La regla crítica de Carlos Penas funciona como un despiece verbal, como un monólogo afilado que desmonta la frase “sobre gustos no hay nada escrito” a base de arcilla, arena, sarcasmo y violencia simbólica. El texto convierte el gusto en un campo de batalla y la gastronomía en un arma arrojadiza contra la banalidad.
Yo adobaría la carne con arcilla y arena para dar de comer a quienes se llenan la boca con frases como esa de “sobre gustos no hay nada escrito”, para que se les jodan los molares y se fabriquen ladrillos dentro de sus estómagos. Puede que se refugien en la voz nasal de Pinocho, porque me suena a zanjar las conversaciones y a excavar zanjas para enterrar las charlas y los diálogos.
Y entiendo que sean una referencia mayúscula a los designios de la subjetividad, en serio, lo entiendo, de verdad que lo entiendo, y entiendo que con ellas se deja en evidencia la inutilidad de discutir sobre gustos personales, vale, lo sé, de veras, os lo juro, y lo sé porque en la viña del señor hay gustos para todo. Pero las detesto porque son expresiones que parecen una pandemia antes que una paremia y me rechinan los incisivos como si fueran tizas blancas deslizándose sobre un encerado sin cera.
La última vez que la escuché fue a Federico, a propósito de mi cara de sorpresa cuando vi que le estaba echando kétchup a un Gallo de San Pedro con la cebollita crujiente. Además, ahora que escribo, me acuerdo también de Emiliano, aliñando una caldereta de langosta con salsa agridulce y leche condensada. Joder, casi acabamos
a hostias porque no le gustó mucho que, al dispararme con la maldita frase, yo le animase a probar la mierda porque treinta millones de moscas no podían equivocarse.
No, no pienso interesarme por las croquetas favoritas de un coprófago. No pienso batirme en duelo con quienes mojan las galletas napolitanas en un Albariño, ni con el que no sabe si son naranjas o limones y piensa que son los pelos de sus santos cojones, ni con el que grita a los cuatro vientos que su plato favorito son las angulas rellenas de
bacalao. Qué va, no voy a enzarzarme entre las zarzas de unas palabras que vienen y van con el descuartizador de Boston por culpa de salpimentar la carne con sal y gas pimienta.
Por mí, como si se come un cocido de codicia preparado en una sartén con aguarrás, en familia y bendiciendo previamente la mesa.
Cocido de codicia. La regla crítica por Carlos Penas.
