La regla crítica. Taxidermista. Una hora para inmacularse de torero y el lío de liarse el virtuoso capote de paseo para que el toro se presente en el albero con el culo bañado con su propia mierda, un vasito de plata para dar un par de sorbitos pero una botella de plástico para lavarse las manitas, lanzar la montera a los cuatro vientos para darle la vuelta si cae boca arriba sin aceptar el destino, admirar la bravura para marearla con desprecio en el tercio de muerte, dignificar la lidia para olvidarse que humillar es un acto que hiere la dignidad y ridiculizarla con una sábana roja a dorso y lomo hasta que llegue el día que se siente en los costillares del difunto para dar la vuelta al ruedo tirado por mulillas adornadas con cintas y madroños, saludando como si fuera en un papamóvil y a ritmo de cascabeles.
Mucha ortodoxia, pero enterrando el significado de cortarse la coleta y pasándoselo por el orto. Mucha pureza, pero destrozando la integridad del toro, clavando el estoque de descabello las veces que hagan falta, como si fueran puñaladas ofendidas por el paso del tiempo añadido. Y si es regordío, o acochinado, o panzón, o nalgudo, o corto de patas, o aborregado, o greñudo, o mohíno.
Si por mí fuera haría lo propio con la presencia torera y, si yo tuviera que organizar una encerrona al Arrogante de la Niebla, me decidiría por Malencarado, Torpón, Regalao, Fanfarrón, Sobrao y Petulante, seis ejemplares de la ganadería Soborne, sin duda.
Y pienso así porque me entrego a la santísima trinidad de mis porqués, porque no sé que misterio habrá para empeñarse en que el tuerto sea rey en el país de los videntes, porque sí y porque yo soy taxidermista, pero no porque me dedique al disecado de esas orejas que fueron cortadas antes de que empiece la fiesta, sino porque me dejo la piel en ese taxi que me lleva lejos del bochorno, entre dehesas y pasodobles.
Taxidermista. La regla crítica por Carlos Penas
