El pintor que convierte la tensión entre vida y muerte en un lenguaje propio.
Jeremy Mann: la verdad que arde en cada trazo. Había algo en la pintura de Jeremy Mann que recordaba a los hombres que saben mirar el mundo sin pestañear. No era un pintor que buscara adornos ni excusas. Pintaba como quien respira: con necesidad, con urgencia, con la certeza de que cada trazo debía decir algo verdadero. Había nacido en 1979, en Ohio, y desde temprano entendió que el oficio exige disciplina. Se graduó Cum Laude en Bellas Artes, y eso ya decía algo sobre su temple. Después se marchó a California, donde obtuvo un máster con honores de Valedictorian. Ese tipo de distinciones no se regalan. Se ganan con trabajo, con noches largas y con la obstinación de quien sabe que no hay otro camino.
Desde entonces, el mundo del arte lo ha mirado con atención. Críticos y coleccionistas lo han elogiado, y sus obras han aparecido en portadas de revistas que suelen reservar su espacio para quienes ya han demostrado que no tiemblan ante el lienzo. Nombres que pesan. Pero Mann no parece pintar para ellos. Ni para nadie. Su pintura tiene la cualidad de lo inevitable, como la lluvia que cae porque debe caer.

Trabaja sobre paneles de madera, medianos o grandes, y eso le da a su mano un terreno firme. La madera no perdona. Exige decisión. Y Mann la tiene. Usa herramientas que no siempre son las que uno esperaría en un estudio. Cualquier objeto puede servirle para dejar una marca: algo áspera, algo fina, algo que respire. Sus trazos pueden ser anchos y violentos, o delicados como el roce de una mano que no quiere despertar a quien duerme. Esa dualidad no es un accidente. Es su manera de decir que el mundo no es simple, que la belleza y la tristeza pueden convivir en el mismo gesto.
Fuerza, delicadeza y caos urbano en una obra que respira como un animal vivo
Sus colores son vivos, pero también atmosféricos. No buscan agradar. Buscan contar. Y Mann los usa con la madurez de quien ha visto suficiente para saber que la vida no es una sola cosa. Su creatividad no tiene fronteras. Fotografía analógica con cámaras caseras, cine, escritura. Todo le sirve. Todo lo empuja hacia adelante.

Ahora vive en Cataluña con su esposa. Allí, entre montañas y mar, ha encontrado un lugar donde pensar en lo que siempre lo ha inquietado: el equilibrio entre cosas que parecen opuestas pero no lo son. Vida y muerte. Belleza y tristeza. Amor e ira. Para él, no hay contradicción. Un árbol muerto se convierte en tierra, y esa tierra alimenta otra vida. Todo está conectado. Y ese sentido de equilibrio es la brújula que guía su mirada. En su obra, ese equilibrio aparece sin pedir permiso.
Pinceladas agresivas junto a otras suaves. Ira y ternura en el mismo cuadro. Como si Mann supiera que el corazón humano es capaz de contenerlo todo. A veces pinta paisajes para estudiar el color y la forma, y luego lleva ese conocimiento a sus figuras. La figura femenina ocupa un lugar especial en su trabajo. La ve como fuerza y delicadeza, belleza y tristeza. No como opuestos, sino como verdades simultáneas. Capturar esa complejidad es lo que lo impulsa.

En sus primeros años, pintó ciudades. No las ciudades limpias de los folletos turísticos, sino las reales: caóticas, húmedas, llenas de ruido y de una belleza que hay que saber encontrar. Veía en ellas la quietud dentro del caos. La humanidad avanzando, a veces destruyendo, a veces creando. Ese contraste lo obsesionaba. Y vuelve a él una y otra vez, como un pescador que regresa al mismo río porque sabe que allí hay algo que todavía no ha atrapado.
No todo lo que piensa se ve en su obra. Aún no. Pero eso no importa. El arte es un viaje largo, y Mann lo sabe. Algún día, quizá, todo estará ahí. Por ahora, basta con mirar sus cuadros y sentir que uno está frente a un hombre que pinta con la verdad de quien ha vivido, observado y comprendido que la belleza, como la vida, siempre exige valentía.
Para más información: jeremymann.com
Jeremy Mann: la verdad que arde en cada trazo. Por Mónica Cascanueces.

