Treinta años después, el mismo puñetazo en el estómago.
Trainspotting cumple 30 años y sigue pateando conciencias Treinta años han pasado desde que salió a arrastrarse por los cines como un perro flaco buscando un hueso. Treinta años desde que Danny Boyle decidió meter la cámara en los rincones más mugrosos de Edimburgo y mostrarnos a un puñado de tipos que no tenían nada, excepto la necesidad urgente de escapar de sí mismos. Y aquí estamos, tres décadas después, todavía hablando de ellos, como si fueran viejos amigos que nunca lograron salir del bar. O de la jeringa.
La película nació de una novela de Irvine Welsh, un libro que no se lee: se inhala. No es una historia, es un vómito de relatos, un mosaico de vidas rotas que John Hodge tuvo que reorganizar para que cupiera en una pantalla. Y aun así, la cosa mantiene ese olor a callejón húmedo, a sudor frío, a desesperación. Welsh incluso aparece en la película, vendiéndole a Renton unos supositorios de opio. Claro, ¿quién mejor que el propio autor para venderle mierda a su protagonista?

Boyle, McGregor y la película que nunca dejó de correr.
Boyle, que ya venía calentando motores, encontró aquí su punto de quiebre. Trainspotting lo lanzó como un cohete, y no uno de esos que explotan a mitad del cielo, sino uno que sigue subiendo, aunque a veces se tambalee. Y Ewan McGregor, flaco como un alambre, con los ojos hundidos y esa sonrisa de tipo que ya ha visto demasiado, se convirtió en el rostro de una generación que no creía en nada. Perdió doce kilos para el papel, dicen. No hacía falta: ya tenía la mirada de alguien que había perdido mucho más.
El famoso monólogo “Choose Life” no estaba en el libro. Fue un invento para la película. Y vaya invento. Un sermón irónico sobre elegir lavadoras, hipotecas, televisores, trabajos de mierda. Como si la vida fuera un catálogo de cosas que no sirven para llenar el vacío. Ese discurso se volvió un himno, no porque ofreciera respuestas, sino porque escupía preguntas que nadie quería escuchar.
La película costó apenas 1.5 millones de libras, lo que en el mundo del cine es lo que te gastas en café para el equipo. Y aun así recaudó millones, convirtiéndose en una de las cintas británicas más rentables de los noventa. Supongo que la gente estaba cansada de héroes limpios y finales felices. Querían ver a alguien hundirse en el peor baño de Escocia —que, por cierto, no era tan terrible en la vida real— y salir nadando hacia un sueño que tampoco existía.
En Estados Unidos tuvieron que poner subtítulos al principio porque el acento escocés era demasiado para los oídos delicados. Pobrecitos. Como si la incomodidad no fuera precisamente el punto. Trainspotting no está hecha para entenderse: está hecha para sentirse como una patada en las costillas.
Y luego está la música. Born Slippy de Underworld, ese latido electrónico que te agarra del cuello y te arrastra por la noche. La banda sonora no acompaña la película: la define. Es el pulso acelerado de alguien que corre sin saber si huye o persigue algo.

Por qué Trainspotting sigue siendo el espejo incómodo de los 90
Treinta años después, Trainspotting sigue siendo un espejo sucio. No habla sólo de heroína; habla de la necesidad de escapar, de la rabia de vivir en un mundo que te promete futuro pero te entrega resaca. Habla de tipos que no creen en nada, pero aun así siguen respirando, quizá por inercia, quizá por terquedad. Y eso, maldita sea, no envejece. Porque el desencanto es como una vieja cicatriz: no desaparece, sólo cambia de color. Y Trainspotting, con su humor negro, su miseria luminosa y su humanidad torpe, sigue recordándonos que elegir la vida no siempre es un acto heroico. A veces es apenas un gesto. Un movimiento mínimo. Un intento.
Y a veces —las más— ni siquiera eso.
Trainspotting cumple 30 años y sigue pateando conciencias. Por John Headhunter.

