La psique convertida en carne, flores y memoria.
Los retratos que se deshacen de Rafael Silveira. Las figuras que aparecen en los “Desretratos” parecen vivir en un territorio donde lo humano y lo vegetal se confunden sin pedir permiso. No posan. No sonríen. No buscan agradar. Están ahí, quietas, mientras algo dentro de ellas se abre paso hacia afuera. La piel se hunde, la ropa se derrite, y de esas grietas brotan flores, ramas, pétalos que tiemblan como si respiraran. No hay dramatismo en esa transformación, pero tampoco hay paz. Es un estado intermedio, un punto donde la identidad se deshace y se vuelve otra cosa.
Silveira, artista brasileño, trabaja sobre todo con óleo, aunque a veces recurre al bordado como quien cose una herida o une dos mundos que no deberían tocarse. Sus obras no son retratos en el sentido clásico. No buscan fijar un rostro, sino descomponerlo. Por eso las llama “Desretratos”.


En ellos, las facciones se estiran, se derriten, se mezclan con imágenes botánicas que parecen crecer desde el interior del cuerpo. Los ojos se abren como semillas. La boca se convierte en un hongo maduro. El cerebro aparece entre pétalos, como un fruto recién partido. Todo se mezcla: carne, savia, memoria. No hay jerarquía. No hay frontera. Solo un flujo continuo entre lo humano y lo natural.
“Por dentro, somos una extraña mezcla de sueños, pensamientos, sentimientos y carne humana”, dice Silveira.
Y al mirar sus obras, uno entiende que no habla en metáforas. Sus personajes no son personas, sino estados de ánimo. No tienen nombre ni historia. Son impulsos, reacciones, pequeñas tormentas interiores que toman forma por un instante antes de deshacerse. La energía mental que los mueve es invisible, pero él la pinta como si fuera un mineral recién extraído: crudo, brillante, imposible de ignorar.


En estos retratos peculiares, las partes del cuerpo se transforman en extensiones místicas hacia el mundo natural. No es un adorno. Es una necesidad. Como si cada órgano buscara un camino hacia la luz. El cabello se enreda con raíces que parecen haber estado ahí desde siempre. La ropa se funde con hojas que brotan sin aviso. Hay algo antiguo en estas figuras, algo que recuerda a los primeros dibujos de la humanidad, cuando no existía una línea clara entre el hombre y la naturaleza. Pero también hay algo moderno, casi clínico, como si el artista diseccionara emociones en lugar de cuerpos.
A veces aparecen animales: discretos, casi tímidos. Un insecto que se posa en un párpado. Un pez que asoma entre los pliegues de una camisa. No están ahí para sorprender. Están porque pertenecen. Son parte del mismo tejido que une a los personajes con la flora que los rodea. Todo respira al mismo ritmo, lento y profundo, como si el tiempo dentro del cuadro fuera más denso que el tiempo real.

Silveira habla de la vida como algo que no podemos controlar. Lo que sí podemos controlar, dice, es la reacción. Y en sus obras, esa reacción se convierte en forma. Los personajes parecen atrapados en un instante decisivo, ese segundo en el que una emoción se vuelve demasiado grande para quedarse dentro del cuerpo. Entonces se abre paso, se derrama, se convierte en flor, en rama, en criatura. No hay tragedia en ello. Tampoco alivio. Solo transformación.
Estas acciones fugaces recuerdan a los objetos de papel que se deshacen con el tiempo. Los pensamientos también se deshacen. Los sentimientos también. Nada permanece. Los “Desretratos” capturan ese momento en el que algo empieza a romperse, pero aún no ha desaparecido. Es un instante breve, pero suficiente para mostrar que dentro de cada persona hay un jardín secreto que crece, se pudre, renace y vuelve a crecer.
Para más información: rafaelsilveira.com
Los retratos que se deshacen de Rafael Silveira. Por Mónica Cascanueces.

