Cuando la política se pudre, hasta un robot huele a esperanza.
La corrupción nunca falla, es política de Estado. Los políticos salen cada mañana como si el mundo les debiera una ovación. Caminan erguidos, con el pecho inflado y la sonrisa de quien jamás ha pagado una ronda. Hablan de democracia, de valores, de futuro, mientras sus manos rebuscan en los bolsillos ajenos con la delicadeza de un carterista profesional. La corrupción ya no es un accidente, es su idioma materno, su nana de cuna, su religión sin santos pero con muchos altares donde quemar billetes.
Uno los mira y entiende que no se trata de individuos, sino de una especie entera que no reconoce su fracaso, una fauna resistente, capaz de sobrevivir a cualquier escándalo, a cualquier titular, a cualquier vergüenza. Son como cucarachas con corbata que puedes pisarlas, pero siempre aparece otra, más brillante, más sonriente, más entrenada para fingir que le importa algo más que su propio reflejo. Y mientras tanto, la gente sigue votando como quien juega a la lotería sabiendo que el premio está amañado.
Votar o rezar, la misma probabilidad de milagro.
Se habla de ideologías, de izquierdas, de derechas, de centros que no centran nada. Pero al final todos terminan en el mismo bar, brindando por el negocio del día, riéndose de los que aún creen en discursos y promesas. Así que no es extraño que algunos empiecen a fantasear con la idea de reemplazarlos por una inteligencia artificial sin ideologías, sin padrinos, sin necesidad de sobres ni favores.
Una máquina que no necesite posar para la foto ni besar bebés con la boca llena de promesas caducadas. Una máquina que no se corrompa porque no tiene bolsillos, ni primos, ni esa habilidad casi artística para desaparecer presupuestos enteros sin dejar rastro. Una máquina que, al menos, no pretenda ser algo que no es: no sonríe, no finge, no se indigna en televisión para luego pactar en un reservado con los mismos a los que decía odiar.
Y mientras ningún país ha tenido todavía el valor, o la miseria, de sustituir a sus políticos por algoritmos, ya hay gobiernos jugueteando con sistemas automáticos como quien prueba un veneno suave antes de decidir si beberse la botella entera. Les encanta hablar de “modernización”, “eficiencia”, “transformación digital”, cuando en realidad lo que buscan es una excusa para seguir sin asumir responsabilidades: si algo sale mal, siempre podrán culpar al algoritmo, igual que antes culpaban al becario.
Pero la idea está ahí, flotando en el aire como un insulto necesario, y dejar que una IA tome decisiones porque, al menos, no tiene la costumbre de mentir con una sonrisa ni de firmar contratos que huelen a gasolina y a maletín recién abierto. Una IA no se va de putas y compra farlopa con dinero público, no se compra un ático sospechoso, no se indigna selectivamente según el color del escándalo. Una IA no necesita justificar su existencia cada cuatro años con un mitin lleno de frases vacías y banderas recién planchadas. Quizá no sea perfecta. Pero comparada con la fauna que llevamos décadas soportando, hasta un algoritmo frío y sin alma parece un avance civilizatorio. Claro, también habría quien se escandalizara.
¿Cómo vamos a dejar decisiones humanas en manos de una máquina?
Como si las manos humanas hubieran demostrado ser especialmente fiables. Basta recordar que esas mismas manos de engendros humanos como Mao Zedon, el líder de la Revolución Comunista de China y que lidera el ranking con 78 millones de personas asesinadas, Josef Stalin el temible dictador que marcó el rumbo de la Unión Soviética con 23 millones de personas asesinadas, Adolf Hitler, líder de la Alemania nazi con 17 millones de personas asesinadas o incluso el Rey Leopoldo II de Bélgica con 15 millones de personas asesinadas, y muchos más de líderes humanos que nacieron mal,. todos ellos firmaron órdenes que arrasaron países enteros y que confundieron el poder con un derecho divino a triturar vidas. Y aun así, seguimos repitiendo el mantra de que “lo humano” es siempre mejor, como si la historia no estuviera llena de cadáveres que opinan lo contrario.
Quizá una IA no sea la solución perfecta. Nadie dice que lo sea. Pero al menos no bebería del mismo pozo turbio donde llevan décadas chapoteando los de siempre, desde los tiranos de manual hasta los corruptos de traje moderno que no necesitan campos de trabajo para arruinarte la vida: les basta un despacho, un sello y una sonrisa para la prensa. Una IA no tendría delirios de grandeza, ni sueños imperiales, ni esa pulsión tan humana de convertir el poder en un espejo donde solo se reflejan ellos mismos. No necesitaría purgas, ni propaganda, ni enemigos imaginarios para justificar su existencia. Y eso, en estos tiempos, ya sería un milagro.
La corrupción nunca falla, es política de Estado. Por Ernesto Delacalle.

