El título no es un adorno ni una provocación gratuita, es una herida abierta, una palabra breve, rotunda, que cae como un veredicto en tiempos donde preferimos hablar de luces, de superaciones, de resiliencias luminosas
‘El mal’, una película de Juanma Bajo Ulloa. La historia nace de una enfermedad hereditaria —la osteogénesis imperfecta— que en la intimidad familiar recibe un nombre más antiguo y más terrible: “el mal”. “Mamá, he heredado el mal”, dice la hija de Elvira, y en esa frase no solo vibra la fragilidad de los huesos, sino la sospecha de que hay algo más profundo, más oscuro, transmitiéndose de generación en generación. No solo una dolencia física, sino una grieta moral.

Juanma Bajo Ulloa hace películas de personajes y, de alguna forma, intenta indagar en el alma humana, en la psique humana, entender por qué hacemos las cosas, pero se encontró con una industria muy refractaria que tiene dos bases: una es lo comercial, lo más infantil, lo menos profundo, para que la gente no piense, algo que sea de consumo rápido y olvidable. Y, en el otro lado, hay un cine muy ideológico, muy protegido políticamente, que sigue las tesis del sistema, que sigue las tesis del partido político en el poder en ese momento; como ocurría con Franco, pero ahora ocurre de otra manera.
Y entonces, claro, en medio no queda hueco. Tú eres un grano en el culo. Eso hace que cueste mucho poner en marcha un proyecto; exhibirlo, difundirlo, ya ni te cuento, eso se convierte en una pelea constante. De alguna forma, es como que no perteneces a la industria, estás fuera, y aquí hay algo de eso también, de mi verdad. No sé si la verdad, pero sí mi verdad; la quiero contar y me cuesta.
Ulloa que no se interesa por la bondad, tan estudiada, tan exhibida como un trofeo civilizatorio. Le inquieta lo otro, ese territorio que negamos y que siempre colocamos en el prójimo. El mal es el otro. El corrupto, el mentiroso, el fanático, el que se equivoca. Nosotros, en cambio, apenas nos reconocemos capaces de cruzar ciertas líneas. Y sin embargo, ahí está Martin, personaje inaugural de la película no actúa por rencor, ni por trauma, ni por venganza. No necesita justificar su oscuridad. Simplemente posee la capacidad del mal como un don, y desea algo aún más perturbador como el reconocimiento por ejercerlo.
Desde él se irradian los demás personajes, como si cada uno fuera una variación posible de esa sombra original. La película avanza como un thriller —con el pulso del suspense que atrapa incluso al espectador menos dispuesto—, pero bajo su superficie late una reflexión incómoda: ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguir lo que deseamos? ¿Y cómo lo justificamos?
Elvira, interpretada por Belén Fabra, es el espejo más inquietante. Al principio la comprendemos. Es ambiciosa, sí, pero también herida, inteligente, vulnerable. Nos colocamos de su lado. Poco a poco, sin embargo, la empatía se erosiona. Los escrúpulos se diluyen. La metamorfosis es casi imperceptible, como la de una mariposa en su crisálida, pero en sentido inverso, del rostro humano hacia la máscara.
En un momento pronuncia una frase que suena como sentencia: “Lo que ayer está bien, hoy está mal”. No somos volubles, sugiere el director; somos interesados. La moral cambia porque la civilización cambia, pero también porque el poder la modela.
¿Dirías que esa búsqueda de la notoriedad que tanto desea tu personaje es la perdición de la sociedad contemporánea?
Es una de ellas. Yo creo que eso se ve de manea especialmente grave en la nueva generación. Los han convertido en egocéntricos y en narcisistas que están permanentemente en la comparación. Este tiene más éxito que yo, es más guapo, tiene más likes, mira qué bien se lo pasa, yo también lo quiero.
¿Y esforzarse? No, esforzarse para qué, si este no se esfuerza y mira lo que consigue. Lo que es tener infinitas referencias, pero muy pocos referentes reales de gente que tenga una madurez, una solidez y que pueda decirles cómo actuar en la vida. Sí, yo creo que es una sociedad profundamente alienada, en ese sentido.
