El auténtico protagonista en la obra de Hammershøi es el espacio. El espacio como autobiografía, como refugio subrepticio para narrar(se)
Es complicado describir lo que uno siente ante los cuadros de Vilhelm Hammershøi (1864–1916). Observar sus pinturas en persona, recorrer el entramado de pequeñas pinceladas que fue aplicando sistemáticamente para crear escenas de una textura vibrante e incluso aterciopelada, es como detenerse ante un muestrario de silencios. No obstante, uno siente que este mutismo aparente tiene mucho que decir en realidad.



La exposición Hammershøi. El ojo que escucha comisariada por Clara Marcellán
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid no solo tiene la fortuna de ser la primera retrospectiva del pintor danés en España; también es una oportunidad inigualable para acariciar con la mirada las obras de este artista un tanto desconocido o, al menos, difícil de encontrar en las colecciones públicas y privadas del territorio nacional.
Aunque Hammershøi encarna la condición de pintor escandinavo por definición, siempre tuvo un ojo puesto en la tradición y otro en la vanguardia. Cualquier mirada atenta que deambule por las salas de la exposición, tenuemente iluminadas, descubrirá que sus pinturas son diferentes a las de sus coetáneos en múltiples sentidos, debido en parte a su capacidad para barnizar sus escenas de domesticidad burguesa —un pilar del gusto conservador de la pintura europea del siglo XIX— con una pátina de pesadumbre y psicodrama.
Numerosos especialistas han tomado la luz como tema principal de su producción artística mientras que otros consideran que deberíamos hablar de silencio y quietud. Es innegable que la paleta cromática del pintor danés registra las condiciones lumínicas del norte de Europa, del mismo modo que sus escenas forman parte de un cambio de paradigma sociocultural más amplio en la concepción de la intimidad burguesa decimonónica.


El espacio de una habitación vacía, un verdadero «reino de los silencios»
Se trata del deseo de un espacio propio que encuentra su lugar en la habitación y, por extensión, en el espacio privado de la casa, un verdadero «reino de los silencios» donde, según el historiador Alain Corbin, la necesidad de introspección nace de «la ósmosis entre el espacio íntimo y un espacio exterior indeterminado», inundando por el estruendo provocado por la industrialización en pleno desarrollo. Partiendo de este contexto histórico, Hammershøi supo reflejar como pocos la opresión de los espacios burgueses de finales del siglo XIX donde la intimidad moderna se configuraba a partir de espacios cerrados, donde las figuras humanas aparecían detenidas e inmortalizadas «como crisálidas», en palabras de la historiadora del arte Charo Crego.
Debemos alejarnos de clichés historiográficos y tratar de reformular muchas de estas cuestiones tomando la casa como espacio autobiográfico y la autobiografía como un modo de producir fantasmas.
Este hermetismo ha desembocado en un consenso crítico para el cual las escenas del pintor danés no permiten la posibilidad de contar una historia, pues esta no puede acontecer en un espacio donde todo parece estar congelado. Debemos alejarnos de este impulso anti-narrativo que nos impide descubrir una gran riqueza de relatos. A menudo se ha dicho que Hammershøi fue un personaje taciturno en lo que respecta a información, documentos y otros registros autobiográficos. El escritor Thorkild Hansen habla de su vida como un «vacío», pues apenas dejó correspondencia ni escritos personales tras morir el 13 de febrero de 1916 a causa de un cáncer de garganta. Mi punto de partida es encontrar un lugar para la inscripción autobiográfica en los espacios supuestamente vacíos de sus pinturas.
Puede que el pintor danés no fuese un escritor prolífico, pero sí que pintó una cantidad notable de cuadros. Y es en sus pinturas donde Hammershøi se muestra y se esconde ante nosotros. Debemos alejarnos de clichés historiográficos y tratar de reformular muchas de estas cuestiones tomando la casa como espacio autobiográfico y la autobiografía como un modo de producir fantasmas. Porque el auténtico protagonista en la obra del pintor danés es el espacio: el espacio como autobiografía, como refugio subrepticio para narrar(se), ya sea a partir de cuerpos aislados o motas de polvo que entran por la luz de la ventana.

Hace falta poseer mucho espacio para permitirse el privilegio de vaciarlo. La actitud arquitectónica de la pintura.
Hammershøi trabajó obsesivamente con el espacio hasta crear una especie de gramática básica a partir de series, secuencias y ritmos que se acompasaban a su pincelada sistemática. Él mismo manifestó su interés por trabajar con «la actitud arquitectónica de la pintura» que no alude tanto a la representación de interiores sino, por encima de todo, a la capacidad de la propia pintura para construir estos espacios, haciendo uso de una mezcla bien trabada de observación y memoria con sus inevitables verdades y mentiras. Retomando muchas de las preocupaciones de la pintura holandesa de mediados del siglo XVII, el pintor danés juega con distorsiones sutiles que subrayan la artificiosidad de cualquier realidad espacial, pues ¿qué es el espacio sino una ficción dominante que es impuesta al observador?
Visita la exposición de Vilhelm Hammershøi El ojo que escucha comisariada por Clara Marcellán en Museo Nacional Thyssen-Bornemisza hasta finales de mayo de 2026
«El ojo que escucha» exposición de Vilhelm Hammershøi. Por Clara Marcellán
