En las redes sociales está surgiendo una nueva figura: el prescriptor cultural. Un creador que no busca vender un estilo de vida, sino compartir ideas, libros y referencias que invitan a pensar. En plena saturación digital, estos “culturetas del scroll” demuestran que también se puede deslizar el dedo para aprender, descubrir y encontrar criterio en medio del ruido.
La nueva generación de prescriptores culturales en las redes
Hay días en los que uno abre el móvil y siente que el mundo entero se ha convertido en un escaparate de tonterías. Bailes, recetas, cuerpos perfectos, frases motivacionales que no motivan a nadie. Un desfile infinito de gente intentando ser más interesante de lo que es. Y sin embargo, entre toda esa espuma, ha empezado a aparecer un tipo raro: el que no quiere venderte nada, el que no quiere enseñarte su desayuno ni su viaje a Bali, el que no necesita posar con un libro para parecer profundo. Ese que habla de ideas. Ese que recomienda cosas que no se compran, sino que se piensan.
Dicen que ahora se llama prescriptor cultural, como si el mundo necesitara otro término para sentirse importante. Pero la verdad es más simple: es alguien que ha decidido que, si vamos a perder media vida deslizando el dedo por la pantalla, al menos que valga la pena. Que el scroll no sea solo ruido, sino también una forma de encontrar algo que no sabías que necesitabas.
Cuando la superficialidad deja de ser suficiente
Durante años nos convencieron de que las redes eran el templo de la superficialidad. Instagram era la fábrica de la imagen perfecta; TikTok, la feria del entretenimiento rápido; X, el vertedero de opiniones instantáneas. Pero las mismas plataformas que nos enseñaron a consumir sin pensar ahora están llenándose de gente que habla de filosofía, de historia, de ciencia, de literatura. Gente que no presume de su vida, sino de sus obsesiones. Y eso, en un mundo agotado de anuncios y de postureo, empieza a tener valor.
Quizá todo esto tenga que ver con el cansancio digital. No el cansancio de estar conectados, sino el cansancio de estar conectados a cosas que no significan nada. El problema ya no es la cantidad de información, sino que toda parece intercambiable. Un vídeo más, una frase más, una recomendación más. Todo igual. Todo olvidable.
Por eso estos nuevos creadores funcionan: porque no intentan ser aspiracionales. No quieren que compres su estilo de vida. Quieren que pienses. Quieren que descubras algo. Quieren que sientas que detrás de la pantalla hay alguien que ha leído, que ha escuchado, que ha vivido lo suficiente como para tener criterio. Y en un mundo donde todo parece publicidad, el criterio se ha convertido en un lujo.

Cuando el algoritmo también aprende a premiar la profundidad
El algoritmo, ese monstruo que decide qué vemos y qué no, también ha aprendido a premiar la profundidad. Una explicación de tres minutos sobre Hannah Arendt puede generar miles de guardados. Una recomendación de un ensayo puede convertirse en conversación colectiva. La cultura vuelve a ser conversación, solo que ahora ocurre mientras hacemos scroll.
Claro que no todo es perfecto. Que alguien recomiende cien libros no significa que los haya leído. Que un vídeo hable de filosofía no lo convierte en riguroso. La profundidad también puede ser una máscara. Pero incluso así, algo está cambiando.
Después de años de smoothies, outfits y tutoriales de cinco pasos, resulta que también queremos pensar. Queremos encontrar algo que no sea ruido. Queremos que el scroll deje de ser una forma de perder el tiempo y se convierta, aunque sea por un segundo, en una forma de recuperarlo. Y quizá eso diga más de nosotros que de las redes.
Cuando el scroll ya no basta: entender el ruido para sobrevivirlo
Al final, lo más inquietante no es que scrollemos sin parar, sino que en ese gesto automático se esté decidiendo qué pensamos, qué ignoramos y qué creemos haber entendido. Los culturetas del scroll viven en esa frontera: una fauna nueva que intenta rescatar sentido entre notificaciones, algoritmos y discursos que se derriten como plástico barato. No es una revolución, pero sí una forma de resistencia: convertir el caos digital en una mínima chispa de lucidez.
Y si después de este recorrido quieres ver cómo se disecciona ese ruido —quién lo fabrica, cómo se propaga y qué nos hace creer— pasa por Medios & Tecnología. Allí seguimos abriendo la máquina, pieza por pieza, para entender el espectáculo sin caer en él.
