Sudáfrica como escenario, la mente como frontera.
Nunca pensé que en el extremo sur del mundo, allí donde la luz cae como un mazo y las carreteras se estiran hasta perder la memoria, encontraría a un tipo que no fotografía personas, ni animales, ni habitaciones, sino la electricidad invisible que vibra entre ellos.
Pero así es Roger Ballen, este neoyorquino del 50 que se fue a Johannesburgo como quien se mete en un sueño y decidió no salir jamás. Y menos mal, porque de ese sueño, o pesadilla, según quién mire, ha sacado un universo entero hecho de líneas torcidas, paredes que murmuran y criaturas que parecen escapadas de un cuento que nadie se atrevió a escribir. Ballen no documenta, invoca. No retrata, desentierra. No ilumina, rasga.



Objetos que hablan, animales que observan.
Y mientras lo hace, uno siente que está viendo algo que no debería ver, pero que tampoco puede dejar de mirar. Como cuando vas en un coche a 140 por la autopista y sabes que deberías bajar la velocidad, pero el motor ruge, la noche es joven y el mundo parece por fin alinearse contigo.
Dicen que su obra es “oscura”. Él se ríe. Oscuro es un sótano sin salida. Lo suyo es sombra, y la sombra, dice, es más honesta que la oscuridad, porque no oculta, solo revela lo que la luz no quiere admitir. Y tiene razón. Las sombras de Ballen no son maldad, son verdad. Son ese rincón de la mente donde guardamos lo que no encaja en la foto familiar, lo que no se sube a Instagram, lo que no se confiesa ni en noches de whisky barato.
Desde los setenta, este tipo ha recorrido Sudáfrica como un explorador de interiores, metiéndose en casas donde las paredes parecen respirar, donde los objetos tienen más personalidad que los humanos, donde los animales —gallinas, ratas, perros— actúan como testigos silenciosos de un teatro que solo él sabe dirigir. Y ahí, en ese caos ordenado, Ballen construye escenas que no son reales pero tampoco inventadas. Son verdades paralelas, ficciones documentales, o documentales ficticios, qué más da. Lo importante es que funcionan como espejos deformantes que, al final, devuelven una imagen más precisa de nosotros mismos.

Su libro Ballenesque, una especie de autobiografía visual, es un viaje cronológico por cuatro décadas de obsesiones, hallazgos y mutaciones.
No es un catálogo, es un mapa mental. Un mapa donde cada fotografía es una estación, un desvío, un túnel, un accidente. Y en cada parada, Ballen se desnuda un poco más, no para contarnos quién es, sino para mostrarnos cómo ve. Y vaya si ve. Ve lo que otros pasan por alto, lo que otros temen, lo que otros esconden debajo de la alfombra. Ve el alma de los objetos, la geometría del caos, la poesía de lo roto.
Lo que más me fascina —y créeme, he visto cosas en la carretera que harían temblar a un cura— es cómo logra que todo parezca simultáneamente espontáneo y coreografiado. Como si la vida misma hubiera decidido posar para él. Como si las sombras se hubieran puesto de acuerdo para contarle un secreto.



Ballen no busca belleza, pero la encuentra. No busca sentido, pero lo fabrica. No busca aprobación, pero la obtiene. Y mientras lo hace, nos obliga a mirar hacia dentro, hacia ese lugar donde guardamos nuestras propias sombras. Porque al final, eso es lo que su obra nos recuerda: que todos llevamos un sótano dentro, y que quizá no sea tan terrible encender la linterna y bajar las escaleras.
Roger Ballen no fotografía Sudáfrica. Fotografía la condición humana. Y lo hace con la crudeza de un poeta sin miedo, con la precisión de un cirujano del subconsciente, con la intensidad de un motor V8 a punto de reventar. Y si eso es “oscuro”, entonces bendita sea la sombra.
Para más información: rogerballen.com
Un fotógrafo llamado Roger Ballen que conversa con las sombras. Por Mónica Cascanueces.


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