Una de las tareas del ciudadano culto es reconciliarse con la imperfección del mundo.
«Verdades penúltimas» de Javier Gomá y Pedro Vallín. Una conversación extraordinaria entre dos amigos liberales que reflexionan juntos sobre el estado del mundo hoy. La narración de «Verdades penúltimas» (Arpa, 2024), se construye desde una consciencia deliberadamente incompleta de la realidad. El propio título anticipa su tesis central: no existen verdades finales, cerradas o absolutas, sino formulaciones provisionales que solo adquieren sentido en un contexto histórico, emocional y ético determinado.
La inevitable imperfección del mundo, el malestar generalizado, la indignación, la crisis de la democracia, la teoría de la conspiración y la teoría de la chapuza, la importancia de la dignidad del individuo, la difícil gestión del fastidio de existir… Javier Gomá y Pedro Vallín, dos personas de tan diferentes formación y ocupación, que se desempeñan en dos ámbitos de la escritura tan distantes y que manejan estilos de comunicación pública tan dispares, decidieron un día mantener una serie de charlas sobre las aristas del presente.
Verdades penúltimas es la literaturización de sus encuentros reales, la comedia ligera de una conversación escrita a cuatro manos en la terraza de un bar, desayunando en un Café o tomando unas cervezas en un elegante salón. Las cinco partes de este breve volumen resumen su mirada, proyectada desde ámbitos muy distintos de la experiencia del mundo, pero convergente, sobre un tiempo y un estado de las cosas claramente percibidos como peores de lo que son.
«Si la democracia liberal es el mejor momento de la historia, ¿por qué la gente está tan enfadada?». Esa es la pregunta que plantea el diálogo recogido en ‘Verdades penúltimas’, donde el filósofo Javier Gomá y el periodista Pedro Vallín debaten sobre la democracia y sus imperfecciones y el descontento que parece haberse propagado en la sociedad de hoy.
¿Si estamos tan bien, por qué nos sentimos tan mal? Primero, que el malestar es inherente a la condición moderna. La modernidad ha sustituido el concepto de felicidad por el concepto de dignidad y la dignidad es lo más excelente que tenemos, pero al mismo tiempo está más expuesta a la cosificación que nunca. Siempre la modernidad está asociada a una cierta angustia, un cierto nihilismo. La segunda causa de malestar procede, paradójicamente, de que el aumento del reconocimiento de la dignidad produce mucho más escándalo que antes. La tercera es que el descontento es también propio de la actitud general ante la cultura.
Polarización, populismo y posverdad. Un hombre o una mujer educada es una persona que se reconcilia con la imperfección del mundo. El mundo es provisional, penúltimo, imperfecto.
Y una de las grandes tareas del ciudadano culto es aprender a reconciliarse con la imperfección del mundo. Sin embargo, el corazón no educado de la ciudadanía tiende a mezclar los dos planos, el de la escatología interior y el del mundo exterior, y hacer de las instituciones instrumentos de salvación personal. Aspiras a que te hagan feliz, que te salven, que te rediman, que te hagan sentir bien, que te proporcionen una identidad, que te integren en un grupo. Es decir, convierte el mundo de las verdades penúltimas en verdades últimas.
Los «relatos de consuelo», que no son tan distintos de las «verdades últimas», cuando los ciudadanos esperan de las instituciones políticas cosas como la felicidad, la identidad, la salvación. Si tú le prometes a un ciudadano una administración ordinaria, pues quizá le parezca bien. Pero si le prometes la felicidad, la utopía, la perfección, la realización del idealismo, la creación de una identidad colectiva y personal, eso evidentemente moviliza mucho más.
Y crea una adhesión sentimental que para la política es muy importante. La política tiende a la dominación absoluta y la economía tiende al lucro infinito y que el momento ético tanto de la política como de la economía viene siempre de la ciudadanía ilustrada, que emite su voto y expresa su opinión en política y somete a las empresas a un referéndum cotidiano a través del mercado.
Las palabras tienen connotaciones. El optimismo tiene algo de declaración de la voluntad, de disposición interior ante la vida, y también tiene algo de pronóstico respecto al futuro. «Soy optimista» quiere decir que piensas que las cosas van a ir bien para ti o para la sociedad. La condición humana es frágil, mutable, caduca. No hay logro que no sea reversible. Todo puede ocurrir, incluso irnos por el desagüe. No hay una ley histórica que asegure el progreso. Pero si uno echa la vista atrás y ve los últimos 5.000 años, 1.500, 150, 25 años… se ha producido progreso moral y material, y eso te da cierta confianza en que hay una probabilidad de que la línea que se ha observado durante milenios continúe, que hay una inteligencia colectiva, de la especie humana, que tiende a la supervivencia, que quiere vivir y seguir viviendo, aun cuando a veces toma decisiones de enorme peligro que hacen posible la destrucción.
Para más información: arpaeditores.com
«Verdades penúltimas» de Javier Gomá y Pedro Vallín


