¿Cómo es ser parte de las mujeres pioneras en el graffiti?
Lady Pink: «Graffiti como latido y color como destino». Había una vez, porque toda historia que nace en los túneles del metro merece empezar así, una muchacha llamada Sandra Fabara, recién llegada desde Ambato, Ecuador, con siete años y un mundo entero por descifrar. Creció en Astoria, Queens, donde los trenes rugían como bestias metálicas y los muros parecían pedir a gritos una marca, un gesto, un nombre que los reclamara. Y ella, con el corazón roto por un novio adolescente, decidió escribir el suyo por toda la ciudad. No por despecho, sino por supervivencia. Por ese impulso primario que tienen los que sienten que el mundo se les queda pequeño.

Y así, en 1979, cuando aún era una estudiante de secundaria, empezó a pintar. No garabatos tímidos, no firmas escondidas: murales enormes, vivos, feroces, que se deslizaban por los vagones del metro como serpientes de color. Figuras femeninas que parecían escapar de un sueño febril, colores brillantes que ardían contra el gris industrial de Nueva York, y siempre, siempre, las letras PINK, como un latido, como un manifiesto.
Porque Pink no era solo un nombre. Era una declaración. Una bandera. Un rugido suave pero implacable: soy una chica y estoy aquí, en este territorio que decís que no es para mí.
Lady Pink: realeza de los túneles, emperatriz de los muros
Eligió llamarse Lady Pink como quien se corona a sí misma en un acto de pura voluntad. No por vanidad, sino por romanticismo. Por ese amor suyo a Inglaterra, a los romances históricos, al período victoriano, a la aristocracia que se paseaba por salones dorados mientras ella reinaba en los pasillos mugrientos del metro. Le gustaba cómo la “L” se estiraba como un brazo elegante y cómo la “I” podía rematarse con un corazón. Era una reina sin castillo, pero con trenes enteros como corte.

Mientras otros artistas se escondían tras nombres duros, casi bélicos, ella eligió la suavidad como arma. Y funcionó. Porque en un mundo dominado por chicos que competían por territorio, Lady Pink irrumpió con una fuerza distinta: la del color, la del gesto decidido, la del trazo que no pide permiso.
Estudió en la Manhattan High School of Art and Design, donde el graffiti dejó de ser solo desahogo y se convirtió en lenguaje. En su último año ya exponía obras, equilibrando la vida personal con la vida clandestina, como si llevara dos ciudades dentro: la oficial y la secreta.

Y en esa doble vida, en esa danza entre lo permitido y lo prohibido, se convirtió en pionera. Una de las primeras mujeres en reclamar un espacio en la subcultura del graffiti del metro de Nueva York. La llamaron “la primera dama del grafiti”, pero ella sabía que no era una dama de salón: era una guerrera de aerosol.
Hermandad, rebeldía y el eco eterno de las letras PINK
A finales de los 70 y principios de los 80, Nueva York era un hervidero de ideas, rabias, sueños y contradicciones. Allí coincidieron Lady Pink y Jenny Holzer, dos fuerzas distintas que entendieron que el espacio público era un lienzo, un campo de batalla y un poema al mismo tiempo. Holzer pegaba textos que mordían; Pink pintaba imágenes que ardían. Cuando se conocieron en 1982, algo hizo clic. Juntas crearon obras donde palabra e imagen se abrazaban como dos trenes cruzándose en la noche.

Lady Pink siguió pintando murales, siguió usando el graffiti como acto de rebeldía, como autoexpresión, como empoderamiento. “No es solo un club de chicos. Tenemos una hermandad”, dijo alguna vez. Y esa frase vibra como un mantra para todas las que vinieron después. Porque Lady Pink no solo pintó muros: abrió puertas. No solo firmó trenes: firmó un destino. No solo escribió su nombre: escribió una genealogía.
Hoy su obra sigue viva, vibrante, expansiva. En museos, en calles, en la memoria de quienes entendieron que el arte urbano no es vandalismo, sino una forma de respirar más fuerte. Y en cada trazo, en cada figura femenina que mira de frente, en cada explosión de color, late todavía aquella chica de Queens que decidió coronarse a sí misma. PINK. Siempre PINK.
Para más información: ladypinknyc.com
Lady Pink: «Graffiti como latido y color como destino». Por Mónica Cascanueces.

