Tras décadas de silencio, Carmen Guillén arroja luz al organismo franquista encargado del adoctrinamiento moral de las mujeres caídas.
De entre todos los fragmentos que componen la compleja historia del siglo XX español, pocos capítulos resultan tan oscuros y reveladores como los vinculados a las instituciones represivas del franquismo. La más longeva y, sin embargo, la menos conocida es el Patronato de Protección a la Mujer. Desde 1941 hasta bien entrada la democracia, esta institución apuntaló su labor sobre cuatro pilares: trabajo y oración para redimir; disciplina y castigo para adoctrinar.
En el cruce de intereses entre Iglesia y Estado, la doctrina católica sirvió para legitimar este control femenino. Miles de mujeres de todas las edades, procedencias y contextos socioeconómicos fueron entonces condenadas sin delito y encerradas sin juicio en nombre de esa moral. Bajo un disfraz de caridad se ocultó una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robo de bebés y violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Este libro analiza el Patronato como una pieza clave en la arquitectura moral y política del franquismo y examina la huella que dejó en quienes lo padecieron y en una memoria colectiva que aún intenta asumir ese pasado.
El Patronato de Protección a la Mujer fue el brazo ejecutor de la violencia de género de la dictadura. Todo un sistema de control social dirigido expresamente a amordazar y adoctrinar los cuerpos y mentes de las mujeres que no se ajustaban al modelo que habían teorizado, en sagrada alianza, la Iglesia católica y los jerarcas del régimen. En la práctica, el régimen se proveyó de un «patriarcal entramado carcelario», un sistema penitenciario paralelo a través del cual se dotó a miembros de la Iglesia católica de funciones policiales y judiciales. Un argumento propio de una distopía que, sin embargo, supuso la cruenta realidad de miles de mujeres en España desde 1941 hasta bien entrada la democracia en 1985.
Cualquier divergencia del modelo femenino se consideraba peligrosa y bastaba con alejarse de ese patrón para ser internada. «Había dos perfiles: por un lado, mujeres pobres de entornos rurales; por otro, el grueso de las mujeres eran disidentes sexuales —lesbianas—, morales —embarazadas fuera del matrimonio, que salen mucho o suspiran demasiado por los hombres— y políticas», explica la historiadora Carmen Guillén (Mazarrón, 1988), autora del libro Redimir y adoctrinar.
Las mujeres y el franquismo
La dictadura franquista buscaba una «mujer sumisa, abnegada, decente, cuyo único horizonte vital está circunscrito al hogar, la familia y el cuidado de los hijos». Cualquier divergencia de ese patrón era entendido como «peligroso y potencialmente contagioso para el resto de las mujeres», añade la profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), experta en la historia de la sexualidad en la España contemporánea, en la represión femenina y en los mecanismos institucionales de control del cuerpo de la mujer.
«La Iglesia, a través de las congregaciones religiosas que ejercen el control de facto sobre las jóvenes, es el pilar de carga del Patronato de Protección a la Mujer, que materializa mejor que ninguna otra institución el nacionalcatolicismo franquista», asegura la autora de Redimir y adoctrinar (Crítica). «Es imposible entender la institución sin el peso fundamental de la Iglesia católica, en connivencia con el Estado hasta 1985».
Cualquiera podía denunciar a una mujer rebelde, aunque en la mayoría de los casos los propios padres y familias, «avergonzados por el comportamiento de sus hijas, las llevaban al Patronato para tratar de redimirlas y adoctrinarlas». Tras someterlas a pruebas psicológicas, morales y ginecológicas —para comprobar si eran vírgenes—, eran destinadas a diversos centros, algunos más abiertos y otros «como una cárcel, con rejas en las ventanas y salas de aislamiento», comenta Carmen Guillén Lorente.
«Una vez dentro, la vida estaba atravesada por el trabajo forzado, la oración y el silencio. Las monjas de las congregaciones religiosas vendían lo que cosían y manufacturaban a empresas externas. La religión se entendía como la única salida para redimirlas. Y limitaban las conversaciones entre las internas para aislarlas porque, en el fondo, el principal objetivo de la institución era anestesiar su capacidad crítica», sostiene la doctora en Historia Contemporánea, quien asegura que cuando se rebelaban eran sometidas a vejaciones, humillaciones y castigos físicos.

Cuando entraron en los reformatorios algunas apenas tenían dieciséis años, por lo que «les robaron unos años fundamentales para su formación personal y profesional». Carmen Guillén habla de un trauma individual, pero también colectivo, pues décadas después todavía cargaban con la culpa y el estigma, que les ha provocado problemas psicológicos como estrés postraumático, ansiedad, miedos…
«Contar su historia y ser escuchadas está legitimando su relato de vida y les está ayudando a paliar el trauma», comenta la historiadora, convencida de que el Patronato de Protección a la Mujer sobrevivió al franquismo porque la población desconocía el concepto de la institución y qué sucedía dentro de los reformatorios de monjas.
La doctora de Historia Contemporánea por la Universidad de Murcia ha sido una de las pioneras en el ámbito académico en denunciar la represión misógina sobre miles de niñas y jóvenes del Patronato de Protección a la Mujer durante el Franquismo y la democracia.
«La gente no cuestionaba el papel ni la metodología de las congregaciones religiosas y lo asumía como algo positivo. Y cuando las internas salían no contaban su historia o, si lo hacían, no las creían», explica Carmen Guillén, de ahí que «nadie pensó en 1975 que había que cerrar los centros porque era un fenómeno represivo franquista». Sin embargo, ocho años después falleció una interna «en circunstancias un poco extrañas» en un reformatorio de San Fernando de Henares y se desvelaron las condiciones de las internas del Patronato, aunque la historiadora lamenta que su clausura se debiese a la eliminación de los presupuestos del Estado.
Según ella, no ha habido un ejercicio de memoria y todavía queda mucho por hacer en materia legislativa: «Necesitamos incluir a estas mujeres como víctimas de la represión franquista; darles su papel dentro de la historia de nuestro país; y, sobre todo, lograr la apertura total de los archivos para poder cubrir todas las piezas del puzle de la institución, así como incluirlas en los planes de estudio». «Es importante nombrar este tipo de violencias y que, además de los fusilamientos, la cárcel o el exilio, también se cite una represión específica y simbólica hacia la mujer, que se materializó a través de la institución más longeva del franquismo», concluye la historiadora.

Sobre la autora
Carmen Guillén Lorente es doctora en Historia Contemporánea y profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM). Sus líneas de investigación se centran en la historia de la medicina y la historia de la sexualidad en la España contemporánea, con especial atención a la represión femenina y a los mecanismos institucionales de control del cuerpo de la mujer. Es autora de la primera tesis doctoral sobre el Patronato de Protección a la Mujer, reconocida en 2021 con el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en materia de violencia de género. En el ámbito de la divulgación, colabora habitualmente en programas de Radio Televisión Española como El condensador de Fluzo o La aventura del saber.
Para más información sobre la autora
Redimir y adoctrinar «El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)»


