La prensa subvencionada descubre que en un club cannábico se consume marihuana y fiel a su liturgia de solemnidad absurda, convoca un debate nacional para descifrar el misterio de la literalidad.
Palma tiembla porque descubren marihuana en un club cannábico. Palma, ciudad de sol, turistas y de titulares que parecen escritos por un monje del siglo XII con miedo al orégano. “Tres detenidas por vender droga en un club cannábico”, vomita el titular, como si acabaran de desmantelar el cartel de Medellín en una tasca con sofá de Ikea. Qué valentía, qué heroicidad, el Grupo II de Estupefacientes de la UDYCO de la Policía Nacional irrumpió en el local y encontró… ¡gente fumando marihuana en un club cannábico! ¿Quién lo hubiera imaginado? ¿Qué será lo próximo? ¿Descubrir vino en una bodega?
El redactor, una pobre criatura traumatizada, parece haber escrito el artículo enfundado en guantes de látex y con una Biblia abierta por Levítico, como si cada palabra pudiera invocar plagas. Nos habla de “sustancias estupefacientes” con el tono de quien narra el Apocalipsis: ¡Oh, el horror! ¡El caos! ¡La decadencia! ¿Y qué más encontraron? ¿Aceite de hachís? ¿Líquido de THC? ¿Vapeadores? ¡Santo cielo, cuánta ignorancia!
Todo este despliegue de alarma por derivados del cannabis, una planta milenaria que no ha matado a nadie por sobredosis en la historia moderna, mientras las bebidas alcohólicas, perfectamente legales, siguen causando muertes, violencia y enfermedades con total normalidad institucional. Basta ya de tanta hipocresía: demonizar el THC mientras se brinda con gin-tonic es como condenar el fuego y aplaudir el incendio.
Y lo más irónico es que en España los clubes cannábicos llevan más de una década moviéndose en un limbo jurídico bastante conocido, asociaciones privadas, consumo compartido, autocultivo colectivo, un modelo tolerado siempre que se mantenga dentro de ciertos límites y sin ánimo de lucro. Sin embargo, leyendo al redactor, cualquiera diría que ha descubierto una secta prohibida en pleno ritual pagano.
El periodista, que probablemente confunde un grinder con un instrumento de tortura rescatado de un museo de la Inquisición, se obstina en convertir en epopeya lo que no es más que una escena rutinaria en cualquier ciudad europea con leyes elásticas y moral de quita y pon. “La incomodidad como estética”, diría algún teórico del caos urbano con pretensiones. Pero aquí la incomodidad no es estética, es puro desconocimiento envuelto en grandilocuencia, es ignorancia con placa, uniforme y una narrativa que se escribe sola y para colmo, todo este teatro involucra a la policía en una pérdida de tiempo monumental, desviando recursos públicos hacia una función casi ornamental.
Un operativo entero para perseguir humo, literal y metafóricamente, mientras los problemas reales y la corrupción política siguen creciendo sin que nadie los mire. Pero claro, resulta infinitamente más sencillo detener a tres empleadas que enfrentarse a un sistema podrido que lleva décadas oliendo a rancio y privilegio. Por lo visto es mucho más cómodo montar un operativo teatral que cuestionar las estructuras que realmente sostienen la podredumbre.
Así que brindemos por el titular, una joya de la comedia involuntaria. Y por el redactor, que probablemente cree que el THC es una secta satánica. Que siga escribiendo, que siga temblando. Nosotros seguiremos fumando, riendo y sobreviviendo.
Palma tiembla porque descubren marihuana en un club cannábico. Por John Headhunter.

