Platón, pobre hombre que se imaginó un Estado gobernado por sabios.
Ministros, masas ignorantes y otras criaturas que viven del WiFi. Sabios de verdad, no de esos que hoy confunden la filosofía con un hilo de X y la virtud con un filtro de Instagram. En La República, el viejo griego soñaba con gobernantes que hubieran salido de la caverna. Nosotros, en cambio, tenemos ministros que no solo siguen dentro, sino que además retransmiten su estancia en directo, con música de fondo y hashtags motivacionales.
Porque ahora el poder no se ejerce: se postea. El ministro moderno no gobierna, influye. O eso cree. Lo ves ahí, con su traje recién planchado y su cerebro de chorlito en modo ahorro de energía, grabando un vídeo vertical donde anuncia medidas importantes mientras hace morritos. “Aquí, trabajando por vosotros”, dice, mientras su community manager le indica desde fuera de plano que repita la toma porque el ángulo no favorece.
Y por si no fuera suficiente con su exhibicionismo digital, ahora también se han descubierto prescriptores culturales. Recomiendan libros que no han leído, música que no escuchan y películas que jamás verán. “Este ensayo me ha cambiado la vida”, dicen, sosteniendo un libro que aún huele a librería. “Escucho mucho jazz últimamente”, añaden, mientras en sus auriculares suena reguetón del barato. Pero claro, hay que parecer profundo, aunque la profundidad sea la de un charco.
Mientras tanto, las masas, esas que Platón quería educar, siguen ahí, entretenidas con pintadas en estatuas y debates sobre si hay que prohibir películas antiguas porque ofenden a alguien que aún no ha nacido. Y entre tanto ruido, aparece una pintada sobre Churchill que dice: “La ignorancia de las masas es la principal fuerza de los (malos) gobernantes”. Qué ironía: la frase más lúcida del mes escrita con spray barato.
La ignorancia, esa vieja amiga del poder.
Bolívar ya lo dijo: “Por la ignorancia nos han dominado más que por la fuerza”. Y hoy ni siquiera hace falta fuerza: basta con un vídeo viral, un titular alarmista y un par de ministros-influencers bailando para “acercarse a los jóvenes”. El miedo hace el resto. El miedo y la pereza, que son como dos perros fieles que siempre vuelven cuando los llamas.
En lugares donde la pasividad es deporte local, la complicidad se disfraza de resignación. “Un pueblo que elige corruptos no es víctima, es cómplice”, dicen. Pero claro, es más fácil darle like a un ministro que leer un informe. Más cómodo compartir un meme que exigir responsabilidades. Más divertido ver a un político recomendando libros que abrir uno.
Y mientras tanto, el poder, el de verdad, el que no necesita filtros, sigue haciendo lo que siempre ha hecho, controlarlo todo. Orwell lo explicó mejor que nadie:
«El poder no quiere tu bienestar, quiere tu obediencia. Y si para eso tiene que disfrazarse de influencer simpático, lo hará. Si tiene que recomendarte un libro, te lo recomendará. Si tiene que bailar, bailará. El objetivo no es gobernar, es entretenerte lo justo para que no pienses demasiado.
Por eso, quizá lo más subversivo que queda es leer, pensar, dudar y salir de la caverna sin hacer un directo. Porque la ignorancia es cómoda, sí, pero también es el alimento favorito de los tiranos. Y ya va siendo hora de ponerlos a dieta.
Ministros, masas ignorantes y otras criaturas que viven del WiFi. Por Ernesto Delacalle

