La regla crítica: Parresia. Recuerdo perfectamente el día que las palabras empezaron a fascinarme. Paseaba evitando el simple desplazamiento porque sí y me detuve delante de una fachada que tenía la piedra escondida por culpa de las invasoras placas de profesionales. Cuando leí ortodoncia grabada en el latón apresuré el paso para llegar a casa y preguntarle a mi padre si el culo tenía dientes. Y ahora mismo me quedo con eso, sin venir a cuento cuál fue su respuesta y cómo reaccionó mi madre cuando se enteró de lo que había sucedido.
Empecé a sufrir con la injusticia de castigar a una hermosa palabra con un significado poco agraciado y viceversa. Me imaginaba entrar en una floristería a pedir un ramo de estiércoles para regalar un día de San Valentin y esquivar las garrapiñadas que los perros plantan por las aceras.
Me llevaban los demonios cuando las mayúsculas sacrificaban las tildes, haciéndose las importantes y menospreciando las rayitas oblicuas. No lo entendía, de verdad, no lo entiendo, en serio, y no lo entenderé, os lo juro. Y, por si fuera poco, llegó el día en el que amputaron el santo palito al término que une las palabras, al que divide las sílabas y relaciona nuestros números, al que contiene diálogos, al que describe las acciones de una futura película y que ahora escribo como libreto para evitar su ausencia.
Es por eso y por mucho más que me gustan las siglas, por los siglos de los siglos, porque avalan la intimidad de mis sentimientos y la parresia de mis pensamientos. Me permiten leer silenciosamente ‘Déjanos En Paz’ en los funerales de los bribones y en las lápidas de los cabrones, o pensar callado eso de ‘Inútil, Necio, Roñoso, Imbécil’ ante la cruz de los bellacos, para no ser complaciente conmigo, para renunciar a la complacencia y despojarme de las máscaras de los hipócritas.
Parresia. La regla crítica de Carlos Penas.

