Edu Carrillo convierte el insomnio en lenguaje visual: criaturas nocturnas, símbolos íntimos y escenas que respiran desvelo construyen un imaginario donde la vulnerabilidad y la resistencia se tocan.
Introspección y simbolismo en un teatro sin guion.
Un conjunto de obras cohesionadas por una estética inconfundible, donde lo onírico y lo laboral se entrelazan para retratar la condición del artista contemporáneo. Sus cuadros presentan a menudo figuras, animales y elementos surrealistas suspendidos en espacios íntimos y oníricos. Trabaja principalmente con óleo y dibujo, combinando una pincelada sutil e instintiva con composiciones cuidadosamente estructuradas.
Obras que cuentan historias como códigos psicológicos, teatrales pero vulnerables, habitando un umbral entre la fantasía y la reflexión interior. Todo parece flotar en un punto intermedio, como si la realidad fuese un chiste mal contado y la pintura, el único lugar donde aún se puede respirar. Cigarrillo, tacón, cabellos sueltos, manicura, vela encendida… construye escenas cinematográficas que registran, como un archivo, el presente, en un formato que recuerda a la cartelería antigua pero al estilo Twin Peaks.


Entre moteles, sombras y sueños torcidos.
Hay algo de motel barato, de madrugada húmeda, de café recalentado y de luces que parpadean sin intención de arreglarse. Carrillo crea mundos a la vez personales y míticos, invitando al espectador a proyectar sus propias lecturas en cada plano. No ofrece respuestas; apenas abre una puerta y deja que cada uno decida si quiere entrar o quedarse mirando desde el umbral.
El título de la exposición, Sheep Are Counting Me, opera como una inversión significativa de la conocida imagen de las ovejas que se cuentan para conciliar el sueño. Aquí no hay descanso posible. En lugar de ser el artista quien busca reposo, es la ansiedad, el insomnio y la fatiga los que lo observan, lo miden y, en cierto modo, lo cuentan. Las ovejas no son un bálsamo: son testigos. Y no duermen. Y no olvidan. Y no perdonan. Esa vigilancia silenciosa se cuela en cada cuadro, como un murmullo que insiste en recordarte que incluso cuando crees haber escapado, sigues dentro del mismo sueño torcido.

El artista frente a su propio agotamiento.
Esta tensión entre la creación y el agotamiento se materializa en pinturas que oscilan entre lo poético y lo prosaico, recordándonos que incluso en el santuario del estudio, el creador sigue siendo un siervo de su propia imaginación. El estudio no es un templo, es una trinchera. Y la pintura, más que un acto de libertad, es una forma de resistencia. Hay días en los que el artista parece avanzar con la determinación de un boxeador que ya ha perdido tres asaltos pero sigue en pie. Otros días, la obra lo arrastra como una corriente subterránea que no admite negociación.


La batalla íntima detrás de cada gesto.
Edu Carrillo entiende esa lucha y la convierte en imagen. Sus personajes, humanos, animales, híbridos, parecen atrapados en un teatro donde nadie recuerda el guion. Se mueven entre sombras largas, objetos cotidianos que adquieren un brillo extraño, y gestos que podrían ser ternura o amenaza. Todo depende del día, del ánimo, del insomnio acumulado. Hay cuadros que parecen escritos con la voz ronca de alguien que ha visto demasiado. Otros, en cambio, respiran una inocencia casi infantil, como si el mundo aún pudiera salvarse con un gesto pequeño.
A través de este diálogo entre opuestos, Carrillo redefine el retrato contemporáneo no como un registro estático, sino como un espejo de la condición laboral y emocional actual. No pinta cuerpos, pinta estados. No pinta rostros, pinta fracturas. Su obra nos invita a detenernos, a reconocer la humanidad detrás del pincel y a comprender que, en un mundo que nos exige rendimiento constante, pintar también es una forma de vivir, comunicar y contribuir. Una forma de decir:
“Aquí estoy, aunque no haya dormido, aunque las ovejas sigan contándome, aunque el mundo insista en girar sin avisar.”
Y quizá ahí, en ese cansancio luminoso, en esa mezcla de belleza y derrota, es donde la obra encuentra su verdad. Porque al final uno sigue adelante no por esperanza, sino por costumbre. Y Carrillo, en cada trazo, demuestra que incluso la costumbre puede convertirse en arte.
Por Mónica Cascanueces.
