El documental sobre Pola Weiss, pionera del videoarte y la videodanza en México, recupera la historia de una creadora que convirtió la cámara en un territorio de experimentación radical.
La pionera del videoarte Pola Weiss llega al cine con un documental. El nombre suena como un golpe seco en la mesa del bar cuando ya vas por el tercer whisky y empiezas a recordar que alguna vez fuiste joven, o libre, o ambas cosas. Hay artistas que llegan tarde a su tiempo y otras que llegan demasiado temprano. Pola fue de las segundas. Y ya sabes lo que pasa con la gente adelantada: el mundo no tiene la decencia de esperarlas. Sigue girando, torpe, lento, como un borracho que no entiende nada. Pero ellas dejan marcas. Arañazos. Señales de que estuvieron ahí.
El documental de Alejandra Arrieta, que llegó a los cines el pasado 5 de marzo, hace justo eso: limpia el polvo del espejo y te obliga a mirar de frente a una mujer que convirtió la cámara en una extensión del cuerpo, como si fuera un nervio más, un músculo más, un pedazo de piel que podía moverse, sudar, temblar. Y vaya que temblaba. Porque Pola no filmaba para complacer a nadie. Filmaba para respirar. Para no ahogarse en un país donde la televisión escupía mujeres perfectas, planchadas, obedientes, mientras ella se atrevía a mostrar un cuerpo real, cotidiano, vulnerable, feroz. Un cuerpo que baila aunque duela. Un cuerpo que se mira a sí mismo sin pedir permiso.
En los años setenta y ochenta, cuando México todavía estaba aprendiendo a verse en sus pantallas, Pola decidió que no iba a seguir el guion. Mezcló danza, performance, autobiografía, imagen electrónica. Lo hizo todo como si la vida dependiera de ello. Y quizá dependía. La cámara no era un testigo: era cómplice. Se movía con ella, la duplicaba, la distorsionaba, la perseguía como un amante torpe pero entregado. De esa relación salió un lenguaje visual que no se parecía a nada. Ni al cine, ni a la tele, ni al arte que se colgaba en las paredes blancas de los museos. Era otra cosa. Algo vivo. Algo incómodo.
También rescata sus textos, escritos cuando todavía había esperanza de que el mundo escuchara. Ahí aparece una Pola que piensa, que duda, que se pregunta cosas que siguen doliendo hoy: “¿Cuántas hay que luchan por ser mujeres?”. No buscaba respuestas fáciles. No buscaba aplausos. Solo quería entender qué demonios significa ser una misma en un lugar que insiste en decirte quién deberías ser. Y esa pregunta, maldita sea, sigue vigente. Sigue clavándose como una astilla bajo la uña.
Donde el cuerpo, la identidad y la libertad creativa se entrelazan para desafiar las formas tradicionales de mirar.
Pola usó su propio cuerpo como territorio de batalla. No por narcisismo, sino porque era lo único que tenía a mano. Lo único que podía controlar. Lo único que podía ofrecer sin pedir permiso. Y en esa honestidad brutal está la fuerza de su obra. No hay poses. No hay maquillaje. No hay filtros. Hay una mujer tratando de entenderse mientras el mundo la mira con desconfianza.
Lo sorprendente es que, cuarenta años después, su trabajo no envejeció. Al contrario: parece más actual que nunca. En tiempos donde se habla de sororidad, libertad, identidad, autonomía del cuerpo, Pola aparece como una especie de fantasma luminoso que ya había dicho todo antes de que fuera tendencia. Una pionera que no buscaba ser pionera. Solo buscaba ser libre. Arrieta dirige el documental con respeto, pero sin convertir a Pola en estatua. La muestra humana, contradictoria, intensa. La muestra como alguien que abrió caminos sin saber que los estaba abriendo. Y eso es lo mejor: no hay santificación, hay vida. Vida desbordada.
El estreno en salas culturales y luego en Cinemex no es solo un evento cinematográfico. Es un acto de justicia. Una forma de devolver a Pola al lugar que siempre le correspondió: el de las creadoras que rompieron reglas sin pedir perdón. Su obra estuvo en el Pompidou, sí, pero también estuvo en cada artista que hoy se atreve a mover la cámara como si fuera un latido. Este documental no es un homenaje. Es una invitación. A mirar. A pensar. A recordar que hubo una mujer que se filmó a sí misma para no desaparecer. Y que, gracias a eso, sigue viva en cada imagen que se atreve a desafiar lo establecido.
La pionera del videoarte Pola Weiss llega al cine con un documental. Por John Headhunter

