En una sociedad que confunde productividad con valor, la frase de Byung?Chul Han, “quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia”, señala lo obvio que nadie quiere ver: detenerse es un acto político. Frente a la hiperexposición y la autoexplotación, la quietud recupera autonomía.
Por qué quedarse en casa es un acto de resistencia lúcida según Byung-Chul Han
Hablan de productividad como si fuera una religión barata. Como si levantarte cada día con el alma hecha serrín fuera un mérito que alguien fuera a premiar. Y entonces aparece este tipo, Byung?Chul Han, con su cara tranquila y su frase que suena a bofetada: “Quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia”. Y joder, quizá tenga razón. Quizá la única revolución que nos queda sea cerrar la puerta, bajar la persiana y decirle al mundo que hoy no vas a bailar su baile.
Porque ahí fuera todo es rendimiento, rendimiento, rendimiento. Una rueda oxidada que no deja de girar. Te dicen que seas tu mejor versión, que produzcas, que sonrías, que publiques, que te expongas. Y tú, como un idiota, obedeces. Te conviertes en tu propio capataz, en tu propio verdugo. Han lo llama “sociedad del rendimiento”, pero yo lo llamo la fábrica del agotamiento, ese lugar donde uno se explota a sí mismo creyendo que está viviendo.
Contra la transparencia total: el derecho a desaparecer.
Y mientras tanto, la transparencia. Esa obsesión por mostrarlo todo, por convertir cada gesto en un escaparate. La vida privada convertida en un circo de luces LED. No eres una persona: eres un perfil, un escaparate, un animal que pide likes como quien pide monedas para un café frío. Han dice que la transparencia es un infierno de lo igual, y sí, lo es: todos compitiendo por ser idénticos, por no molestar, por no fallar.
Así que quedarse en casa no es huir. Es recuperar el aire. Es decir basta sin gritar. Es leer un libro sin subir la foto, mirar por la ventana sin convertirlo en contenido, aburrirse sin culpa. Es un gesto pequeño, casi miserable, pero también profundamente humano. Y quizá ahí, en esa quietud que nadie aplaude, esté la única forma de no volverte loco. De seguir siendo tú, aunque sea un poco. Aunque sea a oscuras.
Por Ernesto Lacalle.
