La niña que aprendió a mirar
El nuevo surrealismo con pulso propio de Rachel Romano. Empezó a mirar antes de empezar a pintar. Eso es lo que importa. A los siete años caminaba junto a su padre —un poeta que sabía escuchar el silencio de los museos— por los pasillos del Met. Allí aprendió que las historias no siempre se cuentan con palabras. A veces se cuentan con sombras, con manos que tiemblan en un lienzo, con un gesto detenido para siempre. Aquellas visitas fueron su primera escuela. No había teoría, solo la respiración lenta de los cuadros y la voz tranquila del padre que le enseñaba a ver.
Muchos años después, cuando ya había probado oficios que no eran suyos —publicidad, arquitectura, diseño de paisajes—, comprendió que la vida la había llevado demasiado lejos de aquella niña que miraba. Fue entonces cuando buscó un regreso. Lo encontró en los talleres intensivos de Tim Hawkesworth, donde el trabajo era duro y honesto, y donde uno debía enfrentarse a sí mismo sin excusas. Allí Rachel dejó de lado la precisión del diseño y recuperó la urgencia del sentimiento. Aprendió a escuchar su voz interior, esa que había quedado enterrada bajo años de profesiones ajenas. Y cuando la escuchó, supo que ya no podía volver atrás.


En 2015 tomó la decisión que cambia una vida: dedicarse por completo a la pintura. No a cualquier pintura, sino a una que naciera de la memoria, de la imaginación, de ese territorio donde las emociones se vuelven imágenes antes de volverse palabras. Así se convirtió en una pintora figurativa del Nuevo Surrealismo, una narradora que no escribe cuentos, sino que los deja arder en la superficie del lienzo.
El oficio de transformar la vida en imagen.
Rachel trabaja como trabajan los que no temen equivocarse: con varias pinturas abiertas al mismo tiempo, dejando que cada una respire, que ninguna se vuelva demasiado preciosa. Sabe que el óleo es un compañero exigente, pero también un aliado fiel. Permite borrar, rehacer, cambiar de rumbo sin pedir permiso. “Es importante no tener miedo”, dice ella. Y uno entiende que no habla solo de pintura.
Sus obras pasan por muchas iteraciones. Nada se resuelve al principio. El primer desbaste es vigoroso, casi brutal. Luego vienen las capas, las dudas, los cambios de dirección. El proceso es largo, pero no es un laberinto: es una búsqueda. Y en esa búsqueda, Rachel encuentra la historia que quiere contar.

La suya es una pintura que nace de la adversidad, de la fortaleza, de la resiliencia. No solo la suya, sino la de todos. Observa a la gente —su risa, su tristeza, su amor— y en esas grietas encuentra la materia prima de su obra. Por eso sus cuadros tienen algo de mito personal, algo de confesión y algo de espejo. Quien los mira siente que hay un relato escondido, uno que no se impone, pero que insiste.
Hay en sus figuras un eco del Renacimiento del Norte: la precisión emocional, la luz que parece venir de un lugar que no es del todo real, la quietud que esconde un temblor. Pero también hay un colorido vibrante, casi inesperado. Rachel dice que es su subconsciente compensando los elementos más oscuros que habitan en sus pinturas. Como si la alegría del color fuera una forma de suavizar el golpe, de recordarnos que incluso en la sombra hay un resplandor posible.


La pintora que abre puertas a otros mundos.
Hoy, Rachel trabaja desde su estudio en Coatesville, a las afueras de Filadelfia. Sus obras viajan más que ella: Miami Art Week Art Basel, Santa Fe, Albany, Chelsea, Wilmington, Reading, Lancaster, Francia. También aparecen en revistas, blogs, entrevistas, directorios. Su cuaderno de bocetos descansa en la colección permanente de la Sociedad Histórica de Pensilvania, como si alguien hubiera querido preservar no solo su obra, sino su manera de pensar.
Pero nada de eso parece importarle tanto como una idea sencilla: que quien mire sus pinturas pueda ser llevado “a otro lugar” dentro de su propia historia. Ese es su verdadero oficio. No pintar mundos, sino abrirlos. No contar su vida, sino despertar la del otro.
Y eso, al final, es lo que hace grande a un artista. No la fama, no las exposiciones, no los premios. Sino la capacidad de mirar la vida —la propia y la ajena— y transformarla en algo que nos acompañe cuando ya no sabemos qué decir.
Para más información: rachelromanofineart.com
El nuevo surrealismo con pulso propio de Rachel Romano. Por Mónica Cascanueces.

