Juan De Dios Morenilla convoca un territorio donde la pintura clásica y el cartoon se rozan como dos ficciones que saben que lo son. Su obra abre una grieta suave por donde mirar el mundo con menos solemnidad y más asombro.
Cuando la pintura clásica se emborracha con el cartoon y revela su propia ficción.
Juan De Dios Morenilla pinta como quien sabe que el mundo es un truco barato, una broma cósmica, un escenario donde todos fingimos que creemos lo que vemos. Y aun así seguimos mirando. Seguimos cayendo. Él lo sabe, y por eso juega. Juega con la pintura clásica como si fuera un amante antiguo que vuelve a llamar a la puerta a las tres de la mañana, y juega con el cartoon como si fuera el colega borracho que te salva la noche sin proponérselo. Entre ambos levanta un puente extraño, una especie de circo barroco donde nada es del todo serio y nada es del todo mentira. Un diálogo, sí, pero de esos que empiezan con una carcajada y terminan con una revelación.

Porque Morenilla no mezcla por mezclar. No es un DJ de imágenes. Es un alquimista. Uno de esos que saben que la materia vibra, que lo animado respira aunque esté quieto, que un perro pintado puede mirarte con más verdad que un político en campaña. La teatralidad del Barroco español y flamenco, esa época maestra del fingimiento, del brillo que oculta la herida le sirve como telón de fondo. Y sobre ese telón, él coloca sus criaturas, sus objetos domésticos, sus guiños de cómic, como si estuviera montando una obra que solo existe para quien se atreve a mirar sin hacerse el listo.
Cada pincelada es un gesto que dice: “No te fíes”. Cada composición es un recordatorio de que la realidad es un chiste contado a medias. Y sin embargo, ahí estamos, atrapados, queriendo saber qué pasa después, como si la pintura pudiera darnos una pista sobre cómo sobrevivir a este circo que llamamos vida.


Un universo donde el Barroco se disfraza de cómic y el humor desarma la solemnidad.
El título de la exposición, Dog Bless You, es una patada suave pero certera. Cambiar God por Dog no es solo un juego lingüístico: es un golpe a la jerarquía, un recordatorio de que quizá hemos estado rezando en la dirección equivocada. Aquí el perro no es el siervo fiel, no es el animal que espera órdenes. Aquí es el amo, el santo, el protagonista de una espiritualidad de andar por casa. Un dios con pulgas, pero dios al fin y al cabo. Y en torno a él, los objetos cotidianos, una taza, un zapato, un sillón que ha visto demasiadas noches irrumpen en la escena como actores secundarios que por fin tienen su momento de gloria.
Morenilla pinta perros que llenan el lienzo como si fueran dueños del lugar. Perros que te miran con ironía, con ternura, con esa mezcla de sabiduría y estupidez que solo los animales y algunos poetas poseen. Perros que rompen la solemnidad con una sonrisa torcida, como diciendo: “Relájate, humano, que nada de esto es tan importante”. Y en esa sonrisa está la trampa. Porque te ríes, sí, pero también te quedas pensando. Te quedas atrapado en esa frontera donde lo imposible se vuelve verosímil y lo verosímil se deshace como un sueño mal dormido.

Donde la tradición se desordena y la irreverencia encuentra su templo.
Las obras de esta muestra son territorios de choque. Zonas donde la historia del arte se cruza con la cultura pop sin pedir permiso. Donde la tradición se sienta a la mesa con la irreverencia y ambas se sirven vino barato. Donde lo sagrado se mezcla con lo doméstico hasta que ya no sabes si estás en una iglesia o en un salón desordenado. Y quizá ahí está la clave: en ese desorden hermoso donde todo puede ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Morenilla no busca respuestas. No pretende iluminar a nadie. Lo que hace es abrir un hueco, una grieta luminosa por donde mirar el mundo con menos miedo y más humor. Y en esa grieta, en ese espacio donde la pintura clásica conversa con el cartoon sin complejos, aparece algo parecido a la magia. Una magia sucia, cotidiana, honesta. La única que vale la pena.
Por Mónica Cascanueces.
