Mirar hondo aunque duela
La belleza incómoda de Gregory Malphurs. La mayoría de la gente mira las cosas como quien hojea un periódico viejo: sin ganas, sin fe, sin la mínima intención de descubrir algo que pueda cambiarles la vida. Pero Gregory Malphurs no pertenece a esa mayoría domesticada. Él entiende —como pocos— que la audacia de mirar profundamente es la base de la creatividad, que el verdadero arte empieza cuando uno se atreve a meter la mano en la herida y palpar lo que hay debajo. Y casi siempre lo que hay debajo es incómodo, contradictorio, invisible para los ojos que prefieren la superficie.
Su obra es una especie de receta de deconstrucción emocional: colores que se rompen, historias que se deshacen, inspiraciones que se mezclan como si alguien hubiese decidido cocinar la vida misma en una olla demasiado pequeña. Cada pieza parece un fragmento arrancado de un rompecabezas que nunca estuvo completo, pero que aun así insiste en contarnos algo. Y ahí está la trampa: la vida también es eso, un montón de pedazos que intentamos ordenar mientras fingimos que sabemos lo que hacemos.
Malphurs no finge. No le interesa la pose del artista iluminado ni la comodidad del trazo perfecto. Él trabaja desde dentro hacia fuera, como si cada cuadro fuese una confesión arrancada a la fuerza. Y en esa confesión aparece un vínculo universal: la lucha personal, la sensación de estar siempre un poco rotos, un poco perdidos, un poco jodidos. Pero también aparece la obstinación de seguir adelante, de intentar comprender los fragmentos aunque nos corten los dedos.



El arte como campo de batalla.
Hay artistas que pintan para decorar paredes. Otros pintan para demostrar que saben pintar. Gregory pinta para sobrevivir. Y eso se nota. Su obra es un campo de batalla donde la introspección se mezcla con la fragmentación, donde la complejidad del ser humano se vuelve un animal que respira, gruñe y exige atención. No hay nada complaciente en sus retratos: son rostros que se desarman, cuerpos que se quiebran, identidades que se tambalean como borrachos a las tres de la mañana.
Pero no es un caos gratuito. Es un caos honesto. Un caos que reconoce que la vida es conflicto, que nadie sale ileso de sí mismo, que todos cargamos con un montón de inseguridades que tratamos de esconder bajo capas de normalidad. Gregory, en cambio, las expone. Las ilumina. Las convierte en materia prima. Y al hacerlo nos obliga a mirarnos en un espejo que no perdona.
Intuitivamente, parece empujado por una necesidad casi animal de desafiarse, de ir más allá, de no aceptar nada tal cual viene. Como si cada obra fuese un recordatorio de que conformarse es una forma lenta de morir. Él cava, excava, perfora. Busca en los rincones que la mayoría evita. Y lo hace con una sinceridad brutal, sin maquillaje, sin anestesia.



Su misión —si es que un artista puede tener una misión sin sonar pretencioso— es permitirnos abrazar nuestras inseguridades sin juicio. Decirnos, con un gesto, con un trazo, con una figura que se deshace: “sí, estamos todos jodidos, pero estamos haciendo lo mejor que podemos.” Y hay algo profundamente humano en esa declaración. Algo que se siente más verdadero que cualquier discurso motivacional.
Lo que se ve y lo que no.
Gregory vive y trabaja en Los Ángeles, esa ciudad donde la gente corre desesperada por parecer perfecta mientras se desmorona por dentro. Tal vez por eso su obra tiene esa cualidad de radiografía emocional: no se queda en la piel, atraviesa la carne y llega al hueso. Explora nuevas formas de abordar la pintura y el dibujo figurativos, trastocando el retrato tradicional hasta convertirlo en un mapa de tensiones internas.
Le interesan las historias que yacen bajo la superficie, esas que no se cuentan pero se intuyen. Y ahí es donde su trabajo se vuelve necesario. Porque nos recuerda que lo visible es apenas una excusa, un envoltorio. Lo real —lo que duele, lo que pesa, lo que nos define— suele estar escondido.
Mirar más allá de lo ordinario no es un lujo. Es una condena. Pero también es la única forma de encontrar algo parecido a la verdad. Y Gregory Malphurs, con su obra fragmentada, visceral y luminosa en su oscuridad, nos obliga a mirar. Nos guste o no.
Para más información: gregorymalphursart.com
La belleza incómoda de Gregory Malphurs. Por Mónica Cascanueces.
