Homenaje al artista que documentó la época dorada de las artes escénicas en Uruguay.
Solamente el dibujo, por la rapidez de su trazo, permite expresar esa belleza de circunstancia, ese rasgo de costumbre y esa emoción puntual que la academia, en su búsqueda de lo abstracto y lo eterno, suele dejar escapar. Tal concepción, heredada de Baudelaire, encuentra en Eduardo Vernazza a su intérprete más fiel. Desde la infancia, el lápiz fue para él un puente entre lo fugaz y lo perdurable.
Los inicios de Eduardo Vernazza: del diario El Día a las artes escénicas
A los dieciocho años, el diario El Día le abrió sus puertas con un encargo aparentemente modesto: ilustrar escenas jurídicas para la sección policial. En una época donde contratar dibujantes resultaba más económico que emplear fotógrafos, Vernazza descubrió, sin saberlo, su verdadera vocación. Bajo la tutela de su tío, el artista Marcelino Buscasso, y frecuentando el Círculo de Bellas Artes de Montevideo, su mano se afinó hasta que el mismo periódico le confió la sección de «Ocio y espectáculos«.


Nacía así una alianza creativa que perduraría hasta el cierre del diario, en los años ochenta, y que convertiría a Eduardo, elegido cronista-dibujante, en el testigo gráfico de la envergadura de las artes escénicas en Uruguay, incluyendo su «época dorada», ese lapso luminoso que se extiende de los años treinta a los cincuenta.
Nacido en Montevideo el 13 de octubre de 1910, Vernazza se forjó como un artista de sensibilidad autodidacta, aunque nunca desatendió el rigor del taller. Estudió escultura con Severino Pose, recibió lecciones de dibujo de Marcelino Buscasso y asistió a los talleres del pintor José Luis Zorrilla de San Martín.
Daisy Massioti y el ballet: La musa del pintor uruguayo, un instante de belleza circunstancial
Sin embargo, su verdadera escuela fue la butaca de primera fila, el telón a medio alzar, el backstage donde la respiración de los artistas se mezcla con el polvo de la escenografía. Durante medio siglo, combinó el periodismo cultural y la plástica con un talento singular, conjugando la anécdota informativa con la expresión artística.
A principios de los años cuarenta, el destino le presentó a Daisy Massioti, bailarina que coreografiaba sus propias piezas en el Teatro Solís. De aquel encuentro nació un croquis titulado Bailarina con alas, publicado en El Día, y en noviembre de 1944, un matrimonio que uniría para siempre la vida de Eduardo con la danza. Desde entonces, dedicó a Daisy cada exposición y pobló sus lienzos de su silueta y su rostro.
Los ballets se convirtieron en su objeto predilecto, aunque, como ya advertía Stéphane Mallarmé en «Garabateado en el teatro» (1897), traducir la danza en palabras o imágenes es empresa de titanes: «la esporádica belleza general, flor, onda, nube y joya, etc.» La dificultad radica en la fugacidad del movimiento, en el paso vertiginoso de un motivo a otro que, fijado por escrito, se cuajaría en alegoría muerta.
Vernazza, sin embargo, logró capturar esa forme envolée sin traicionar su esencia. Como evocaba Paul Valéry, su pincel no buscaba el mimetismo, sino la plasticidad óptima de la metamorfosis: un esbozo que respira, que atrapa lo viviente en el instante mismo en que se despliega.




Obras y conocimientos del arte uruguayo del Siglo XX
Cronista e ilustrador, Vernazza cubrió artes escénicas a nivel nacional e internacional, siempre con un lápiz y un bloc en la primera fila. Entrevistó, dibujó y pintó a figuras que marcaron el siglo. Las actrices uruguayas China Zorrilla, Estela Medina y Dahd Sfeir. El director italiano Vittorio Gassman. El legendario bailarín soviético Rudolf Nureyev.
Su mirada, sin embargo, nunca se encerró en el escenario. La temática de su obra plástica abarca un abanico inmenso: cultura, retratos de personalidades, escenas cotidianas, plazas, paisajes y obras marinas. Sus colecciones, que van desde el boceto y la caricatura hasta la captura de momentos teatrales, imponen un estilo propio, atractivo y inconfundible, capaz de plasmar la significación de una escena, la intensidad de un rostro o la simple verdad de un hecho.
Premios y exposiciones Internacionales
Su arte uruguayo trascendió fronteras. Llevó su obra a decenas de países en América, Asia y Europa, siendo premiado en: Salón Paulista de São Paulo (Brasil), Primera Bienal de Grabado de Tokio (Japón), Galería Guido de Tel Aviv (Israel), Latinamerican Gallery de Washington (EE.UU.), Teatro Ca Foscari de Venecia (Italia). En Argentina, participó en el Primer Certamen Latinoamericano de Xilografía y expuso en las galerías Velázquez y Carmona de Buenos Aires.
Reconocimientos en Uruguay
En Uruguay, su trayectoria fue reconocida con múltiples galardones: Dos Primeros Premios Medalla de Oro del Salón Nacional de Bellas Artes, Dos Primeros Premios de Pintura en el 38º Salón Nacional de Artes Plásticas y Visuales, El Gran Premio de Pintura en la 40º edición del mismo certamen, El Premio Maestros de la Pintura Uruguaya

Legado de Eduardo Vernazza: memoria del teatro uruguayo
Eduardo Vernazza residió en Montevideo hasta el 26 de mayo de 1991, cuando dejó el mundo a los ochenta años. Pero sus líneas no se detuvieron. Allí donde hubo un escenario, un gesto irrepetible o un instante de belleza circunstancial, él estuvo, con el lápiz alzado, cazando lo que pasa y no vuelve.
Su legado no es solo un archivo de la cultura uruguaya; es un testimonio vivo de que el arte, cuando nace de la observación atenta y del respeto por lo efímero, logra lo que el tiempo no puede: hacer eterno lo que ya se fue.
El legado de Eduardo Vernazza
Eduardo Vernazza: un instante de belleza circunstancial. Por Mónica Cascanueces
