El hombre que domó al pincel y luego lo mandó al infierno.
Escucha, el mundo está lleno de tipos que dicen ser artistas porque se compraron una boina y tienen resaca. Pero luego están los que cargan con el peso de la técnica como si fuera un saco de carbón por un callejón oscuro. Dave Lebow es uno de esos. Nació en Oklahoma, en 1955, un lugar donde el viento te arranca la piel si no tienes cuidado.
El tipo no se lanzó al lienzo sin munición. Se fue a la Universidad de Boston a por el BFA, y luego acabó en CalArts sacándose un MFA en Animación Experimental. Me lo imagino allí, rodeado de tipos que creen que el arte es un sentimiento etéreo, mientras él se dedicaba a aprender cómo se mueve un cuerpo, cómo cruje un hueso bajo la luz. Estudió con Harry Carmean y Glenn Vilpuu en Los Ángeles; tipos que saben que si no conoces la anatomía, tus personajes parecerán sacos de patatas mojadas.
Y no se detuvo. Se fue a Nueva York, a la Art Students League. Allí se codeó con las sombras de Robert Beverly Hale y David Leffel. Estudió con Burton Silverman. Estaba aprendiendo los trucos de los viejos maestros, refinando el pincel mientras el resto del mundo se dedicaba a tirar pintura a la pared y llamarlo «genio».



El desvío y el regreso
En el año 2000, Dave decidió que la pintura no era suficiente, o quizá es que el hambre apretaba, y se metió en la animación. Estuvo allí casi una década, moviendo dibujos para que otros se entretuvieran. Pero el lienzo siempre te espera, como una mujer que sabe que vas a volver cuando se te acabe el dinero del bar. En 2009, mandó todo al infierno y volvió a pintar a tiempo completo.
Pero ya no era el mismo. Algo se había roto o se había arreglado. Se volvió imaginativo, surrealista, expresivo. Empezó a pintar esas cosas que ves cuando cierras los ojos después de la quinta cerveza: narrativas que te muerden la nuca, historias que no necesitan palabras porque el color ya está gritando.


De Santa Fe a París
Su obra no se quedó en un garaje acumulando polvo. Estuvo en Southwest 90 en el Museo de Bellas Artes de Santa Fe. Y cruzó el charco hasta París, al Museo Halle Saint Pierre, para la exposición HEY! Modern Art & Pop Culture. Imagínatelo: un tipo de Oklahoma enseñando a los franceses cómo se ve el surrealismo de verdad, sin pretensiones, solo con la fuerza bruta de una técnica impecable puesta al servicio de los sueños (o de las pesadillas).
Lebow no pinta flores bonitas para que combinen con tu sofá. Pinta narrativas. Pinta mundos donde lo imposible se toma una copa contigo. Es un pintor representativo, sí, pero lo que representa es ese rincón extraño de la mente humana que la mayoría prefiere ignorar.

Al final del día, solo importa si el cuadro tiene pulso. Y el de Lebow lo tiene. Es un tipo que sabe que para romper las reglas, primero tienes que dominarlas hasta que te sangren los dedos. Pasó por las mejores escuelas, aprendió de los mejores nombres, y luego lo tiró todo a la hoguera para crear su propio incendio.
No me hables de inspiración. Háblame de Dave Lebow sentado frente al caballete en 2009, después de años de animación, redescubriendo que un pincel es la herramienta más peligrosa del mundo si sabes cómo empuñarla. Oklahoma, Boston, CalArts, Nueva York… todo eso fue solo el entrenamiento para el combate real. Y ahora, sus cuadros están ahí fuera, esperando a que alguien tenga el valor de mirarlos a los ojos. Salud por eso.
Para más información: davelebow.com
Por Mónica Cascanueces.