Gobiernos, sistemas, ideologías, todos moldean la ética para prosperar. Y, sin embargo, paradójicamente, fueron las comunidades donde predominó la colaboración —donde el cuidado venció a la rencilla— las que sobrevivieron. El amor, en términos evolutivos, fue eficaz. El mal, en cambio, conduce a la autodestrucción.
Pero la película no ofrece consuelos fáciles. Cuando Elvira afirma que “el amor es interés”, ya no es la mujer del comienzo. Ha atravesado su propio descenso. Cree que quien ama más, pierde. No es una tesis del autor, sino el pensamiento de alguien que ha empezado a habitar la oscuridad que antes señalaba desde fuera.
También la verdad ocupa un lugar central. “La verdad da miedo”, se dice en la película. Y da miedo porque exige responsabilidad. Porque conocerse implica desmontar la ficción íntima en la que vivimos cómodamente. Queremos saber —decimos—, pero no demasiado. No hasta el punto de tener que cambiar. La tarjeta de crédito es más amable que el dinero contado en efectivo, la mentira es más soportable que la conciencia despierta.
Hay en todo ello una resonancia autobiográfica. Ulloa se sitúa en los márgenes de una industria que, según su mirada, oscila entre lo banalmente comercial y lo ideológicamente protegido. En medio, apenas queda espacio para una voz personal. Contar “su verdad” se convierte en una forma de resistencia. Y ahí surge otra tentación: la propaganda, el aplauso fácil, la comodidad de pertenecer. Pero el creador que manipula emociones —porque el cine es una herramienta poderosa— carga con la responsabilidad de no ceder su voz a aquello en lo que no cree.
La película transita entre géneros —thriller, terror, fantasía— sin someterse del todo a ninguno. El suspense funciona como anzuelo: hipnotiza al espectador mientras, casi sin darse cuenta, este es conducido hacia preguntas más incómodas. Y entre la tensión y la amenaza, emerge un sarcasmo soterrado, un humor negro que recuerda que la tragedia, con el tiempo suficiente, puede volverse relato risible. El ser humano, incluso al borde del abismo, conserva esa grieta por donde se cuela lo grotesco.

Quiero contar algo que yo considero valioso, que puede ser sofisticado, que, incluso, puede ser sesudo, no lo sé, o psicológicamente complicado, pero utilizando el suspense consigo atraparlo, consigo hacerlo atractivo. Cuando una obra es muy personal y es tuya, de alguna forma, tengo una responsabilidad de decir algo honesto. La gente confía en que tú vas a decir algo personal, tuyo. Si eso está al servicio de un tercero en el que no crees, me parece deshonesto.
Y están las mariposas. Siempre las mariposas. Símbolo de metamorfosis, de inteligencia, de renacer; de la belleza que nace de lo informe. En un momento clave, ya no existen realmente: son un sueño, una alucinación de fama y reconocimiento. El personaje, a punto de ser devorado por su propia ambición, se imagina rodeado de alas luminosas. Es una niña en un parque de atracciones construido sobre el vacío.
Quizá ahí se condense la advertencia más contemporánea de la película: la obsesión por la notoriedad. Una sociedad que compara, que mide en “likes”, que convierte la identidad en escaparate. Narcisismo sin referentes, éxito sin esfuerzo, deseo sin profundidad. El mal ya no necesita máscaras demoníacas; puede presentarse como ambición legítima, como deseo de visibilidad, como afirmación del yo.
Al final, “el mal” no es solo una enfermedad heredada ni la acción extrema de un personaje. Es una posibilidad latente, un talento oscuro que todos preferimos situar fuera de nosotros. Pero la película insiste, incómoda y fascinante, la sombra no está en el otro. Está en casa. Está en el espejo.
Para más información: elmal-lapelicula.es
‘El mal’, de Juanma Bajo Ulloa
Reparto: Natalia Tena, Belén Fabra, Tony Dalton, Fernando Gil, Natalia Ruiz Risueño, Aritz Kortabarria y María Schwinning
Música: Koldo Uriarte

