo no. El pulpo es otra cosa. Es la prueba viviente de que la inteligencia no necesita parecerse a nada que entendamos. Que puede surgir en un linaje que se separó del nuestro hace 650 millones de años, cuando la vida era poco más que un experimento húmedo. Y aun así, ahí está: resolviendo problemas, abriendo frascos, planeando fugas, soñando —sí, soñando— como si llevara siglos pensando en cómo escapar de este planeta antes que nosotros.
A veces imagino a un pulpo mirándonos desde su acuario, como un filósofo cansado observando a una banda de idiotas. Nosotros, con nuestros coches, nuestras guerras, nuestras pantallas brillantes. Ellos, con sus tentáculos llenos de neuronas, tocando el mundo como si lo leyeran en braille. Nosotros, creyendo que somos la cúspide de la evolución. Ellos, viviendo dos años y aun así aprendiendo más que muchos humanos en toda su vida.
Y lo más jodido es que ni siquiera ven el mundo como nosotros. Ven en blanco y negro con los ojos, pero en color con la piel. Imagínate eso: sentir el color, absorberlo, convertirte en él. Nosotros necesitamos palabras para describir lo que vemos; ellos lo viven directamente. Nosotros escribimos poemas; ellos se vuelven el poema.

Cuando el pulpo nos observa y descubre lo poco que somos.
Quizá por eso nos incomodan. Porque no podemos domesticarlos del todo. Porque no podemos entenderlos. Porque no podemos convertirlos en un espejo. Y porque, en el fondo, sospechamos que si existiera una inteligencia extraterrestre, no se parecería a un humano con antenas, sino a algo así: un ser silencioso, flexible, paciente, que te observa sin juzgarte, pero sabiendo perfectamente quién eres.
A veces pienso que si un pulpo pudiera hablar, no lo haría. No perdería el tiempo. Nos miraría, encendería un cigarrillo imaginario con una ventosa y seguiría a lo suyo. Porque para qué explicarle nada a una especie que cree que lo entiende todo y no entiende ni su propia soledad.
Quizá por eso me gustan. Porque no quieren ser nosotros. Porque no necesitan serlo. Porque son la prueba de que el universo no nos debe ninguna explicación. Y porque, si algún día llegan los alienígenas de verdad, ojalá tengan tentáculos. Al menos así sabremos que ya hemos visto algo parecido. Y que no estamos preparados. Nunca lo estuvimos.Quizá por eso los pulpos siguen siendo nuestra mejor pista de cómo sería encontrarnos con una inteligencia alienígena real.
Por Bernd Eldelbar.
