El peligro real no es el jefe tóxico, sino quien le ríe las gracias.
El auge del lameculos en tiempos de “me gusta”. Había visto muchos tipos en los bares, pero ninguno tan triste como el pelota. Ese espécimen que se arrastra sin que nadie se lo pida, que lame botas como quien bebe agua: por pura costumbre, por miedo, por hambre de algo que nunca sabrá nombrar. Lo ves en la oficina, en el colegio, en la política, en cualquier rincón donde alguien tenga un gramo de poder y otro idiota esté dispuesto a inclinar la cabeza para que lo pisen con cariño.
El pelota no piensa, no duda, no respira por sí mismo. Solo espera el gesto del amo, el guiño, la palmadita. Cambia de opinión más rápido que un borracho cambia de bar. Aplaude ideas que no entiende, defiende tonterías que lo dejan en ridículo, pero sonríe igual, porque su negocio no es la verdad, sino la conveniencia. Y en esos lugares donde el poder se concentra como el humo en un cuarto sin ventanas, el pelota florece. Es su hábitat natural. Allí donde cuestionar cuesta caro, él prospera.
El peloteo, enemigo de la crítica.
Dicen que ya en la Grecia antigua los filósofos los despreciaban. Claro que sí. Diógenes prefería a los cuervos antes que a los aduladores. Los cuervos, al menos, esperaban a que murieras. El pelota empieza a devorarte en vida. Locke también les tenía tirria: sabía que la adulación hincha el ego del poderoso hasta volverlo peligroso. Y tenía razón.
Basta mirar alrededor: líderes mediocres rodeados de risas falsas, jefes inseguros que solo toleran espejos que les devuelvan una imagen bonita.
El problema es que el peloteo no solo corrompe al pelota. Pudre el aire entero. Mata la crítica, asfixia la conversación honesta, convierte los trabajos en madrigueras de miedo. Y lo peor es que funciona. Por eso sigue vivo.Quizá por eso ahora la gente busca validación en cualquier parte: en redes sociales, en máquinas que responden bonito, en cualquier cosa que les diga que tienen razón. Pero la verdad es otra: sin crítica no hay nada. Solo un montón de pelotas girando alrededor del vacío, esperando que alguien les diga que existen.
El auge del lameculos en tiempos de “me gusta”.Por Ernesto Lacalle.

