Jeffrey Weeds convierte una casa heredada en un taller imposible donde colores, maderas y gallinas crean un caos creativo que roza lo sagrado. Un espacio donde el arte se mezcla con lo cotidiano y donde ya no se pintan preguntas, solo respuestas que parecen surgir solas.
La regla crítica de Carlos Penas
Instalado en una casa heredada y perdida, Jeffrey Weeds había transformado un mejunje de establo, pajar, cochera y pocilga en el taller que siempre había soñado, o casi siempre, y no había sido fortuito. Los abanicos de cerdas naturales y las lenguas de gato se abrían paso entre una muchedumbre habitada por pinceles, las entretelas se entretenían en la caricia de los lienzos de algodón y la crudeza de unas telas crudas que suspiraban por el diagnóstico y el tratamiento de los artistas, la madera desfilaba en listones esperando un corte preciso que ingletase sus ingles y las minas de los lápices se ponían duras tallando los grafitos con el hacha de las haches, entre el olor de los olores.
Cualquiera que atravesase el umbral de aquella puerta galvanizada se adentraba en un pasillo que bordeaba la u de una superficie cercada con triple torsión, se le llevaba en volandas y volaba hasta un portón de acceso directo al exterior. En un lateral había diez jaulas con sistemas dobles de apertura automática que garantizaban a las gallinas moverse con la libertad que les permitían las rejas, comiendo moscas, parásitos y serpientes, gusanos, ratas y garrapatas, ad libitum y a pleno luz del día.
Dos gallineros tenían el suelo impregnado de blanco titanio, el número uno de ultramar, el cuatro de negro oscuro, el cinco de bermellón, el seis de verde follaje, el ocho de limón limonero y los otros tres de colorín colorado. En la techumbre de la nave se habían instalado los rieles que activaban un comedero móvil y se había tapizado el suelo del patio con un lienzo de veinte metros.
Cuando se abrían jaulas, las gallinas salían en jauría hacia las semillas y los restos de comida, incluidos los callos, sin olvidarse de la ventaja de las lentejas y combinando ráfagas de carrera con pequeños aleteos de graciosa rivalidad. Las huellas de sus alocados tridentes provocaban una yuxtaposición imposible y se fusionaban los colores con la gallinaza de sus propios excrementos, muy cercanos al paraíso, decididos entre los espolones de algunos botones y de un joystick.
Cuando le preguntaron por la importancia de plantear cuestiones en el arte y por cuál era su aportación como padre del criticismo abstracto, Jeffrey Weeds fragmentó su respuesta entre la contundencia y la coherencia, a partes iguales: Ahora solo pinto respuestas y ni siquiera las pinto yo.
Si esta lectura te ha dejado con más preguntas que respuestas, te invitamos a seguir explorando en nuestro apartado dedicado a La regla crítica de Carlos Penas. Allí encontrarás el desarrollo completo de su propuesta, un espacio donde la lucidez se vuelve método y la crítica, territorio.
