La desigualdad afecta tanto a las personas situadas en lo alto de la pirámide social como a aquellas situadas en la parte más baja, aunque lógicamente estos últimos sean quienes más sufran sus consecuencias.
‘Igualdad’: un camino hacia un mayor bienestar para todos (incluidos los ricos). Hace una década los epidemiólogos británicos Richard Wilkinson y Kate Pickett publicaron Desigualdad (Turner, 2009), un libro donde básicamente se planteaban esta pregunta: ser pobre en una sociedad rica es casi una garantía de infelicidad, pero, ¿es feliz el rico que vive en una sociedad rica? Con 30 años de investigación para respaldar su respuesta, concluyeron que la desigualdad afecta a la inmensa mayoría de la población, no solo a una minoría pobre, y es la causa fundamental de los males de todas las sociedades.
Más allá de que la pobreza relativa afecte las habilidades cognitivas, la percepción del estatus influye inconscientemente tanto en nuestro rendimiento como en la percepción que tenemos de nuestra propia valía, incluyendo aquí variables como la clase, el género o la etnicidad. “Un estudio en La India muestra que los niños de castas superiores e inferiores obtienen resultados similares cuando desconocen esta información, pero una vez saben a qué casta pertenecen las diferencias aparecen”, aseguró.
“Hoy vivimos en sociedades en las que la amenaza de la evaluación social representa uno de los mayores lastres para la calidad y la experiencia de la vida en los países desarrollados y ricos. Los costes no se miden únicamente por sus factores adicionales de estrés, ansiedad y depresión, sino que también se traducen en peor salud física, consumo frecuente de alcohol y drogas para evadirnos de las preocupaciones, así como en una pérdida de los vínculos comunitarios, lo que hace que tantas personas se sientan aisladas y solas”, señalan Wilkinson y Pickett en Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva.
“Cuando la vida es más difícil es más probable que bebamos alcohol, consumamos drogas, comamos comida o compremos de manera compulsiva o nos automediquemos. Y los estudios con monos muestran lo mismo: si se las proporcionan, los monos subordinados tienden a consumir drogas más que los monos dominantes. En cierto modo, reaccionan igual que nosotros”, apunta en este sentido Wilkinson, que añade: “También el consumismo aumenta con la desigualdad porque refleja la competencia por el estatus. Hay estudios que demuestran que si vives en una sociedad desigual es más probable que gastes tu dinero en productos que reflejen tu estatus como un coche o ropa de marca”.

Los efectos de la desigualdad no son tan obvios. Afecta a la felicidad, al bienestar, a la salud, a la esperanza de vida, a tu valor en la sociedad, a los resultados académicos de los niños; provoca un aumento del consumo de drogas, causa infinidad de problemas muy perniciosos. Todos los problemas que son más habituales en los estratos más bajos se extienden por toda la sociedad. Nos daña a todos.
Ahora sabemos más sobre cómo se desarrolla nuestro cerebro y podemos ver en él los efectos de la pobreza o de la ausencia de aprendizaje. El cerebro refleja la vida que hemos vivido, si has aprendido un idioma o a tocar un instrumento. Las habilidades de cada persona son primordialmente el reflejo de su punto de partida en la escala social, más que del punto de llegada. La gente cree que es al revés.
Hay gente con prejuicios hacia grupos vulnerables como los inmigrantes, las etnias minoritarias o incluso hacia las mujeres. En las sociedades más desiguales, donde el amor propio de la gente está minado, se intenta recuperarlo aplastando a los más débiles. Y eso es muy común no solo en poblaciones humanas, sino también entre simios. Un mono que pierde una batalla por el estatus enseguida se enfrenta a sus inferiores para evitar una pérdida catastrófica de categoría. Al igual que los simios, muchos humanos se ven obligados a confirmar su estatus con los que consideran inferiores.
La desigualdad convierte la posición social en algo mucho más relevante, hace que nos juzguemos más. Y cuanto más nos fijamos en el estatus, más tememos el juicio del otro. ¿Me respetan o creen que soy tonto y aburrido? ¿Creen que soy un fracasado? Así piensa mucha gente con una enfermedad mental. Les preocupa cómo los ven y se retiran de la vida social porque les provoca ansiedad.

¿Por qué unas sociedades presentan índices de enfermedad mental mucho más altos que otras? Y ¿por qué algunas han visto dispararse los niveles de ansiedad y depresión en las últimas cuatro décadas? ¿Por qué los estadounidenses tienen el triple de posibilidades que los holandeses de desarrollar problemas con el juego? ¿Por qué el bienestar infantil es muy inferior en Nueva Zelanda que en Japón?
Como demuestra este rompedor estudio, la respuesta a todas estas preguntas reside en la desigualdad. Wilkinson y Pickett describen cómo nos afecta individualmente, cómo altera el pensamiento, las emociones y la conducta.
Presentan pruebas abrumadoras de que las desigualdades materiales tienen profundas consecuencias psicológicas: cuando la brecha entre ricos y pobres se ensancha, crece la tendencia a definirnos y valorarnos, a nosotros mismos y a los demás, con criterios de superioridad e inferioridad. Y cuestionan el concepto de que los seres humanos son por naturaleza egoístas y competitivos, y también la idea de que la desigualdad es resultado de las diferencias «naturales» de capacidad individual.
Este libro demuestra que las sociedades basadas en la igualdad, la reciprocidad y la voluntad de compartir generan niveles de bienestar muy superiores, a la vez que nos muestra el camino que conduce hasta ellas.
Para más información: capitanswing.com
‘Igualdad’: un camino hacia un mayor bienestar para todos (incluidos los ricos)


