Anatomía de una visionaria en estado de mutación.
Ingrid Baars: “Cirugía, misticismo y fuego”. Opera como si hubiese heredado un bisturí de luz negra. No corta imágenes, las desuella. No compone, injerta. Desde sus años en la Willem de Kooning Academy, cuando aún caminaba con la compostura de la ilustradora profesional, ya se intuía la grieta. Una grieta que en 2010 se abrió como un ojo reptiliano, abandonó lo comercial, quemó los puentes del encargo y se lanzó a un territorio donde la imagen no se produce, sino que se convoca.
Su lenguaje, ese collage fotográfico que la acompañó desde 1997, dejó de ser técnica para convertirse en organismo. En Face, Inside/Outside, Artist Lovers, las figuras no posan, vibran. Son cuerpos ensamblados con la precisión de un cirujano y la fiebre de un chamán. Baars no retrata, disecciona la identidad hasta que la identidad empieza a hablar sola, como un tótem que despierta en mitad de la noche.


Afrique: El sueño dértil de la carne negra.
En 2011, Baars se adentró en Afrique como quien entra en un templo sin permiso. No buscaba política, ni redención, ni discurso. Solo la atracción magnética hacia la estética de las mujeres negras y la libertad formal del arte africano clásico. Libertad para deformar, exagerar, expandir la figura humana sin pedir perdón. Libertad para romper la anatomía y reconstruirla como un dios antiguo.
Las mujeres negras son arquitecturas vivas, rostros tallados por la historia y la luz, se convirtieron en su materia prima, su combustible, su obsesión. Y entonces ocurrió lo inevitable: la obra empezó a devolver la mirada. Hombres y mujeres negras respondieron con emoción, con reconocimiento, con una intensidad que perforó el estudio de Baars como un eco ancestral. La artista comprendió que su fascinación no era inocente: era un puente. Un espejo. Un acto de afirmación involuntaria.


De ese choque nació Black Madonna, una reescritura iconográfica donde la Virgen María deja de ser un símbolo distante y se convierte en un cuerpo negro que llora. Lágrimas como cuchillas. Lágrimas que no imploran: denuncian. Lágrimas que revelan que la vulnerabilidad es una forma de poder, una grieta luminosa en la superficie del mundo.
El laboratorio alquímico y donde la artista se disuelve.
El proceso de Baars no es un método: es un trance. Moldear, doblar, construir, combinar, manchar, superponer. Una coreografía de manos que no obedecen a la mente, sino a una fuerza más antigua. “Me convierto en parte de ello”, dice. Y uno imagina la escena: la artista inclinada sobre sus fragmentos, respirando al ritmo de la imagen, dejándose poseer por la materia.

No hay reglas. No hay plan. Solo la búsqueda de una alquimia donde sujeto y creadora se funden hasta que ya no se distinguen. Hasta que la obra respira por sí misma. Hasta que la imagen reclama su autonomía y expulsa a la artista como un organismo que ha completado su metamorfosis. Lo que Baars produce no son retratos. Son entidades. Son diosas fractales, cuerpos híbridos, espectros que emergen del cruce entre memoria, deseo y ritual. Cada pieza es un altar. Cada rostro, un conjuro. Cada lágrima, una advertencia. Ingrid Baars no crea imágenes: convoca presencias. Y en ese acto , peligroso, febril, profundamente humano, revela una verdad que Burroughs habría celebrado: que el arte, cuando se atreve a mirar de frente, siempre es una forma de mutación.
Para más información: ingridbaars.com
Ingrid Baars: “Cirugía, misticismo y fuego”. Por Mónica Cascanueces.

