La palabra -clases- define a los grupos de personas dentro de una sociedad que comparten un nivel económico, condiciones de vida, trabajo o intereses similares (por ejemplo, clase alta, media o baja).
El gusto es un poder simbólico.
Dicho esto no es lo mismo sumergirse en Proust que en Megan Maxwell. Escuchar a Tchaikovsky que a Bad Bunny. Detenerse en un museo ante un lienzo de Remedios Varo que ante el aerosol sobre plantilla que Banksy estampa en los muros urbanos. La diferencia reside en el gusto, en aquello que distingue. Pero, ¿es el gusto tan libre como solemos creer? El sociólogo francés Pierre Bourdieu lo abordó en uno de los ensayos capitales del siglo XX.
Óperas como Rigoletto o Turandot, con sus colosales puestas en escena —estructuras gigantescas que brotan del agua, pirotecnia, más de doscientos artistas simultáneos sobre el escenario—, frente a Las mujeres ya no lloran. World Tour de Shakira, con sus ocho pabellones, toda una ciudad efímera celebrando la cultura latina. Cervantes frente a Dan Brown. Wim Wenders frente a Santiago Segura. El milhojas de anguila ahumada y foie gras ideado por Berasategui frente a la hamburguesa de cualquier cadena de comida rápida. Una pieza de Chanel frente a una de Desigual. De un lado, la distinción, la singularidad, la elegancia, lo refinado, el estilo. Del otro, la vulgaridad, la ordinariez, lo tosco, lo frívolo, lo burdo. Cuestión de gusto.
El gusto, esa libre expresión con la que cada cual acomoda su vida a las posibilidades estéticas, a su manera de entender la cultura. Los museos se erigen como el paradigma del templo del buen gusto en las artes. Pero todo templo se rige por oficiantes que conminan al vulgo a saber de qué se puede disfrutar y de qué no. Los magister ludí de los que habló Hesse en El juego de los abalorios.
Pero, ¿hasta qué punto es libre el gusto? El sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002) indagó en este fenómeno, aparentemente refractario a cualquier análisis, y compuso uno de los ensayos más relevantes del pasado siglo, Criterio y bases sociales del gusto. Es cierto que se circunscribe a Francia. No menos cierto que sus conclusiones pueden meditarse mucho más allá del país galo. En palabras del francés, quienes disponen de mayor «capital cultural» —tan dependiente del nivel socioeconómico— determinan el buen gusto de una sociedad.
Quienes poseen menos «capital cultural» lo aceptan como legítimo y consideran «natural» la disociación entre cultura clásica y popular, entre alta y baja.
Bourdieu distingue tres tipos de gusto: el legítimo, el medio y el popular. El legítimo —algunos lo llaman elitista o burgués— tendría como referencia canónica al público de los museos, cuyo disfrute exige desprenderse de la vida cotidiana, una disposición estética (una suerte de apertura de mente ante lo que contemplamos) y una competencia artística (capaz, por ejemplo, de discernir si la escena del lienzo es impresionista, prerrafaelita, cubista o hiperrealista).
Es decir, no basta con que los museos sean gratuitos: solo recibirán ese placer artístico, ese gusto, de las obras que albergan quienes dispongan de los conocimientos y refinamientos necesarios para escucharlas. Leer a Heidegger, captar los matices de las polifonías de Bach o descubrir las gradaciones de sabor, cuerpo e intensidad de un vino exige hábito, cierta sensibilidad y el dominio de unos códigos. El gusto legítimo responde a una suerte de aristocracia del espíritu, correspondientemente educado.
Y así, el gusto, la distinción, urde el enredo de que las desigualdades no provengan de lo que se tiene, sino de lo que se es. El gusto, la distinción, como don, y no como resultado de una educación y una calidad de vida desiguales. Marx hablaría de división histórica de clases. Bourdieu esquiva esa nomenclatura.
El gusto medio —o «cultura de masas, concepto acuñado por la Escuela de Fráncfort— está forjado, por un lado, por la industria cultural y, por otro, por ciertas prácticas artísticas democratizadas, como la fotografía.
La réplica a gran escala se devalúa: una reproducción de El beso, de Klimt, tan habitual en los hogares, frente al original, emplazado en el Palacio Belvedere Superior de Viena. Warhol sabía demasiado de esto. La industria cultural compite sin tregua, necesita imponer su valía (Shakira ha de rivalizar con Karol G, Rosalía, Jennifer Lopez, Beyoncé, Taylor Swift…). Velázquez no teme a Rembrandt. Ni viceversa. No se opacan. No perderán nunca fuelle. Ni el fuste.
El gusto medio se zafa de controversias y recala en tópicos para obtener mayor rentabilidad y público.
Bourdieu recurre a una metáfora brutal: frente al museo, el gran centro comercial, «la galería de arte del pobre». (Casi) todo es sucedáneo, como las películas inspiradas en grandes libros u obras teatrales (La Odisea, en estos días). Aunque el sociólogo reconoce lo que califica de «obras mayores de las artes menores»: Jacques Brel, por poner un caso. El gusto medio responde a lo sucedáneo, a algo que, en general, tiene más que ver con la falsificación.
El gusto popular se rige por lo pragmático y lo funcional. El arte por el arte queda fuera de su registro. No cabe en él sofisticación alguna. La idea —y la posibilidad, también económica— de hacer de cada objeto una elección estética, una muestra de gusto, no concurre. En el gusto popular la indumentaria es sencilla y cómoda, los muebles sólidos, la comida fuerte, el baile cuando toca. El gusto popular responde a la necesidad.
Con estas tres categorías, Bourdieu pretende cercar el concepto de habitus, el proceso por el que cada cual trata de armonizar las estructuras objetivas con las subjetivas. El sociólogo francés intenta tender un puente entre quienes ven las estructuras sociales como determinantes —el objetivismo de Durkheim, Lévi-Strauss o Marx— y el subjetivismo de Husserl, Schutz o Garfinkel. Para Bourdieu no son irreconciliables, sino elementos de una continua dialéctica.
La «violencia simbólica» advierte que el gusto legítimo ejerce sobre las clases más desfavorecidas, a las que se impide definir su propio mundo.
Las opciones estéticas también suponen una frontera casi infranqueable entre clases. El gusto, la distinción, no solo refleja un capital cultural, sino también social y económico. Esos oficiantes de los que hablábamos al principio, esos magister ludi, «deben sus goces más puros al olvido de las condiciones que los produjeron como tales», asegura Bourdieu. Es decir, que alguien no sepa deleitarse ni apreciar una composición de John Cage se debe a que no ha tenido acceso a la educación necesaria —y, por tanto, a la capacidad económica que la hubiera hecho posible—. Carece de «capital cultural».
El gusto, pues, es un poder simbólico. Dime qué lees, qué escuchas, déjame ver cómo vistes y comes, y podré saber de qué clase social vienes. Con las excepciones de rigor correspondientes.
Si después de este recorrido quieres mirar de frente lo que realmente sostiene nuestras ficciones sociales —las máscaras, los autoengaños, las narrativas que nos mantienen dóciles— te recomiendo visitar el apartado de La Granja Humana. Allí desmontamos sin anestesia las ilusiones que permiten que todo esto siga funcionando, incluso cuando ya sabemos que el sistema no está roto, está diseñado exactamente para producir lo que produce.
