La ilustradora que convierte la tristeza en arte.
Hay artistas que te agarran por el cuello sin pedir permiso. No te preguntan si estás listo, no te ofrecen una silla ni un cigarrillo. Simplemente te estampan su mundo en la cara. Darkam, la criatura que Eugenia Monti decidió ser, es una de esas. Y lo hace con una calma que jode más que un grito. Con esa clase de tristeza que no necesita explicarse porque ya la llevas dentro, aunque no quieras admitirlo.
Nacida en San Marino, un sitio que suena a postal limpia, a colinas ordenadas y a turistas que mastican helado, Eugenia encontró pronto un refugio más honesto: los cómics, los libros ilustrados, los mundos donde la tinta manda y la realidad se queda fuera, esperando como un perro mojado. Desde joven se aferró a ese universo como quien se aferra a una botella en una noche larga. Y no la soltó. La llevó hasta Bolonia, a la universidad de Bellas Artes, donde se graduó no por obligación, sino por pura necesidad. Porque algunos no estudian para tener un título; estudian para no volverse locos.

Y así nació Darkam, o quizá siempre estuvo ahí, esperando que Eugenia le abriera la puerta. Su estilo es un puñetazo envuelto en terciopelo sucio: oscuro, caótico, aparentemente incompleto. Como si cada ilustración fuera un cadáver a medio enterrar, una historia que no se termina porque la vida tampoco lo hace. Te obliga a detenerte. A mirar. A mirar de verdad, no como miras el móvil o el reloj o la cara de alguien que ya no te importa.
Sus dibujos te clavan una espina en el pecho y te dicen: “Aquí hay algo que también es tuyo, aunque no quieras reconocerlo”.
Hay tristeza, sí. Una tristeza que no llora ni grita. Una tristeza que fuma en silencio, que se sienta en el borde de la cama y te observa mientras intentas dormir. Una tristeza que no se cura con aspirinas ni con abrazos. Pero también hay belleza. Una belleza rota, torcida, que no se maquilla para gustarte. Una belleza que se parece más a la vida que cualquier anuncio luminoso.

Darkam trabaja como freelance, lo cual ya es una forma de heroísmo en este mundo que te exige sonreír mientras te exprime. Crea cómics, ilustra libros, se deja la piel en cada trazo. Pero lo que más me gusta, si es que a un tipo como yo le está permitido usar esa palabra, es su faceta de artista callejera. Porque ahí, en la calle, entre el ruido, la mugre, los pasos rápidos y la gente que no mira a nadie, sus dibujos respiran de otra manera. Se vuelven animales sueltos. Se mezclan con la vida real, con el asfalto, con la humedad, con el olor a comida barata y a lluvia vieja. Y aun así, o quizá por eso, brillan más.
Hay algo profundamente honesto en una artista que no teme mostrar lo inacabado. Lo crudo. Lo que otros esconderían bajo capas de barniz y correcciones.
Darkam te entrega sus criaturas tal como salen: heridas, temblorosas, imperfectas. Y en esa imperfección está su fuerza. Porque la perfección es aburrida, es mentira, es un traje que no le queda bien a nadie. En cambio, lo roto… lo roto siempre cuenta una historia.

Eugenia Monti —Darkam— no necesita que la aplaudan. No necesita que la entiendan. Solo necesita seguir dibujando, seguir dejando que esa oscuridad suya encuentre salida en el papel antes de que la devore por dentro. Y nosotros, pobres diablos que intentamos sobrevivir a nuestros propios fantasmas, deberíamos agradecerle que lo haga. Porque en cada una de sus ilustraciones hay un pedazo de humanidad que muchos preferirían barrer debajo de la alfombra.
Así que sí: good work, Eugenia. Sigue manchando el mundo con tu tinta triste. Algunos necesitamos ese tipo de verdad para recordar que todavía estamos vivos.
Para más información: darkam-arcadia.com
La melancolía ilustrada de Eugenia Monti. Por Mónica Cascanueces.

