Jeringas y dioses: Frankenstein en Silicon Valley
La biotecnología no se conforma con curar, aspira a rediseñar. Miré por la ventana de este cuarto mugriento. Afuera, la ciudad ruge con gente que cree que va a alguna parte, pero todos terminan en el mismo hoyo. Ahora dicen que la biotecnología va a arreglar eso. Dicen que van a robarle el fuego a los dioses, otra vez. Prometeo fue un idiota; le dio el fuego a los hombres y lo único que hicieron fue asar carne y quemarse los unos a los otros.
Ahora los laboratorios son el nuevo Olimpo. Tipos con batas blancas juegan a ser dios con un microscopio y una jeringa. Dicen que el código genético es como el guion de una mala película que puedes editar. CRISPR, lo llaman. Un nombre que suena a cereal crujiente, pero lo que hace es cortar y pegar la vida como si fuera un poema mediocre de un taller literario. Jennifer Doudna tuvo pesadillas con Frankenstein. Debería tenerlas. Mary Shelley ya lo sabía: cuando fabricas un hombre, fabricas un monstruo que luego te pide cuentas.
El filósofo Hans Jonas se puso serio y dijo que rompimos el pacto con la naturaleza.
Ya no queremos curar un resfriado o una pierna rota; queremos rediseñarnos. Queremos ser deportivos de lujo en lugar de cacharros oxidados. Pero el óxido es lo que nos hace reales. Sloterdijk habla del homo geneticus. Yo solo veo a tipos que tienen miedo de que se les apague la luz. Quieren una «modernidad interior», dominar sus propias tripas. Heidegger decía que la técnica lo vuelve todo un recurso disponible. Ahora nosotros somos el recurso. Carne, células, datos. Un inventario en una estantería de Silicon Valley.
Esos profetas del transhumanismo en California me dan ganas de vomitar. Peter Thiel y sus apóstoles quieren «curar la muerte». Dicen que morir es un fallo técnico, un error de software. ¡Qué soberbia! La muerte es lo único que le da un poco de dignidad a este desastre. Si supieras que vas a vivir para siempre, te pasarías los primeros mil años rascándote el ombligo y los siguientes diez mil deseando un balazo en la sien. Harari dice que ya no buscamos salvación, sino actualización. Como si fuéramos un maldito sistema operativo. «Humanidad 2.0: ahora con menos arrugas y cero remordimientos».
Hannah Arendt tenía razón: al intentar conquistar el cielo, estamos perdiendo la tierra bajo los pies.
La finitud es lo que hace que un beso bajo la lluvia o un trago de vino antes de dormir significiquen algo. Si el tiempo es infinito, nada tiene valor. El interés se diluye en la eternidad. Nietzsche anunció la muerte de Dios, pero no nos dijo que en su lugar se sentaría un ingeniero genético con complejo de inferioridad. El Übermensch no era esto; no era un tipo con la sangre filtrada y el ADN reprogramado para no sentir dolor. El dolor es el recordatorio de que todavía no te han derrotado del todo.
Prometeo terminó encadenado, con un águila dándose un festín con su hígado cada bendito día. Regeneración perpetua. Eso es la biotecnología: el castigo de durar siempre en el mismo infierno. Queremos borrar la frontera entre vivir y diseñar. Agamben dice que la vida se vuelve un objeto de gestión. Yo digo que nos estamos convirtiendo en nuestros propios laboratorios.
La perfección es para los muertos. Simone Weil sabía que lo bello es finito. Una flor de plástico dura para siempre y no vale nada. Una rosa se pudre y te rompe el corazón; por eso es importante. Si la biotecnología nos quita la fragilidad, nos quita la poesía. Nos queda un algoritmo eficiente, una máquina que respira pero no siente el peso de los años.
Prometeo robó el fuego para que no muriéramos de frío, no para que dejáramos de morir. Al final, la sabiduría es aceptar que somos carne de cañón y, aun así, brindar por el siguiente minuto. La verdadera inmortalidad no está en un tubo de ensayo, sino en la intensidad de este trago antes de que se apague la lámpara.
Salud, por la muerte. Ella es la que nos mantiene vivos.
La biotecnología no se conforma con curar, aspira a rediseñar. Por Ernesto Lacalle.

