En el interior casi secreto de un baño convertido en sala de exhibición, Inés Silvalde dispone sus piezas como si fueran restos de una conversación que nadie recuerda haber empezado.
Inés Silvalde y el arte como interpretación del libre albedrío. El azulejo frío devuelve una luz honesta, sin concesiones, y allí aparece la tensión silenciosa que sostiene toda la serie: un pensamiento despeinado como un cuento escuchado en el parque vagando en un banco viendo los arboles e intentando desconectar de los quehaceres habituales diarios.
No hay gritos, o quizás sí, los oyes, no hay gestos excesivos si no les prestes atención; solo una acumulación de signos mínimos, de huellas que hablan del desgaste, es que vivir desgasta y cuestionar la existencia también. Porque el juego no solo significa competir es también aprendizaje de poner al tablero responsabilidades y egos, adaptaciones o aceptaciones hasta de repente perderse y olvidar el significado o el valor de la creación inspiradora de lo esencial y convertirse en algo distinto, una mota orgánica simple programada de no cuestiona nada.



La serie Huele a quemado, como si algo se hubiera consumido sin llamar la atención, como si la ambición hubiera pasado demasiado cerca del cuerpo. La artista insiste en ese umbral íntimo, en ese lugar donde lo cotidiano revela su violencia discreta.
Petit Palace Santa Bárbara de Madrid donde se celebró Hybrid Art Fair 2026 deja de ser un espacio funcional para convertirse en escenario de la libertad de creación de la verdad incómoda teniendo en cuenta que no existe la verdad incomoda, la misma perturbación que genera el constructo social. Un país es un invento, de que verdad hablamos entonces, una verdad opresora canónica o dogmática de la que hemos aprendido demasiado bien a sobrevivir dentro de sus las reglas hasta el momento de anularnos en favor del pensamiento de la cordura común.
El juego no es solo una distracción ni un paréntesis de la vida social: es una de sus estructuras fundamentales. Antes incluso de la ley, la ciudad o la cultura, el juego es un espacio de ensayo donde se ponen en práctica reglas, roles, jerarquías, premios y exclusiones. Jugar implica aceptar un marco común, un orden compartido que solo existe mientras quienes participan reconocen sus reglas y asumen su carácter provisional.

El mundo, de Shakespeare y Calderón a Debord, funciona como un espectáculo en el que cada individuo entra en escena y juega.
Las obras reunidas en esta exposición parten de esta premisa para pensar el presente que hoy como fugaz instantáneo ni si quiera deja huella, se deshace como un efervescente. No tiene sustancia por la ausencia del poso del tiempo, la dichosa experiencia y el juego se convierte como algo exclusivamente infantil donde la reacción cuenta más que la razón.
Volviendo a la exposición, dentro de este espacio donde conviven en una habitación muñecos humanos, mundos maleables, arquitecturas de juego, escenas de feria y escaparates de juguetes; en todos ellos late una intuición común: la de que algo está agotado, como si este juego hubiera perdido su sentido por la distorsión o el sabotaje de sus reglas.
Si vivimos en una sociedad que tiene como ídolos a los personajes del papel couché, Inés Silvalde los retrata. Crudos, intencionadamente feos e incluso ridículos. Logra que esa crudeza tenga demasiado interés como para querer buscar algo “bonito”.


Y sin embargo, en cada pieza persiste una fisura, una posibilidad de desvío, como si aún fuera posible desaprender el impulso, o al menos reconocerlo. Inés Silvalde no ofrece respuestas, pero deja encendida una sospecha, que bajo la superficie limpia de lo cotidiano siempre hay algo ardiendo, algo que no termina de apagarse. Y quizá en ese resto incandescente donde se cifra la experiencia, en esa mezcla de cansancio y deseo que no se nombra.
Las piezas respiran una intimidad inquietante, como si hubieran sido encontradas después de un incendio doméstico, cuando todo parece intacto pero algo esencial ya no está. Así, el espectador entra y sale sin darse cuenta de que también participa, de que también aprende a mirar según esas reglas invisibles. Y al marcharse, tal vez conserve en la piel un leve olor a humo, una memoria tenue de aquello que sigue ardiendo, aunque nadie lo diga.
Para más información: casadasperitas.com
Inés Silvalde y el arte como interpretación del libre albedrío

