La risa no un simple reflejo nervioso. Es una respuesta consciente a la naturaleza inherentemente contradictoria de la existencia humana.
En este ensayo se explora una filosofía de la risa que celebra la imperfección, rechaza la nostalgia de un mundo idealizado y propone un humor realista como herramienta de lucidez y adaptación.
Somos constitutivamente cómicos: la evolución y la imperfección humana
No debemos ceder a la nostalgia de la simplicidad, la homogeneidad o la perfección. La realidad es, por naturaleza, exponencialmente incongruente. Cuanto más complejas son las formas de vida, más contradictorias y absurdas tienden a ser. La evolución no es un diseñador infalible, es un proceso de ajustes, parches y soluciones temporales.
Como señala Telmo Pievani en Imperfección, la naturaleza está llena de pentimenti evolutivos. Topos con ojos bajo la piel, peces con restos de patas, humanos con muelas del juicio y problemas de espalda derivados de la bipedestación… Somos un agregado caótico de correcciones y cicatrices. Al lado de nuestra biología, Frankenstein parecería de porcelana.
Esta misma complejidad nos permite hablar (y mentir), recordar (y sufrir nostalgia), prever (y temer). Lejos de ser un fallo, esta inconsistencia es el precio de la adaptación. Y, quizás, el mayor contrargumento al diseño inteligente.
Comicidad idealista vs. comicidad realista
En filosofía del humor, conviene distinguir dos posturas. La primera –Comicidad idealista– Se ríe (o llora) porque el mundo real no coincide con un modelo abstracto de perfección. Platón ya la describió en el Filebo: la risa nace de la distancia entre lo que creemos ser y lo que realmente somos. William Hazlitt añadió que este contraste deriva en llanto cuando afecta lo importante, y en risa cuando toca lo intrascendente. Esta risa suele ser de superioridad: mira al otro desde arriba, lo desvaloriza y, en el fondo, niega la vida tal como es.
La segunda –Comicidad realista– No busca corregir la realidad a la fuerza, sino celebrarla. Es una risa voluntariosa que reconoce nuestra potencia para habitar un mundo imperfecto pero milagroso, y para transformarlo dentro de lo posible.
Frente al idealismo que prefiere negar la vida y su naturaleza constitutivamente cómica, la comicidad realista asume que todas estas incongruencias son el precio a pagar por haber sido capaces de adaptarnos y seguir existiendo.
La risa como celebración de la potencia humana
Los chistes del «genio de la lámpara» ilustran perfectamente el hiato entre deseo y realidad. Un hombre pide sabiduría y suspira: «Debería haber elegido el dinero…». Otro genio es sordo, malintencionado o tartamudo. Incluso el más sabio, que pide no tener segundo deseo, roza lo ideal… y por eso mismo, lo irreal.
La risa idealista se alimenta de estas distancias: la mona de seda, el calvo con peluca, el que se sienta en un banco recién pintado. Pero esa risa de superioridad, aunque parezca liberadora, termina deshumanizando. Por eso, apostar por una filosofía de la risa realista significa reír con la imperfección, no contra ella.
Metafísica de los tubos: humor escatológico y dualismo cuerpo-espíritu
Resulta irónico que la palabra «escatología» designe tanto la teología del destino final como la biología de la excreción. La cultura ha tendido a ocultar lo fisiológico por considerarlo vergonzoso, pero estos actos nos recuerdan que somos seres reales, corporales y mortales.
Freud señaló en El malestar en la cultura que retener o expulsar es uno de nuestros primeros actos de poder. Charles Mauron, en Psicocrítica del género cómico, añade que el humor escatológico revive, con exultación, aquellas fantasías infantiles de control y celebración de la vida.
Cuando lo fisiológico irrumpe en lo social (un tropiezo, un chiste, una obra de arte), la reacción depende del contexto. Si hay amenaza psicológica o social, genera incomodidad, enfado o asco y, si hay confianza y seguridad, provoca risa liberadora y alivio.
El problema surge cuando el idealismo —espontáneo, religioso o político— desprecia lo corporal como «inferior». Recuperar la tradición epicúrea, como hizo el humanismo frente al dualismo platónico y cristiano, es clave para evitar desequilibrios éticos y existenciales: narcisismo sádico, autodesprecio masoquista, utopismo impaciente, etc.
Obras como La Celestina, los cuentos de Boccaccio, los ensayos de Montaigne o la narrativa de Shakespeare practican lo que Amélie Nothomb llama la «metafísica de los tubos». Un juego ontológico que niega la separación rígida entre lo material y lo espiritual, y celebra la unidad cómica de lo humano.
Hacia una ética de la risa realista
La risa no es un pecado ni un síntoma de decadencia. Es, más bien, un reconocimiento honesto de nuestra condición. Negar la comicidad constitutiva del ser humano es negar la vida misma.
Frente a las utopías impacientes y los idealismos frustrados, la filosofía de la risa nos invita a habitar la imperfección con lucidez, humor y compromiso. Porque reír de lo real no es resignarse: es empoderarse. Y, quizás, eso sea lo más cercano a una sabiduría habitable.
El texto de «La risa» fue aclamado y se instituyó como gran matriz cultural del primer tercio del siglo pasado.
Una filosofía de la risa: la comicidad de la imperfección. Por Bernat Castany Prado / Imagen inicial: Fritz Bornstück Art
